El corazón humano está inquieto hasta que descanse en Dios. Todos anhelamos el encuentro; todos querríamos «tener experiencia» de Dios. Todos nos hacemos nuestra propia ima­gen de él; pero, ¿estamos seguros de que es la correcta? ¿Es po­sible engañarse hasta en la experiencia que queremos tener de lo divino?

Sí, es cierto, es posible engañarse y, poco o mucho, sucede  en la vida de cada uno. Pero la Palabra de Dios nos proporciona también la forma de salir del engaño. Respondiendo al escriba que le preguntaba sobre el primer mandamiento, Jesús respon­de: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12, 30). Ya Moisés señalaba este camino para conocer a Dios, al Dios vivo y verdadero. Para tener experiencia auténtica de Dios es necesario «todo» el hombre: corazón, mente, voluntad. No sería verdadera una experiencia de Dios que se detuviese, por ejem­plo, solo en el corazón, sin provocar un cambio decidido de la voluntad y una lúcida adhesión de la mente. Deben movilizarse todas las facultades humanas, y al máximo.

Dos condiciones, desde un punto de vista psicológico, pa­recen decisivas si se quiere llegar a una auténtica experiencia de Dios: 1. la armonía estructural interna: debe ser una experien­cia unitaria, que unifique a todo el hombre, implicando todos sus dinamismos psíquicos; corazón, mente y voluntad; 2. la pro­fundidad de la misma experiencia: Dios tiene que ser amado con «todo», comprometiendo radicalmente la propia vida por él.

En realidad, las dos condiciones están íntimamente conec­tadas con una relación de reciproca causalidad. Solo es posible amar a Dios con todo el corazón si las otras facultades, todas ellas, están dispuestas a abrirse a su amor; al mismo tiempo, es natural la implicación de todo el hombre cuando una de sus fa­cultades vive en plenitud la experiencia de Dios. Se da como un doble movimiento: en extensión y en profundidad, pero dentro del mismo proceso. Cuando se bloquea uno de los dos movi­mientos, el otro resulta afectado. Nacen entonces las ilusiones sobre Dios, expresión desarticulada y confusa de una veleidosa pretensión de tener experiencia de él.

Esto pasa, inevitablemente, cuando solo  queda comprome­tida una parte de nuestro psiquismo, y quedan excluidas las demás: se busca el Dios que contenta el corazón, o recompensa la voluntad, o da seguridad a la inteligencia; pero no es el verda­dero Dios, porque Dios no es solo ternura, o solo autoridad, o solo verdad teórica. El es todo o no es nada. Veamos algunas ilusiones en las que podemos incurrir a partir de tres tipos fundamentales: el «todo corazón», el «todo acción», el «todo cerebro».

a.    La ilusión sentimental La ilusión sentimental es típica de quien sostiene que para conocer a Dios basta, o es lo más importante, el sentirlo dentro. En la práctica se absolutiza el dato sentimental, que se transfor­ma en criterio de experiencia; nace así una confusión peligrosa que tiende a reducir el amor a una emoción placentera y el suje­to a un conjunto de sensaciones positivas. Dios mismo, llega­dos a este punto, se puede convertir en una de estas emociones agradables. De este equívoco de fondo se derivan consecuen­cias precisas para el individuo.

1. Su experiencia de Dios será inestable. En efecto, nues­tros estados emotivos son inestables. El tipo «todo corazón» al­ternará fácilmente, en su imaginada experiencia de Dios, mo­mentos de gran entusiasmo y periodos de frialdad y desinterés, con poca capacidad de reacción. Capaz de grandes promesas cuando siente al Señor cercano, se deprime y descorazona cuando no siente ya la emoción positiva.

