Servicio de alabanza

«Comer su carne y beber su sangre ¿no equivale a compartir sus padecimientos e imitar la vida que eligió para su existencia?» (Bernardo de Claraval). 

«Según nuestra Regla, nada debemos anteponer a la Obra de Dios. Así quiso denominar nuestro Padre Benito a las solemnes alabanzas que cada día se celebran en el Oratorio» (Elredo de Rieval).         

Basta con acercarse con ojos y corazón abiertos a un monasterio cisterciense para convencerse de que la divina liturgia es el alma de la vida del monje; y que la misma oración silenciosa gira en torno a ella. El sacrificio eucarístico y el canto de los Salmos, intercalados con otras lecturas bíblicas y de tradicionales escritores eclesiásticos, trazan el camino a recorrer del monje hacia Dios.     

    La Eucaristía, como centro y culmen de toda la vida monástica, se desborda en alabanza a través de la llamada «Liturgia de las Horas», cual hilo conductor que anima y santifica toda la jornada monástica.     

     La Eucaristía que, según Agustín de Hipona, es el «sacramento del culto, signo de unidad y vínculo de caridad», es a su vez para nosotros el signo sacramental de la gran presencia de Cristo en medio de la comunidad; es el centro de la jornada; es nuestro encuentro fraterno a nivel más profundo. En ella compartimos la Palabra de Dios y el Cuerpo del Señor, alimento de nuestra mutua caridad, estímulo de nuestro carisma y garantía de nuestra esperanza. La Eucaristía da sentido pleno a nuestra oración de alabanza y de acción de gracias.     

    La divina liturgia renueva además el misterio de muerte y resurrección del Señor en la comunidad cisterciense. A lo largo de todo el año litúrgico se actualiza en cada iglesia comunitaria, como parcelas insignificantes de la gran Iglesia, las distintas etapas de la Historia de la Salvación.     

    El servicio de alabanza que ofrecemos a Dios a lo largo de las horas del día, no lo forman únicamente las oraciones ni la celebración externa del rito; es la misma comunidad que se ofrece al Señor, mientras la divina liturgia la va conformando a imagen de quien alaba. En esta escuela de oración se educa y vigoriza nuestra oración silenciosa e individual. Y al mismo tiempo nos sumergimos en la liturgia tradicional, liberadora de toda subjetividad; y por lo mismo capaz de pacificar, de internalizar la emoción colectiva haciéndola pasar por el filtro de la norma de fe, transformada en alabanza.     

    Así, a través de esta actitud fundamental, todo nuestro ser se va silenciando; tomamos una conciencia más viva de los signos y gestos que realizamos, para dejar que Cristo ore, actúe y alabe en nosotros.   

      Esta oración litúrgica es un quehacer vital que nos introduce en el ritmo cósmico. La luz natural va marcando las etapas y los momentos de nuestra alabanza: Las vigilias nocturnas arrancan a la noche su propio misterio haciéndonos pacientes y alertas en la espera de Cristo el Esposo que con su resurrección nos trae la luz de la vida. En la alabanza matutina ensalzamos a Cristo, Sol de Justicia que nace de lo alto (Le 1, 78). La alabanza vespertina es la acción de gracias por un día de bendición ya transcurrido, y de confianza en la luz que no conoce el ocaso, Cristo, a quien imploramos que nos mantenga en la luz de la fe y nos concede al fin la luz de la vida eterna. Las llamadas «horas menores», habitualmente centradas en los salmos graduales, de subida o peregrinación, son pequeñas escalas en el arduo esfuerzo de superación de cada instante. Y en fin, la peculiar celebración de las completas encomienda al Señor el sueño natural con la pureza y confianza de corazón.    

     El servicio de alabanza contribuye de manera esencial a dar un sentido universal a la vida del monje; y de este modo se convierte en el pulmón espiritual de toda la Iglesia y de la humanidad que únicamente en Cristo, y en Cristo orante, descifra su pleno significado. Razón tenía S. Benito al establecer en su Regla que «nada se anteponga al servicio de alabanza» (RB 43, 3), y al fijar como criterio de vocación la solicitud por la divina liturgia (RB 58, 7).       

  Las dos versiones del servicio de alabanza, el sacrificio de la Eucaristía y la plegaria sálmica de las horas, son el alimento y el estímulo del gran deseo que apremia el corazón: la llegada del Reino de Dios, aspiración suprema de todos los creyentes: «Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 20).  

notas referenciales 

 — Regla de S. Benito: 8-19; 43, 3; 50, 3, 4.

— Constituciones: 3, 4; 17; 18; 19; 20; 21; 22; 25; 50.

— Bernardo de Claraval: Cant 7, 5; 47, 8; Vig Nav 1, 6; Var 25; Sal XC 3, 3.

— Guillermo de S. T.: Carta Oro n.° 64; Nat am 10, 5; 38, 1; Med 6; 11.

— Guerrico de Igny: Serm Adv 3, 4; 54, 3.

— Balduino de Ford: Sacr Alt 93. 

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