Misericordia, Señor, misericordia. Salmo 123,3.

 

INTRODUCCIÓN    

       La Iglesia, en Cuaresma, levanta los ojos a Dios, como la fuente de todo bien. Los hombres vivimos angustiados por la corriente de este siglo, y necesitamos escuchar el silencio de Dios en las penumbras de nuestras soledades. Dios continúa hablando a todos en el corazón, como el esposo habla a la esposa, como los jóvenes dialogan de la vida, como los niños se dicen sus canciones. Dios sigue hablando al corazón. La mente añora los recuerdos de alianzas y de pactos, de maldades y deserciones, de amor y fidelidad. Los hombres buscamos a Dios, y escudriñamos en el misterio de su Palabra. Dios habla siempre cuando nosotros escuchamos su voz.   

       Dios es la Palabra que brilla en la noche de nuestra vida. Dios es la luz y la sonrisa, Dios es el Creador, el Sabio y el Omnipotente. Dios es el Único que nos sacia de su misericordia. El ejercicio de la misericordia lleva las notas de la Palabra, la voz de los profetas, la oración de los salmos, el lamento de los que sufren, la soledad sellada de los que vienen y caminan errantes por el desierto de la vida, esperando el aliento de la sensibilidad más genuina. El mundo está necesitado de tantas ilusiones y aventuras, que es preciso que venga Dios, y nos colme el semblante con la caricia de su Espíritu, con la ternura cercana de su diálogo, con la melodía del encuentro más feliz. Dios rompe la monotonía de los hombres, nos visita y conforta, lleva nuestros pasos por el camino de la paz.  

        Los hombres estamos saciados de burlas, de desprecios de los orgullosos, de las injusticias de los opresores, los gritos y las voces de los pequeños, se ahogan con las canciones de amor de los poderosos. Viene Dios y nos colma de belleza y de ternura, de amor y clemencia, de gracia y fidelidad. Su Palabra nos embarga y entusiasma y nos dejamos atrapar por Ella y somos como vigías en la atalaya de la vida.  

        La misericordia es la asignatura pendiente de esta hora. La Iglesia nos invita en este tiempo santo de Cuaresma al ejercicio de la misericordia. Ahora, éste es el día del Señor, éste es el tiempo de la misericordia, rezamos cuando invocamos al Señor, en medio de la Iglesia.  

        Las personas tenemos las manos alzadas al Creador. De Dios esperamos todo, la paz y la dicha, la alegría y la dulzura, el encuentro y la fraternidad, el amor y la felicidad. Estamos hechos del barro de la tierra y aspiramos a Dios que se introduce en nuestra pequeñez. Los hombres del nuevo milenio rompemos las barreras del sonido, volamos a velocidades supersónicas, nos comunicamos a distancias infinitas, pero hemos perdido la luz y la aventura de sentir el latido de Dios y los hermanos. Un mundo dividido, invertebrado, a la intemperie en el silencio de las gélidas noches invernales, se debate con la vida, esperando la sinfonía musical de la misericordia.   

       El tiempo de la misericordia suena a canto, con las notas divinas, con el ritmo de la bondad, al compás de la humanidad bajo el silencio de la Palabra de aliento y de consuelo.   

       El mundo está vacío de programas llenos de ilusión y esperanza, de creatividad y gozo, todos ellos realizados con el aroma de la verdad. El mundo late ante el misterio de la vida, cada persona necesita la armonía de ser querido y amado, ser comprendido y comprender, ser misericordioso y ejercitar la misericordia. El mundo quiere ser solidario y le falta amor, quiere superarse, y contempla el tedio infinito de la desunión; pretende caminos y vías de solución y no invierte en horizontes, perspectivas, metas, donde se encuentra la persona humana. El hombre no es solidario porque no tiene la impronta de Dios, el sello de la experiencia divina, el ejercicio pleno del diálogo, la oración callada en el silencio recóndito del corazón, donde se esconde el Dios de la vida y para sentir la caricia del Señor de la misericordia. Se observan otras orillas, se otean otros horizontes, a veces lejanos, y el hombre ha olvidado su identidad, no se reconoce como tal, busca y no encuentra, se enmaraña, no va al encuentro del otro, no contempla en los demás las imágenes de Dios, los templos de Dios, las piedras vivas del gran templo del mundo, la humanidad, rota, cansada y desecha.   

