1. Balduino de Ford

(Del tratado X. Col. Padres Cistercienses nº. 14, Azul – Argentina 1989, pp. 209-210).

Que tu amor por mí sobrepase la cima de tu corazón.
Tómame como modelo y ayuda para amar pura y sinceramente; como modelo y ayuda para obrar bien y sufrir con fortaleza. Ponme sobre tu corazón, sobre todo lo que piensas, lo que amas, lo que brota del corazón; de modo que pospongas todo lo que te es querido y me superpongas siempre a mí y me ames siempre más; no sólo aquello que está fuera de ti, sino más aún lo que está dentro de ti. Finalmente más que a ti, para que te ames a causa de mí, y no sólo a mí, a causa de ti. Que tu amor por ti, de conformidad conmigo, esté en la cima de tu corazón, y que tu amor por mí sobrepase la cima de tu corazón. Puesto que “la prueba del amor es mostrarlo por las obras” (San Gregorio Magno) ponme sobre tu brazo. De tal modo que si luchas, si te ejercitas en obrar por mí, obres a partir de mí. Que yo sea tu esperanza, tu confianza tu fortaleza, tu paciencia. Que me digas: Señor, eres mi esperanza, desde mi juventud (Sal 70,5). Que me digas: Yo te amo, Señor, mi fortaleza (Sal 17, 1).

Pero para que sepas si tu amor es verdadero, fíjate en la fortaleza de tu alma, porque el amor que no es fuerte como la muerte, no es amor verdadero.  Fíjate en primer lugar en mi amor hacia ti y en mi muerte por ti. Cuando di mi vida por ti, no fue la malicia o el poder de mis perseguidores, ni la violencia de la muerte las que me arrancaron mi vida a pesar mío, sino que la caridad misma me impulsó, me forzó, me hizo violencia. Lo que la muerte pudo hacer en otros, lo pudo hacer en mí el amor al cual le ha seguido la muerte. Mira también en todo lo demás lo que puede la muerte, lo que puede el amor, para que sepas que el amor es fuerte como la muerte. La muerte separa las familias más queridas, las alianzas más estrechas; también el amor separa: Todo aquel  que haya dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa o hacienda por mi nombre, recibirá el céntuplo y poseerá la vida eterna (Mt 19,29). La muerte separa el alma y el cuerpo, también el amor los separa. En efecto:Quien no odia su alma (su vida) no puede ser mi discípulo (Lc 14,26). Mas la emulación en lo que respecta a lo exterior, no se muestra verdadero a no ser que sea firme. Puede fingir en la prosperidad, quien no permanecerá conmigo en la tentación. La fortaleza del alma en la separación de sus afectos es signo del amor que se halla dentro. La firmeza en la tribulación es el signo de la emulación que se halla fuera.

¡Cuánta es tu condescendencia, Señor! ¡Cuánta dignidad también en mi libertad, Señor! ¡Pues no desdeñas ser puesto por tu servidor sobre el corazón de tu servidor! Y me consideraste tan digno y me diste el libre albedrío de modo que pueda reprobar todo lo que te desagrada y elegir el bien que te agrada.

¡Aparta de mí, Señor, el corazón de piedra, aparta de mí mi corazón endurecido, aparta de mí mi corazón incircunciso! ¡Dame un corazón nuevo, un corazón de carne, un corazón puro! ¡Tú, que purificas el corazón y amas el corazón puro, posee mi corazón e inhabilítalo, abrázalo y llénalo, tú que eres mas alto que mi altura y más interior que mi intimidad! ¡Tú, imagen de la belleza y sello de la santidad, sella mi corazón con tu imagen, sella mi corazón con tu misericordia. Dios de mi corazón, y mi porción, Dios por siempre (Sal 72,26). Amén.

2. Beato Guerrico, abad cisterciense

19 de Agosto
Memoria

Siendo canónigo de TOUNAI se  hizo Monje de Claraval. Educado bajo el magisterio de San Bernardo, fue elegido abd de Igny sucediendo al Beato Humberto que fue el primer Abad. Afectado gravemente por muchos achaques y enfermedades, mostró una gran fortaleza de ánimo. Cultivó un tierno amor a Jesús  y su Madre. Compuso bellísimos sermones, llenos de profunda doctrina. Murió el año 11157.

VIGILIAS

SEGUNDA LECTURA. De los sermones del Beato Guerrico, abad. (Sermón 54. nn. 2 y 3. Col. Padres Cistercienses Nº. 10. Azul –  Argentina 1983, pp. 464-466).

