UN PROYECTO DE CONVERSION CON TERESA DE JESUS
“Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle.” (V 9, 1)
Estas palabras relatan lo que normalmente se ha conocido como la “conversión” de Santa Teresa de Jesús. Un relato sencillo y emotivo, pero que esconde el secreto del nuevo camino, de la nueva vida que a partir de entonces se propuso Teresa de Jesús para su vida. Seguramente en otras muchas ocasiones Teresa se vio en una situación parecida:postrada ante una imagen de Cristo, llorando sus pecados y llorando por lo que significaba la Pasión de Cristo.Y no sería extraño que cada uno de nosotros nos viésemos reflejados en este episodio. Creo que todos, en más de una ocasión, contemplando a Cristo, meditando su Pasión, o situaciones por el estilo,… en un momento de oración, después de una experiencia especial de nuestra vida,… postrados ante Jesús hallamos llorado “nuestros pecados” y deseado, suplicado, el no volver nunca más a pecar. O simplemente hemos llorado viéndolo solo, abandonado, golpeado, maltratado…Pero, ¿qué diferencia “nuestras conversiones” de la conversión de Teresa? ¿qué las hace diferentes? ¿por qué para Teresa fue definitiva y para nosotros todavía no?, o ¿por qué en el caso de Teresa esa situación que nos relata termina siendo decisiva en su vida, y no lo fue en otras ocasiones anteriores?Es difícil poder dar una respuesta satisfactoria a estos interrogantes. Pero tampoco es esa nuestra pretensión. Pero sí podemos acercarnos a ese misterio y tratar de comprender esos por qués a la luz del camino de Teresa. ¿Qué es lo que terminó siendo decisivo en su vida, en su entrega, en su reconocimiento del amor de Dios?La respuesta, en el fondo, la encontramos en la llamada continua que Jesús nos hace en el evangelio a la conversión: una llamada a descubrir la dignidad de la persona humana, pero sobre todo a descubrir la realidad liberadora de un Dios que es antes que nada y por encima de todo: PADRE, un Dios amor. Ahí se radica la clave de la conversión de Teresa y de la conversión de tantos hombres y mujeres que a lo largo dela historia se han tornado “amigos de Dios”.
-Punto de partida: descubrir a Dios Presente
A lo largo y ancho de su predicación Jesús no dejaba de manifestar a sus oyentes que el Reino de Dios ya estaba presente, que el Dios de Abraham, Jacob e Isaac, es un Dios vivo y presente en la vida de todo hombre. “El Reino está dentro de vosotros”.Anuncio que tanto Teresa como nosotros hemos escuchado infinidad de veces, pero del cual normalmente no somos conscientes. O dicho de otro modo: no terminamos de creérnoslo.A Teresa le pasó así durante los primeros 40 años de su vida. Su encuentro con el Cristo muy llegado hizo de despertador y de toma de conciencia de quién era verdaderamente Dios en su vida: o expresado más a la luz de su narración autobiográfica: Teresa comienza en ese momento a contemplar su vida como lugar teológico, como el espacio donde Dios se le estaba revelando, y donde Dios estaba llevando a cabo – o quería llevar a cabo- su proyecto de salvación. De ahí el reconocimiento de “lo que pasó por nosotros” y “lo mal que había pagado esas llagas”.El “por nosotros”, o “por mí”, subraya fuertemente la toma de conciencia por parte de Teresa de lo que Dios le ofrecía en Jesucristo. No se trataba ya de un don anónimo, acontecido en un momento de la historia, sino de un don con un destinatario concreto, nosotros, yo, tu… Teresa descubría que se trataba de un regalo que estaba ahí para ella. Y que en sus manos estaba acogerlo o seguir ignorándolo.Teresa y también cada uno de nosotros, somos invitados a hacer nuestro ese don, a sentirnos destinatarios exclusivos, a reconocer que es algo que se nos da a `pesar de nuestros muchos pecados, a pesar de darnos cuenta que hemos pagado mal “esas llagas”… Y es que Teresa descubre: que el don es totalmente gratuito, sin condiciones a priori por parte de Dios. No nos dice que para recibirlo antes hemos de ser santos, sino que nos lo da precisamente para que seamos santos. Es decir, en la lógica de Dios el don de su Amor es lo primero. Y en nuestra acogida de ese don, también ha de comenzar a ser lo primero.Teresa descubre la gratuidad absoluta de Dios, o como a ella le gusta proclamar:“las misericordias de Dios”… algo que nunca se cansará de proclamar y cantar.