       El ser humano no busca a los demás, se hace otros dioses, busca la falsa seguridad religiosa, el afán de la pretensión, y como está carcomido de orgullo y vanagloria, no ora al Señor, no reconoce a sus hermanos, y Dios es el gran desconocido y escudriñamos otras realidades nuestras, pero está ausente de nosotros, el misterio del Dios de la misericordia. Las horas y los días inundan nuestra vida, nos volvemos vacíos porque carecemos de Dios, de su aliento y cercanía, de su trato y su Palabra, de la paz de su misterio, del amor de su ternura, de la fuente de la dicha, con la melodía de la felicidad. Los hombres hablamos con nosotros, los otros, las otras, los amigos, la gente, y Dios está al otro lado, esperando está su misericordia infinita, a todos los que abren su corazón y su mente para que nos sacie de su Ser y su misterio.   

       El ejercicio de la misericordia se inicia a través del conocimiento de Dios en el trato de cada día, en el diálogo recóndito del corazón, cuando todos duermen, cuando la noche cierra sus ojos o el día va de caída. El hombre necesita hablar con Dios y de Dios para realizar el ejercicio sublime de la misericordia entrañable.    

      Uno de los títulos de Dios es "Señor de la misericordia" (Ex 20, 6; 33,19; 34, 5-9; Nm 14,18; Dt 5, 10; Sal 86,15,106; 11, 4; 118; J12, 13; Is 54, 8; 58, 6-7; 63, 7. 15; Jr 31, 3; 42, 12; Os 2, 21; Sab 9, 1; Eclo 36, lss). Los creyentes levantaban cada día sus ojos al Altísimo, y abrían las manos al Señor clemente y misericordioso.   

       Los ojos contemplan el interior y disciernen, las manos actúan, bendicen, trabajan, y acarician. Las manos del hombre tienen la impronta de Dios, hacedor de maravillas, Creador y Señor.  

        Proponemos para esta lectura divina, un salmo como emblema de todo este tiempo, sublime por su piedad, generoso por su gracia, grande por sus dones, bondadoso por todas sus acciones (Sal 123). El salmo es para que nos lo apropiemos, y luego lo gustemos en nuestro interior, para que la Palabra que él contiene, sea nuestra fidelidad. La lectura nos conducirá a la meditación para después proseguir con la oración. Nuestros ojos se fijarán en el Señor, para que Él dinamice nuestras manos para el amor, para la libertad y el trabajo, para la responsabilidad y la construcción de la paz. El libro de los Salmos contiene múltiples experiencias de Dios en el gozo sereno de la misericordia, divina.

 1.- La lectura     

     El Salmo nos da la pauta de la misma vida. Es una oración rica por su forma y contenido. Os ayudo en la lectura, que ha de ser pausada, sentida, saboreada, gustada al paladar de nuestra mente, mientras abrimos nuestro corazón al ritmo del Espíritu. El Salmo tiene tres partes bien definidas.La primera parte está compuesta por dos motivos literarios con un gran dinamismo, "los ojos y las manos" (Sal 123, 1-2b). Los ojos y las manos son para el semita el cuerpo y la fuente de las relaciones humanas, interpersonales y al mismo tiempo cósmicas. Los ojos son el primer elemento. Los ojos se elevan al cielo para encontrar la mirada benévola de Dios, como el publicano de la parábola de San Lucas que no se atrevía a "levantar los ojos" hacia Dios (Lc 18, 9-14).Los ojos fijos en el amo simbolizan la humildad, la dependencia, pero también la certeza de recibir de él protección, y se transforma en una invitación al coraje ante las adversidades, la creatividad y la ilusión.Los ojos indican al mismo tiempo la disponibilidad del siervo, pronto a actuar ante el mínimo gesto de su señor. Los ojos están fijos en las manos, a través de una relación psicológica. Los amos transmiten órdenes, y éstas son como las acciones de Dios, expresión de su poder (Ex 3, 20; Sal 21, 9; 32, 4; 139, 5). De suyo el Señor tiene en sus manos la vida de todo ser (Jb 12, 10). En cierto sentido podemos decir que el hombre no une sus manos, sino que las abre a las de Dios, para recibir sus dones, no cierra jamás los ojos, sino que los dirige hacia el cielo, no se cierra en un mundo interior, sino que se abre plenamente al universo externo y lo supera. El siervo ora con los ojos elevados y las manos abiertas.El poeta quiere acentuar el tono de la escena y diseña un paralelo femenino, siempre señala dos personajes (esclavos-amos; esclava-dueña). De un lado, la esclava mira fija, y de otro la señora, cuyas manos están para moverse. El color servil de la escena que a primera vista parece que fastidia nuestra sensibilidad, es más que comprensible, teniendo en cuenta el horizonte cultural en el que se encarna la Palabra de Dios. Esto sucede a dos niveles.   

