Este hecho -que soy un hombre- constituye una verdad y un misterio teológicos. Dios se hizo hombre en Cristo. Al convertirse en lo que yo soy, Él me unió a Sí mismo e hizo de mí Su epifanía, de manera que ahora se supone que yo lo revelo a Él. Mi existencia misma como hombre depende de esto: que en virtud de mi libertad yo obedezca Su luz, permitiéndole así revelarse a Sí mismo en mí. Y el primero en ver esta revelación es mi propio yo. Yo soy Su misión a mí mismo y, a través de mí, a todos los hombres. ¿Cómo podré yo verle o recibirle si desprecio o temo lo que soy, un hombre? ¿Cómo puedo yo amar lo que soy, un hombre, si odio al hombre en los demás?

El simple hecho de mi humanidad debería ser una fuente inagotable de gozo y placer. Al alegrarme por aquello que mi Creador ha hecho de mí estoy abriendo mi corazón a la salvación que me ofrece mi Redentor. Es una manera de saborear las primicias de la redención y la restauración. El gozo de ser hombre es tan puro que quienes tienen una comprensión cristiana débil pueden incluso llegar a confundirlo con el gozo de ser algo distinto del hombre, por ejemplo, un ángel o algo por el estilo. Pero Dios no se hizo ángel. Se hizo hombre.

 

(Diarios de Thomas Merton: 1960-1968, Ediciones Oniro, Barcelona 2001)

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