Tiene un modo extraño de valorar la oración como medio para el encuentro con Dios: cree orar bien solo cuando experi­menta un cierto gusto, cuando siente la presencia de Dios como algo bello, atractivo y apasionante (como si Dios fuese similar al vino de un banquete de bodas o al osito de peluche de un niño … ). Orará, naturalmente, cuando «le guste» hacerlo. De aquí podrá incluso llegar a confundir sus sensaciones con experien­cias místicas o casi, y quizá abrigue pretensiones en tal sentido. No soporta, por supuesto, los silencios y las ausencias de Dios. No comprende que es un bien para él que Dios, de vez en cuan­do, … se vaya (cfr. Jn 16, 7), o haga ademán de marcharse (cfr. Lc 24, 28), o no se deje encontrar donde él se obstina en buscarlo o como su corazón lo  sueña (cfr. Mt 16, 21-23). No sabe vivir estos momentos como tiempo propicio de purificación de su mismo deseo de lo divino, para que crezca cada vez más la espera junto al gusto y al esfuerzo de la búsqueda.

2. Sera una experiencia ilusoria. La voluntad y la inteli­gencia quedan prácticamente al margen de este monólogo senti­mental. La emoción se convierte en un fin en si misma y no de­termina (no determina suficientemente) un cambio concreto de vida (voluntad) basado en convicciones concretas (inteligen­cia). Hay una cierta sensación de lo divino, pero no una transformación radical de mente, corazón y voluntad; vive aun el hombre viejo, con sus valores y sus criterios. A la vivacidad del nivel emotivo responde una cierta indolencia espiritual y, parti­cularmente, una alergia a cumplir concretamente la voluntad de Dios también cuando falta el entusiasmo. Se buscan más los consuelos de Dios que al Dios del consuelo. Se olvida que él, que puede presentársenos en una experiencia fuerte, quizá de grupo, vive, también, concretamente en el difícil enredo de las vivencias cotidianas que exigen entrega y un compromiso co­herente. El es el Dios de la vida, no un objeto de consumo para nuestra busca de «experiencias espirituales» (cfr. Mt 7, 21).

3. Será, finalmente, una experiencia contradictoria, por­que no sólo no provoca una conversión de la voluntad y de la inteligencia, sino que ni siquiera lleva consigo un autentico enamoramiento de Dios, a pesar de su pretensión de saber amar. Enamoramiento quiere decir implicación total y es, por tanto, infinitamente más que una simple emoción fugaz y su­perficial. Ama con todo el corazón quien ama verdaderamente «con todo»: también con la mente, con la voluntad y con las obras. Ama, por tanto, para siempre y permanece fiel. No hay contradicción entre sus dinamismos psíquicos y, consiguiente­mente, tampoco entre sus diversos amores. En la medida en que Dios es el único y mayor amor es posible amar todavía. Más aún: cuanto más se ama a Dios más se experimenta como un deber, como algo natural, amar al prójimo: es, en el fondo, el mismo amor. En cambio, quien juega con los sentimientos, a pesar de las «declaraciones de amor» de los tiempos felices, en realidad ama poco a su Dios y, además, con un amor platónico inconsistente. Y lógicamente tampoco amara en serio a los demás. Es otra de las contradicciones típicas de esta ilusión: en realidad, el sentimental es un tipo que ama poco. 0 se refugia en un espiritualismo desencarnado, creyéndose amar a todos pero sin amar concretamente a ninguno, o quiere de una forma instin­tiva, apegándose a aquellos de quienes espera lograr afecto, y al final obligara a Dios a dividir el sitio, en su corazón, con muchos otros amores en continua competencia entre sí ¿ Qué experien­cia de Dios podrá ser esta? Será, más bien, experiencia del caos que se lleva dentro y, en el fondo, una ilusión, un engaño.

b.    La ilusión moral   

La ilusión moral se da cuando se absolutiza la voluntad. Se parte de este presupuesto: para tener experiencia de Dios basta hacer determinadas cosas, cumplir un determinado código de comportamiento moral, celebrar ciertos actos de culto, imponerse una ascesis… Hecho esto, «¿qué me falta aún?» (cfr. Mt 19, 20) Pero también esto lleva a la ilusión, porque invierte el sentido de la relación hombre-Dios. En efecto, experiencia de Dios significa, fundamentalmente, Dios que se inclina sobre el hombre, el Creador que va al encuentro de su criatura. Por eso es puro don de Dios. El hombre puede, solamente, prepa­rarse para recibir este don. Con gratitud, con plena conciencia de sus límites, con alegría por la misericordia recibida. Tres ac­titudes que faltan casi totalmente en el tipo «yo lo hago todo».