       Los siervos no están fijos en las manos por miedo, por una orden, por servilismo, sino porque están esperando un beneficio, un don. Es decir, ellos no están sometidos a la mano e golpea, sino que se abren a la esperanza de la mano que beneficia (Sal 104, 27-28; Is 30, 18).   

       El segundo dato favorece esta interpretación porque la escena está comprendida en los términos siervo y sierva. La pabra "siervo", puede ser un término honorífico, y lo mismo le para "sierva" siempre pendiente de su señora. La sierva -ida en casa de la patrona, está unida a su ama no sólo por a relación de temor, sino de amor.  

        El siervo es el que siempre está pendiente de su señor, la su vida depende de él. La existencia, su bienestar, radica la felicidad de su amo. Cuando el amo quiera, lo que el eño ordene, porque el señor es su salvador. Lo mismo ocu- con las relaciones con Dios. El Señor es una constante tan-en la espiritualidad judía como cristiana.  

        Es como dicen los versos líricos de un judío, Enmanuel Roma: "Señor, si me matas, en ti confiaré, huyendo de ti, junto a ti encontraré consuelo, en la mala suerte correré bajo alas de tu bondad, en los brazos de tu ira me salvaré a tu rubra. En el día tenebroso de tu negra ira, espero descubrir la de tu salvación" (Avisar S., Tremila anni di letteratura raica, vol. I, Roma 1980, 459).   

       La segunda parte del Salmo se inicia con la acción “misericordiosa" de Dios (Sal 123, 2c-3a). Las manos de Dios mueven para derramar sólo gracia y el orante sabe que está lo y puede esperar "misericordia", es decir el amor que transforma, como sugiere el verbo "ser misericordioso", el verbo de gracia. Dios interviene con la bondad y la clemencia, porque complace con su pueblo, Israel. El verbo "ser misericordioso', etimológicamente significa plegarse, acostarse, inclinar-Es decir, Dios se inclina, lleno de amor. Este acto llega a ser la raíz de la liberación, porque el hombre sobre el que Dios se ha inclinado, puede levantarse glorioso y vencedor. Dios, impasible en sus cielos, ahora ha cambiado de posición y se ha inclinado (J1 2, 4; Jn 3, 9; Am 5, 15); se ha "convertido" hacia los ojos del hombre, fijos sobre él: "¿No es Efraín un hijo querido para mí, un hijo predilecto? Después de haberlo amenazado, lo recuerdo vivamente. Por esto mis vísceras se conmueven por él, siento por él una profunda ternura" (Jr 31, 20).     

     La tercera parte está conformada con el deseo concentrado que se descarga y se extiende en la misericordia liberadora de Dios, porque los "satisfechos y los orgullosos" no son los amos de antes. De éstos no se espera nada, porque sólo conceden desprecio (Sal 123, 3b-4).     

     La "saciedad" tiene dos formas de expresión. La saciedad del orante es de pobreza (Prov 28, 19), de vergüenza (Lam 3, 30), de desprecio y escarnios. Esta saciedad es la que da náusea, no como aquella agradable y alegre de los patriarcas, "saciados de días" (Gn 25, 8; 35, 29; Jb 42, 17; 1 Cr 23, 1; 29, 28; 2 Cr 24, 1.5).    

      Hay una segunda "saciedad" representada por el gozo de los perversos, presuntuosos, y llenos de sí mismos. Son aquéllos que están tranquilos, satisfechos, arraigados a la propia riqueza y al propio prestigio (Is 32, 9; Am 6, 1; Zc 1, 15), prontos sólo a humillar.. contraste entre los dos modos de saciedad es evidente para rescatar la meditación del profeta: "Señor, Dios nuestro, nos han dominado otros señores fuera de ti, pero no recordaremos otro Nombre sino el tuyd$' (Is 26, 13).      

