El misterio de Navidad. THOMAS MERTON
Creemos que El que “ha venido”... está presente aquí y ahora: que nosotros estamos en Su Reino. No solo eso, sino que somos Su Reino. Y pienso que eso explica por qué no siempre nos gusta hacer la pregunta de Juan –“¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”-, porque ella implica el cuestionarnos a nosotros mismos, en nuestra vida, en nuestra parte de la historia acerca del verdadero significado del Misterio de Cristo en Su Iglesia. Ciertamente creemos que Cristo está en nosotros, que El vive y actúa en el mundo porque El está presente en la Iglesia. Y nosotros somos Su Iglesia. Pero ¿qué significado tiene esto? ¿Es Su presencia algo “puramente espiritual”? Si es tan “espiritual” que no es en absoluto visible ni tiene efectos significativos en la sociedad contemporánea, igual podríamos admitir que no significa nada en que nuestros contemporáneos pudieran estar interesados. ¿ Hemos de adoptar esta posición y prescindir de nuestros contemporáneos como paganos contumaces listos ya para las llamas de la Gehenna? ¿ O tienen ellos el derecho a lanzarnos a nosotros esta peligrosa pregunta: ¿Sois vosotros el Reino de Cristo que ha de venir, el Príncipe de la Paz, el Unico Justo, el Mesías que viene a traer unidad y paz al dividido mundo de los hombres?
¿Tienen ellos el derecho a ver en nosotros alguna evidencia de la Presencia y acción de Cristo, alguna visible manifestación del Pneuma? Sin duda no es impertinente que ellos nos pidan les mostremos lo que afirmamos que está presente en nosotros. Y esta pretensión no tiene nada que ver con teologías esotéricas ni peligrosas. Nuestro predilecto argumento apologético a favor de la misión divina de Cristo es la santidad de su Iglesia. Pero ¿hasta qué punto tiene que evidenciarse la santidad? ¿Dónde, con qué frecuencia y de que modo incontestable debe manifestarse? ¿Es suficiente que solo nosotros seamos los únicos conscientes de que somos santos?
¿Cómo responder tales cuestiones o incluso cómo atrevernos a hacerlas, si no comprendemos la cualidad kenótica, de vaciamiento, del Misterio de Navidad? El Cristo que se vació de sí mismo tomando forma de hombre nos trae la plenitud de sus dones y de Su salvación. Pero Él continúa en nosotros una existencia escondida y kenótica. La plenitud del tiempo, es el tiempo de su vaciamiento en nosotros. La plenitud del tiempo, es el tiempo de nuestro vaciamiento que atrae a Cristo a bajar a nuestras vidas y así en nosotros y a través de nosotros El pueda trasmitir la plenitud de Su verdad al mundo.
Aquí es donde debemos tener cuidado de nuestros propios conceptos torcidos de “plenitud” y “plenificación”. Es verdad que la gloria y presencia de Cristo han rebosado algunas veces visiblemente no solo en carismas espirituales sino también en lo que podríamos llamar el carisma de la cultura y formas espirituales de civilización. Pero obviamente este “carisma” es a lo más, metafórico o analógico, ya que implica el “bautismo” de formas que son muy limitadas en el tiempo y en la geografía. Cuanto más nos “llenamos” con esas realizaciones y cuanto más identificamos el contenido de una cultura próspera con el rostro del Kyrios glorificado, más tendemos a ser engañados por una proyección y cumplimiento ilusorios, y mayores el peligro de que nuestro cristianismo se convierta en vana “jactancia” ante los ojos de Dios. En tal caso, la Navidad del Señor nos pide ni más ni menos que la vuelta al “vacío” de la fe. Ello puede significar la destrucción de las falsas imágenes que habíamos erigido en honor de nuestra propia realización, o que erigidas en honor del Señor, no eran dignas de Él.
Si el Señor desea vivir en nosotros Su propio vacío, Su kenosis, no esperemos que tolere en nosotros la plenitud y ufanía de la arrogancia colectiva. ¿Sobre quién descansará su Espíritu sino sobre el humilde y el pobre? Esto no significa que el orgullo ocasional o incluso corriente, pueda suscitar dudas válidas sobre la verdad de la Iglesia, pero significa que la fuerza y santidad de la Iglesia, no están en ese caso, donde proclama y debería estar. Hasta podría suceder, que los mejores cristianos sean aquellos que por alguna razón, ellos mismos u otros piensan de ellos como malos cristianos. Esto también forma parte del Misterio de la Navidad y puede recordarnos el camino de Cristo, como está consignado en el Evangelio: El vino principalmente para aquellos que tenían mayor necesidad de El, es decir, los desafortunados, los pecadores, los indigentes... aquellos que estaban “vacios”.
El Misterio de la Navidad es, pues, un misterio de vaciamiento, de pobreza, de limitación. Debe ser así. De otra forma no sería un misterio de esperanza. El Misterio del Adviento es un Misterio de comienzo, pero es también el misterio de un fin. La plenitud del tiempo es el final de lo que todavía no es pleno. Es la plenitud de todo lo que está aún incompleto, de lo que todavía es parcial. Es la plenitud en la unidad de todo lo fragmentado.
Thomas Merton
El misterio de la Navidad
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