Crezcamos en oración
El Esposo, hablando a la Esposa, insinúa que en la asamblea de sus compañeros y amigos. es decir, en la iglesia de los santos conviene escuchar su voz: Tú que habitas en los jardines Los amigos te escuchan ,hazme  oír tu voz.
Vosotros sois -si no me engaño- los que habitáis en los jardines, los que día y noche meditáis la ley del Señor. Cuantos libros leéis, otros tantos jardines recorréis; cuantas máximas elegís, otros tantos frutos recogéis. ¡Bienaventurados aquellos para quienes han sido reservadas las palabras tanto de los profetas como de los evangelistas y apóstoles, a fin de que cada uno de vosotros pueda decir lo mismo que la Esposa al Esposo:Todos los frutos y  añejos los he guardado para ti, Amado mió.
Escrutad, pues, las Escrituras. No sin verdad pensáis tener la vida en ellas, vosotros que no buscáis en ellas sino a Cristo, del cual dan testimonio las Escrituras: Bienaventurados quienes escrutan sus preceptos y  lo buscan de todo corazón. Tus preceptos, Señor, son admirables; por eso los escruta mi  alma. Es necesario escrutarlas no sólo para extraer el sentido místico, sino también para beber el sentido moral. Por eso vosotros, que recorréis los jardines de las Escrituras, no queráis negligente y ociosamente pasar de modo superficial sobre ellas; escrutando cada cosa como abejas diligentes que sacan miel de las flores, recoged el espíritu en las palabras. Porque mi  espíritu, dice Jesús, es mas dulce que la miel, y mi herencia mas que el panal de miel. Así, habiendo gustado el sabor del maná escondido, prorrumpiréis  en aquellas palabras de David: ¡Qué dulce tu palabra a mi paladar, más que la miel y el panal a mi boca!
El Esposo —si no me engaño— os trasladará entonces de estos jardines a otros donde el reposo es más íntimo, el deleite más feliz, la vista más admirable. Cuando estéis aplicados a sus alabanzas con cantos (le alegría y acción de gracias. él os arrebatará al lugar del tabernáculo admirable, hasta la casa de Dios, hasta la luz inaccesible donde él habita, donde se alimenta y sestea a mediodía. Porque si la devoción de quienes salmodian y oran tiene algo de aquella piadosa curiosidad de los que preguntaban: Maestro, ¿donde habitas?, pienso que merecerán escuchar (al Señor que los invita): “Venid y ved”. Fueron ellos, dice el Evangelio, y vieron, y permanecieron con él aquel día.
Mientras estamos ante el Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de mudanzas, ignoramos la noche y sólo disfrutamos de un día bienaventurado. Cuando salimos de allí, volvemos a nuestra noche. ¡Pobre de mí!, ¡cuán pronto se deslizaron mis días, cuán presto me sequé como la hierba, yo, que, mientras permanecí con él en el jardín, reverdecí y florecí como paraíso de Dios! Con él soy un jardín de delicias; sin él, un lugar de horror y vasta soledad.
A mi modo de ver, el que entra en aquel jardín se convierte también él en un jardín y su alma se asemeja a un jardín bien regado. El Esposo la alaba entonces, diciendo: Jardín cerrado eres, hermana mía y  esposa. ¿Acaso no son un jardín aquellos en quienes se realiza lo que el mismo jardinero dijo a la plantación hecha por su Padre? Escuchadme, exclama la Sabiduría, frutos de Dios, y fructificad  como lo rosa. plantada junto a las corrientes de las aguas. Esparcid suave olor como el Líbano. Floreced como el lirio, despedid fragancia y  echad graciosas ramas.
Señor Jesús, verdadero jardinero, obra en nosotros lo que exiges de nosotros, pues sin ti nada podemos hacer. Tú eres el verdadero jardinero, Creador y a la vez cultivador y guardián de tu jardín que plantas con tu palabra, riegas con tu espíritu y haces crecer con tu poder.

3. San Elredo, abad cisterciense.

VIGILIAS

SEGUNDA LECTURA

Del tratado de san Elredo, abad, sobre la amistad espiritual.