    Otros pasajes del libro de los Salmos pueden explicar esta situación de la comunidad orante que "levanta sus ojos" al Señor (Sal 25, 10. 14. 18. 22; 28, 2; 30, 2. 9. 11; 51, 3; 57; 121; 136). Los que invocan al Señor esperan encontrar en Él, la escucha, la ternura, el amor y la misericordia. El ejercicio de la misericordia es un atributo divino del Señor en la AntiguaAlianza (Ex 33, 19; 34, 6-7; Dt 32, 4). Dios nos sacia de su semblante (Sal 17, 5) y nos colma de gracia y de ternura (Sal 103, 4).   

       El Señor es clemente y compasivo (Sal 25, 6), su dicha y gracia nos acompañan (Sal 33, 6), para gozar de la dulzura del Señor todos los días de nuestra vida (Sal 27, 4).Los humildes ponen su confianza en el Señor, y suplican para obtener lo que es su derecho y recibir cada uno lo suyo.  

        Los consejos de Ben Sirac son aleccionadores a este respecto (Eclo 4, 1-3; 13, 3. 15-24; 29, 21-28). El Señor ama la justicia y el derecho (Sal 33, 5), y sus ojos están sobre los que le temen y esperan en su misericordia (Sal 33, 18. 20. 22). Dios siempre recuerda su Alianza, se enternece por su inmenso amor (Sal 106, 45; 108, 5), porque es eterna su misericordia (Sal 118).   

       Los satisfechos son los confiados y despreocupados (Is 32, 9), los ricos influyentes (Am 6, 1), las naciones opresoras (Zc 1,15). Otros en cambio son altaneros, altivos, los demás están colmados de desprecios, de burlas (Sal 31, 19; 44, 14; 79, 4; Ez 34, 6; Is 37, 22).    

      La lectura del Salmo da lugar al silencio. La concentración de nuestro interior dará paso a la meditación serena sobre todo lo que a través de la Palabra nos comunica el Señor en este tiempo de la misericordia. La meditación consiste en entrar en el sentido del texto que acabamos de comentar. El texto de la Palabra queda siempre abierto y cada uno puede entrar en él en la medida que pueda. Esta capacidad de entrar es la base de la meditación. Meditar significa recoger; es lo que los antiguos expresaban con el verbo griego 'meletao': hacer la miel, para que la saboreemos, como el profeta Ezequiel gustó la Palabra de Dios (Ez 3, 1-3). 

2.- La meditación       

   La meditación es la contemplación de misterios inefables proporcionados por la inmensidad de la Palabra. Los Padres fueron auténticos maestros en el arte de la meditación, profundizaron hasta los últimos recovecos del lenguaje, experimentaron a Dios, lo transmitieron en sus predicaciones y catequesis, enseñaron a los hombres a latir y a soñar con el Dios de la misericordia en la noche perenne de la historia. Para esta ocasión proponemos tres textos de los Padres.    

      El primero de ellos es de San Juan Crisóstomo, Padre oriental de lengua griega; tiene una obra sobre las Homilías de San Mateo. Estas homilías fueron predicadas por el santo en Antioquía entre los años 390-398. El pasaje que comenta San Juan Crisóstomo se refiere a la quinta Bienaventuranza: "Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7).  

        "Aquí no creo yo que designe sólo el Señor a los que hacen limosna con su dinero, sino también a quienes la hacen con sus obras. Muy varios, en efecto, son los modos de la limosna y muy amplio este precepto. ¿ Y cuál es su premio? Porque ellos alcanzarán misericordia. A primera vista, la recompensa parece equivalente, pero en realidad es muy superior a la buena obra. En efecto, ellos se compadecen como hombres; pero alcanzan misericordia no menos que del Dios de todas las cosas. Ahora bien, no es lo mismo la misericordia humana que la divina. No, la distancia que va de la maldad a la bondad, ésa va de la una a la otra" (Obras de San Juan Crisóstomo, vol I, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, versión española de D. Ruiz Bueno, Madrid 1955, 279).  

        San Agustín (s. V) afirmaba acerca de la misericordia: "Muchas cosas se pueden decir en alabanza a Dios, pero la misericordia es la cualidad más adaptada" (San Agustín, PL 37, 1755). El santo obispo de Hipona comenta el Salmo que hemos propuesto como lectura divina, para este itinerario espiritual de la Cuaresma:  

        "Primeramente hizo siervos a los que redimió. La sangre fue el precio por los siervos y prenda por la esposa. Reconociendo, pues, nuestra condición, ya que, aunque seamos hijos por la gracia, sin embargo, somos siervos por la naturaleza, creación, puesto que toda criatura está sometida a Dios, digamos pues: Así como los ojos de los siervos se hallan atentos a las manos de sus señores, y como los ojos de la esclava (lo están) a la manos de su señora, así (están atentos) nuestros ojos al Señor, Dios nuestro, hasta que se compadezca de nosotros.  