-Dejar a Dios el protagonismo:
Y si esto es así, si la lógica de Dios verdaderamente nos supera, es que la conversión pasa necesariamente por dejar a Dios ser Dios, dejarle que sea él el auténtico protagonista de neustra historia. La Historia de Salvación es obra suya, no nuestra.Nosotros somos colaboradores. Teresa expresa con estas palabras el cambio realizado en su vida a partir del momento en que acepta a Dios como tal: “Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malascostumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí.” (V 23, 1)Es la misma experiencia radical de San Pablo, y de tantos hombres y mujeres que a lo largo de la Historia se han “convertido” radicalmente al Señor. Nuestra experiencia personal generalmente pasa por repetir continuamente, y constatar, que por muchos esfuerzos que hacemos no llegamos a convertirnos de veras. Pienso que tanto Teresa como San Pablo nos ofrecen una pauta fundamental: el principal problema seradica en nosotros, que en el fondo, no queremos dejar de ser los protagonistas exclusivos de nuestra propia vida e historia. Nos hemos construido nuestra religión en base a:-tengo que ser capaz de cambiar-tengo que alcanzar esa meta-tengo que amar a DiosEse “tengo que”, ese protagonismo camuflado del yo, es el que nos impide alcanzar la auténtica conversión. Nuestro orgullo y amor propio nos mantienen cegados.Y la presunción de que todo lo hacemos con la mejor voluntad del mundo nos ciegan todavía más.Fijémonos: hemos moralizado y legalizado tanto nuestra vida cristiana, que al final corremos el riesgo de convertir a Dios o en objeto de nuestras devociones, o en un Dios al que podemos controlar y manipular en virtud de nuestras obras, oraciones, sacrificios… Nos hacemos esclavos de nuestras teorías, de nuestro ídolo, al que llamamos Dios, y esclavizamos al mismo Dios, no dejándole obrar como él quiere.Escuchábamos esta mañana que la conversión es una invitación a dejar “la condición de esclavos” para pasar y vivir en la condición de “hijos de Dios”.El esclavo actúa motivado por miedo a ser castigado, porque no le queda más remedio, por temor… El hijo actúa movido por el amor de su padre. Quizás las a acciones puedan ser las mismas, pero la motivación, el movimiento interior es muy diferente.Es un primer paso que tuvo que dar Teresa de Jesús en su proceso de conversión: dejar de actuar por miedo o temor, para actuar desde ese saberse amada, elegida y salvada.
-Reconocerme en mi verdadera condición de Hijo de Dios
Etimológicamente hablando la palabra conversión implica un movimiento hacia dentro, hacia el reconocimiento de lo que soy en verdad. Eso nos estaría indicando que la conversión implica un ahondar en lo que somos para vivir desde nuestra verdadera condición.Desde un punto de vista teologal nosotros somos “imagen y semejanza de Dios”, somos “hijos de Dios”. Dos conceptos o términos que se hacen muy presentes en la Escritura y en el anuncio de Jesús.Redescubrirnos tales, nos ayuda también a vivir en clave de conversión. Si partimos de un paradigma equivocado, nuestro camino de conversión también será equivocado. En este proceso no basta con subrayar y acentuar nuestra condición de pecado, nuestra miseria y nuestro nada. Quedarnos exclusivamente en ello nos puede alejar de nuestra verdad. No es de nuestra naturaleza original el ser pecadores, pero sí el ser hijos e imagen y semejanza de Dios. Redescubrir esa dimensión nos ayuda a ver nuestra limitación y pecado en su justa medida. El valor de un diamante no se pierde por la suciedad que pueda haber acumulado sobre sí. Sigue siendo una piedra preciosa, de sumo valor, de valor infinito para Dios. Centrar la mirada única y exclusivamente en la costra de suciedad que lo envuelve puede resultar muy peligroso:-o porque no sabemos el valor de lo que se esconde, y corremos el riesgo de infravalorarnos,-o porque queriendo quitar la suciedad a base de golpes y martillazos lo que se puede provocar es un daño o fragmentación del diamante…Teresa de Jesús nos presenta como punto de partida en el Castillo Interior la consideración de quienes verdaderamente somos. Así titula el primer capítulo: “En que trata de la hermosura y dignidad de nuestra alma”. Y continúa: “considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza.”¿Desde qué punto de vista enfocamos nuestra vida cristiana, y por lo tanto, nuestra conversión? Las consecuencias en la vida práctica pueden ser muy diversas, y al mismo tiempo, constituirse en el verdadero freno de nuestra conversión definitiva a Dios: si olvidamos nuestra condición, que somos Hijos de Dios, imagen y semejanza suya, nuestra conversión irá en la línea de “mortificar nuestro cuerpo y todo nuestro ser” porque es “indigno” de la salvación ofrecida por Dios. Y en vez de rescatar el diamante trataremos de cubrir nuestra “suciedad” con materiales infinitos, creyendo que así aparecerá más hermoso ante Dios. Pero podríamos cubrirnos de oro o de otros materiales y adornos preciosos… Pero no sería más que una costra que no dejaría ver la verdadera joya que somos.Convertirnos no significa, en la dinámica del evangelio y de Teresa, dorar nuestra “suciedad”, sino descubrir el diamante que ya somos. No tenemos que alcanzar ninguna meta, ni tenemos que escalar hacia la perfección: la mayor perfección está en nosotros. Verla, descubrirla, reconocerla… es la conversión que Jesús hoy nos pide.Cada cual sabrá cuál es el camino que hacia allí ha de conducirle.