Este:

1. No sabe decir gracias. Cuanto posee es suyo, fruto de su esfuerzo y de sus renuncias. Identificado al nivel psíquico, ve incluso la santidad y la relación con Dios en esta óptica narcisista-individualista: «santo» para contemplarse en una imagen positiva de sí mismo y ganarse su salvación. Corre el riesgo de hacer de su virtud -real o presunta- un ídolo del que vanaglo­riarse (cfr. Lc 15, 11-12), un titulo que le permite estar a bien con Dios y considerarse mejor que los demás, y que le lleva más a autojustificarse que a autotranscenderse: normalmente no va mas allá de la regla, no es precisamente el tipo que se arries­ga … Y, si alguna vez lo hace, entonces se siente un héroe (o una víctima). Dios, en esta lógica retorcida y un poco maniquea, debería ser el que premia o castiga según rígidos criterios de justicia (humana), sin rebajas para nadie, dando estrictamente a cada uno aquello que se merezca. Un poco lo contrario del buen pa­dre del hijo prodigo (Lc 15, 11-22) 0 del dueño de la viña que da la misma paga a los obreros de la primera y de la última ho­ra (Mt 20. 1-16), suscitando las iras respectivamente del herma­no mayor y del obrero de la primera hora …

2. Es incapaz de reconocer sus límites. Estos le parecen algo que desentona con su narcisismo moral o con su pretensión de suficiencia. Intenta entonces negarlos minimizarlos, proyectarlos sobre otro, o … marginarlos totalmente, pretendien­do extirparlos de la raíz de su persona. La verdad es que no sa­be acoger, más allá de su pecado, una misericordia que se le en­trega de un modo totalmente gratuito; le resulta difícil 0 le pa­rece absurdo vivir su pobreza como ocasión de gracia en la cual sentirse amado-redimido-perdonado por la ilimitada ternura del Padre. Es uno de los noventa y nueve «justos» que … no tienen necesidad de conversión (cfr. Lc 15, 17): no dan nunca a Dios la posibilidad de hacer fiesta en el cielo y ellos mismos no sa­ben gozar o gozan muy poco de su paternidad.                                                           ,                ,

3. En el intento de ignorar o disminuir la realidad de los propios límites, nuestro individuo retorna continuamente y siempre con mayor fuerza a la ley puntillosamente observada y se hace un legalista-perfeccionista. «Observante» perfecto en Lo externo, a menudo incluso rígido consigo mismo y con los demás, en su interior es pobre en pasión y en entusiasmo: a ve­ces frio e incapaz de gozar de la vida y de su opción vocacio­nal, acaba por convertirse en un triste observante. En efecto, su energía está demasiado ocupada en el esfuerzo perfeccionista como para poderse apasionar, viviendo una intimidad profunda con el valor. Es, además, un tipo concreto, le gusta tener los pies en la tierra, prefiere protegerse de los sentimientos (nunca se sabe … ), procurando sobre todo estar ocupado, sin perder tiempo en pensar demasiado en … En suma, mente y corazón no están suficientemente implicados, y aunque multiplica los actos de culto, celebrados siempre con atención escrupulosa, no se deja atrapar por el misterio que celebra, establece un contacto solo superficial. con lo divino, honra a Dios con los labios pero el corazón está, en definitiva, «lejos» (Mt 15, 8). Y si bien se impone duros esfuerzos ascéticos, parece hacerlo más como es­toico que como enamorado.