        ¿Quiénes son estos siervos? Los que de este género humano se hicieron hijos, recibieron la percepción del dolor, sienten que son azotados, y conocieron quién ordenó que lo fuesen, y elevaron sus ojos a Aquél que habita en el cielo, y por tanto, tienen puestos los ojos en las manos de su Señor hasta que se compadezca, como lo están los ojos de los siervos en las manos de sus señores y los de la esclava en los de su señora.   

       Todos los quieren vivir según Cristo, necesariamente soportan oprobios, necesariamente serán perseguidos por aquéllos que no quieren vivir piadosamente, y de quienes toda su felicidad es terrena" (Obras de San Agustín, XXII, Enarraciones sobre los Salmos, Madrid 1957, 276-278).  

        La carta 195 de El-Amarna, II, 16-17, un texto oriental citado por un biblista alemán en su Comentario al libro de los Salmos dice acerca de nuestro salmo: "Nuestro soberano es el dios sol en el cielo; y así como se atiende el salir del sol en el cielo, así los siervos atienden la salida de las palabras de la boca de sus señores" (H. J. Kraus, Los salmos I, Salamanca 1993, 844).   

        La meditación da paso a la oración. Un salmo es un poema, y al mismo tiempo es una rica experiencia de Dios. La expresión y la experiencia tienen una entidad propia. Dios da anchura a nuestra vida, a fin de saciamos de su amor y de su ternura.     

     Los salmos son portadores del Espíritu y capacitan al hombre para dirigirse a Dios, en espíritu y en verdad (Jn 4, 24). Para comprender el salmo como oración, hace falta sintonizar con él. Jesús rezaba con los salmos, Él era la personificación de la misericordia (Mt 6, 12. 14; 9, 27-31; 12, 7; 18, 28-30; 25, 31-46; Lc 1,50. 54. 58.72.78; 10, 37; Col 3, 12; Ef 2, 4; Hb 4, 16; Stg 2, 13; 1 Ped 1, 3; Jd 2. 21).   

       Toda la comprensión de Jesús hacia los suyos, iba cargada de la sinfonía espiritual con el Padre Dios, de quien se dejaba guiar, porque Él mismo era la expresión exacta de su voluntad.   

       La belleza de la lectura divina llega sólo cuando percibimos en nuestro interior la voz de Dios a través de las palabras y los gestos, los signos y los símbolos, las imágenes, las figuras, los motivos, las preocupaciones y quebrantos. Es como dice el salmista: "Nunca perseguí grandezas ni cosas que me superan" (Sal 131, 1), sino caminar en la luz del Señor, gozar de su presencia, llegar a su cercanía en el diálogo cálido de su encuentro. 

3.- La oración          Nuestra oración de la tarde está envuelta en la Vaciedad de las palabras humanas, Señor, hace falta que vengas, "nos restaures y brille tu rostro y nos salve" (Sal 80, 8).  

        Sin embargo hoy hemos recibido una caricia de la ternura infinita, porque al despertar de cada día nos saciamos de tu semblante (Sal 17, 5).    

      Nuestra oración, Señor, es pobre y humilde, somos siervos y siervas, empleados en el negocio de la vida, atentos muchas veces a otras miradas que no son las tuyas, a otros dioses y señores. Dios de los padres y Señor de la misericordia, nuestro lamento se hace camino y es encuentro tu encrucijada, gozo tu andadura, luz tu palabra. Ven, Señor, y sácianos de tu misericordia.    

      El ejercicio de la misericordia consiste en el ayuno perfecto de las obras de misericordia. Hemos sopesado al hermano, hemos amordazado a los profetas, a veces nos gustaría el soborno, la mentira y el desprecio, la saciedad infinita de los orgullosos, la necedad de los poderosos.  

        Los ojos de tantos hombres y mujeres están abrumados de tanto esperar, sin encontrar el consuelo, la clemencia, sin respuestas a sus problemas vitales, sin casa y sin techo, errantes, castigados al libre albedrío de los hombres, esclavos sin señoras y señores, esclavos del amor y de la vida, esclavos de la sed del infinito, pordioseros del hambre, de la guerra, de la droga, del sida y el pillaje.    