-Dios Padre y misericordioso
Descubrir a Dios presente, descubrirnos en la infinita belleza que Dios nos ha creado y reconocerla, nos abre –al mismo tiempo
- a la dimensión de reconocimiento del verdadero significado de Dios en nuestra vida.Ese Dios que quiere ser el protagonista de mi historia de salvación, únicamente para que yo brille en el resplandor de lo que soy, es el que quiere revelarnos su rostro de Padre
-Madre Misericordioso.Todo en la vida de Jesús apuntaba precisamente a eso. Y el camino que Teresa ha realizado hasta decidirse plenamente por Dios, tuvo que pasar necesariamente por ahí.Frente al anuncio amenazante del Bautista se contrapone el anuncio de Jesús, y de las Palabras de Dios en su bautismo: “este es mi Hijo Amado”…. Y todo el anuncio de Jesús busca precisamente manifestar al mundo su condición de Hijo del Padre, y la condición de cada uno como Hijo de ese mismo Padre: el Padre del hijo pródigo, el Padre que se lanza a buscar la oveja perdida, el Padre que hace fiesta por el pecadorarrepentido, el Padre que no juzga, sino que acoge y perdona….Pero nosotros solemos obstinarnos en no aceptar a Dios en esa condición: y nos castigamos por nuestros pecados, y nos dejamos apesadumbrar por el peso de la culpa propia y ajena… Y Dios ni nos juzga ni nos condena: nos espera con los brazos abiertos. Otra actitud significa que aún no hemos dejado a Dios ser Dios en nuestras vidas. El proceso de conversión de Teresa es muy parecido al nuestro. Durante 40 años –en su caso- vivió en la “casa del Padre” sin darse cuenta que estaba allí, que todo lo que tenía el Padre era suyo: sus bienes, su cariño, su herencia… Sólo el día que reconoce todo lo que significaba ese don de su Padre, es capaz de arrepentirse: ella había estado ciega a su presencia y a sus dones.Dios no se comporta de manera diferente con cada uno de nosotros: cada cual es su predilecto, y a cada cual le colma de todos sus dones y bienes. El problema es si los aceptamos, si los vemos, si los reconocemos.Ahí estaría la otra cara del camino de conversión: “Dios no se cansa nunca de hacer mercedes… no nos cansemos nosotros de recibirlas” subrayará Teresa.Como meditación para nosotros que queremos y ansiamos convertirnos:
- Redescubrir mi propia historia- Redescubrir a Dios siempre fiel y misericordioso
- Aprender a leer mi historia y mi vida –lo que yo soy- como una historia de Amor que Dios está realizando conmigo desde mi creación. Para nuestra meditación personal:-Meditar sobre la propia historia
-Evaluar los aspectos positivos y negativos, y como los interpreto-Tratar de descubrir cómo me mira Dios
-Preguntarse:-¿Dios ha estado siempre presente en mi vida?-¿Dónde puedo descubrir su presencia en ella?
-En los momentos más difíciles de mi vida ¿Dios estaba a mi lado? ¿porqué no lo veía?
-Aún cuando he sido pecador e infiel, ¿Dios ha dejado de amarme en algún instante?
Fco. Javier Sancho FermínCITeS-Ávila, 13 febrero 2010
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