No hay en todo esto mala voluntad, es más, se da incluso voluntarismo, es decir, exceso de voluntad; pero es precisamen­te esto lo que debe ponerse en discusión, para hacer sitio también a los otros componentes del alma humana. Además, la buena voluntad no basta: es muy difícil que uno pueda resistir a la larga en un esfuerzo espiritual exigiéndose a si mismo hacer las cosas solo porque debe y quiere hacerlas. Antes o después se cansa y abandona (si no cae en un agotamiento nervioso).

c.    La ilusión intelectual    

          Se da también el tipo «todo cabeza». No en el sentido de que tenga un coeficiente intelectual excepcional, sino porque no ha desarrollado adecuadamente su propia capacidad de amar y de querer, y sostiene que conocer a Dios es una cuestión so­bre todo especulativa. A un Dios reducido a mero objeto de co­nocimiento, encasillado dentro de pobres esquemas cognoscitivos- . humanos, «conquistado» de una vez por todas, le corres­ponde un hombre reducido a pura racionalidad, que se conside­ra tanto más capaz de comprender lo real cuanto más inmune esté a la «contaminación» del sentimiento y a las imposiciones de la voluntad. Las consecuencias negativas son importantes. El tipo racionalista:

1. No tiene el sentido de la transcendencia y, menos aún, del misterio. Mientras que el hombre verdaderamente religioso descubre su vida llena de una presencia divina evidente y es­condida, envuelta en un misterio que supera ampliamente nues­tras capacidades cognoscitivas, cargada de un significado que transciende el mero existir dándole, sin embargo, un sentido, el racionalista reduce todo a la medida de su pensamiento y de sus propios conceptos. Considera, en el fondo, humillante y menos perfecto tener dudas o admitir que no comprende; consecuente­mente, decide que para é1 todo está claro. Es el tipo que lo sabe todo sobre Dios, que no ha tenido nunca problemas de fe, siem­pre dispuesto a dar explicaciones (aunque en el fondo no con­venzan a nadie). En efecto, es un tipo incapaz de entender a al­guien que tenga dificultades o dudas. Su fe es como una fórmula que lo resuelve todo de un modo expeditivo; cuando a veces, lo sabemos bien, creer es simplemente ser capaces de caminar en la oscuridad, y siempre, en todo caso, es aceptación de un misterio que nos supera.

Es precisamente entonces cuando el hombre entra en con­tacto con Dios: cuando, reconociendo la propia incapacidad para comprender, conserva en su corazón cuanto no entiende y acep­ta permanecer frente al misterio. Como María (cfr. Lc 2, 19. 51). Ese «permanecer» que la mística cristiana llama adoración y que es incomprensible para quien solo cree en silogismos o reduce a Dios a una ecuación.

2. Quien sabe adorar descubre el corazón de Dios y se abandona en él. Percibe su vida en las manos del Padre y deja que sea él quien la dirija y la conduzca donde quiera. Quien no adora no puede conocer a Dios ni se deja amar por él. En el fondo tiene miedo de él y acaba par tener miedo incluso de su propia vida. No acepta el pasado, trata de controlar el presente, mira con aprensión el futuro (efr. Mt 6, 25). Todo lo que no co­noce con seguridad es para él un problema: querría saber y comprender para programar y prever. Y entonces corre y se afa­na. No tiene el sentido del abandono. Tiene su vida muy bien agarrada en sus manos y la rodea de un filtro de «seguridades» controladas directamente por él. Dios es una de estas: una cer­teza teórica que asegura la mente, pero que deja frio el corazón y exige poco a la voluntad.

La fe de este individuo es sincera, férrea, pero es también una fe pobre. Aunque no hay en el malevolencia ni mucho me­nos rechazo del Absoluto, es un hombre que pretende creer sólo con la cabeza, excluyendo el corazón y las obras. Y también es­to es una ilusión, un engaño.

Nuestra fe puede estar contaminada par alguna de estas ilusiones. No es un drama darse cuenta de ello y admitirlo; in­cluso puede ser el comienzo de la liberación. Engañar significa también «burlar» y ninguno de nosotros pretende burlarse de Dios. Sería muy peligroso. Nos lo recuerda también san Pablo:

«No os engañéis; de Dios nadie se burla … »  (Gal 6, 7).

 AMEDEO CENCINI“AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS”EDICIONES SÍGUEME

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