      La burla de los poderosos está en los ojos sin brillo de los niños, en la sinrazón de los jóvenes hermanos, a la intemperie tremenda del destino. Los ojos y las manos vacías, de tanto servir, sin ser al menos una vez servidos.     

     Un vaso de agua al sediento, una limosna que sude en nuestras manos, un corazón roto y dividido, una canción que brote a nuestro lado. Los ojos de tantos esclavos, los hombres nuestros hermanos están fijos en tu mirada.   

      Tus ojos, Señor, contemplan la cercanía de cada ser, su belleza, su imagen y estás en cada ser como pastor, cuidando, protegiendo, apartando a la persona humana de todos los peligros y quebrantos.         Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, el lamento de los enfermos, el grito de los sin techo, la sed de Ti y tu Palabra, el hambre que corroe a la humanidad transida de dolores y falsas esperanzas. Haz que practiquemos el ejercicio de la misericordia, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar enfermos y encarcelados, no cerrarnos a la carne de nuestros hermanos, para que brille la salvación como aurora y te aclamemos y bendigamos, como el Señor de la misericordia. Ahora es el día que nos visitas, ahora es el tiempo de la misericordia. Ayúdanos a cambiar nuestra mente y nuestro corazón, cansado de amar, de estar alerta, esperando tu misericordia. Nuestros ojos, están pendientes como el lucero matinal, esperando al rey de los astros que ilumine a todo hombre que viene a este mundo por el camino de la paz.  

        Los ojos y nuestras manos están cansados de esperar, muéstranos tu misericordia y danos tu salvación. Los ojos y las manos, están engarzados por la ciencia del encuentro y el trato de la oración.   

       La súplica callada, la soledad sonora de la vida, alumbran tu semblante de amor y de ternura y estás en cada flor, en cada ser, coronando la obra de la amistad. Los ojos de esta humanidad contienen una mirada gozosa y esperanzada, los gritos y susurros de tantos ojos. Unos están desgarrados por el miedo y el tedio de la vida, otros son alegres, algunos altaneros, refugio de cansancios y tristezas. Y también las manos de tantos siervos y siervas que esperan en tu misericordia. Las manos delicadas del médico, de la madre que acuna y atesora en sus entrañas al hijo del amor, las manos del artista que expresa la imagen y la ternura, las manos para el amor y la sonrisa de las mujeres del oficio de la vida, las manos de los banqueros y los poderosos, las manos de los esclavos de esta hora, las manos limpias de los niños, las manos que bendicen, las manos que esperan en tu misericordia.     

     Nadie Señor en esta tierra, aparte de Jesús, Señor y Hermano, explicó a los pobres la Noticia del amor, con la apertura de sus manos.  

        Él fue bendición, brisa y poesía, servicio, explicación y carta abierta. Él era la canción de los pequeños, el Ungido de Dios en los hermanos, Él era Amor, eterna melodía, misericordia al fin de siervos y de esclavos, esclavas y siervas de toda raza, oriente y occidente entre sus manos.     

             Las manos del amor y del servicio, las manos de Jesús están rogando al Padre Dios, desde la Cruz del mundo, envuelto en tantos siglos, coronado de soberbia, burla, escarnios, vaciedades, amores de este mundo infrahumano.   

       Yo quisiera Señor, como el poeta, someterme al son de tu Palabra, recobrar los ojos de la risa, sostener el mundo entre mis manos, gritar, gemir, llorar en un instante, porque esperamos en tu misericordia. Sácianos de tu misericordia y todos nuestros días serán alegría y júbilo.   

       "Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de misericordia. Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven a mí con un estallido de canciones.    

      Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del silencio, con tu paz y tu sosiego.          Cuando' mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, rey mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.   

       Cuando el deseo ciegue mi entendimiento con polvo y engaño, ¡vigilante santo, ven con trueno y tu resplandor!" (R. Tagore, Obra escogida, Madrid 1970, 195). 

 

 Antonio Llamas VelaORAR CON LA BIBLIA. Práctica de la Lectio Divina

Comentarios (1)
Cruz del Mundo
1 Domingo, 17 de Julio de 2011 13:20
Juan
Quería indicar que existe un monumento denominado "Cruz del Mundo" probablemente desde los inicios del Camino de Santiago en la Via de la Plata a su paso por Castellanos de Villiquera (Salamanca).
Estaba situada en un cerro junto al Camino, a la altura de Mozodiel, y está construida en piedra de pizarra.

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