(Col. Padres Cistercienses n. 9, Azul-Argentina 1982, pp.288-290)

Elogio de la amistad

         Entre las cosas humanas, nada más santo se puede desear, nada más provechoso se puede buscar, nada se encuentra más difícilmente, de nada se tiene tan dulce experiencia y nada más provechoso se puede tener. Pues lleva en sí el fruto de vida que permanece, en el presente y en el futuro. Sazona con su dulzura todas las virtudes, atraviesa todos los vicios con la fuerza de su poder, mitiga la adversidad y modera la prosperidad. De modo que, entre los mortales, nadie puede sufrir el ser feliz careciendo de amigos. … ¡Ay del que está solo, porque si cae, no tiene quien lo levante! Está absolutamente solo quien no tiene amigo. Y ¡cuánta felicidad, seguridad y alegría, si tienes alguien a quien te atreves a hablar como a ti mismo, a quien no temes confesar tus yerros, a quien no te sonroja manifestar tu progreso espiritual, a quien confiesas todas las cosas secretas de tu corazón y en cuyas manos pones tus proyectos! ¿Hay fuente de mayor júbilo que la unión de dos almas, que de dos se hacen una, de modo que no teman jactancia ni suspicacia alguna, ni se sientan heridas por la corrección que puedan hacerse, ni deban reprocharse adulación cuando una a la otra encomia? …

         La amistad es, pues, la gloria de los ricos, la patria de los desterrados, la riqueza de los pobres, la medicina de los enfermos, la vida de los muertos, la gracia de los sanos, la fuerza de los débiles y el premio de los fuertes. Tanto honor, recuerdo, alabanza y deseo acompaña al amigo, que su vida se juzga encomiable y su muerte preciosa. Hay algo que supera todo lo dicho, y es esto: la perfección consiste en el amor y conocimiento de Dios, y la amistad está junto a ella como un escalón. De modo que el hombre, de amigo del hombre, sube a ser amigo de Dios, según aquello del Salvador en su Evangelio: Ya no os llamo siervos, sino amigos.

10 julio, 2009

Padres cistercienses

1. Balduino de Ford 

(Del tratado X. Col. Padres Cistercienses n. 14, Azul – Argentina 1989, pp. 209-210).

Que tu amor por mí sobrepase la cima de tu corazón.


    Tómame como modelo y ayuda para amar pura y sinceramente; como modelo y ayuda para obrar bien y sufrir con fortaleza. Ponme sobre tu corazón, sobre todo lo que piensas, lo que amas, lo que brota del corazón; de modo que pospongas todo lo que te es querido y me superpongas siempre a mí y me ames siempre más; no sólo aquello que está fuera de ti, sino más aún lo que está dentro de ti. Finalmente más que a ti, para que te ames a causa de mí, y no sólo a mí, a causa de ti. Que tu amor por ti, de conformidad conmigo, esté en la cima de tu corazón, y que tu amor por mí sobrepase la cima de tu corazón. Puesto que “la prueba del amor es mostrarlo por las obras” (San Gregorio Magno) ponme sobre tu brazo. De tal modo que si luchas, si te ejercitas en obrar por mí, obres a partir de mí. Que yo sea tu esperanza, tu confianza tu fortaleza, tu paciencia. Que me digas: Señor, eres mi esperanza, desde mi juventud (Sal 70,5). Que me digas: Yo te amo, Señor, mi fortaleza (Sal 17, 1).

10 julio, 2009

La vocación monástica Desde la perspectiva antropológica del deseo religioso

La vocación monástica

Desde la perspectiva antropológica del deseo religioso

            La sabiduría inconsciente de la naturaleza nos muestra a veces representaciones y símbolos de otras dimensiones de la realidad, que en aquellas están contenidas o al menos significadas. Los antiguos les llamarían alegorías naturales, Platón probablemente sombras o reflejos de una verdad más esencial, nosotros quizá solamente evocaciones o remembranzas. Así, la salida del sol cada mañana evoca el nacimiento de la vida, mientras el ocaso nos recuerda el crepúsculo de todo existir. Pero además, esta gran estrella que nos preside está muriendo a chorros a sí misma cada instante, consumiendo cantidades ingentes de energía que le llevan a una lenta extinción. Con ello, paradójica y misteriosamente, puede dar luz y vida a los millones de seres que poblamos el planeta. Un morir que da la vida: un símbolo, una alegoría o una simple evocación de esa generosidad sin límites propia del amor, que vemos inscrita en nuestra estrella y en otros ejemplos del universo físico o animal. ¿No es esa también la naturaleza del Ágape infinito, del Amor de Dios que preside y sostiene nuestro universo y que, desde el punto de vista cristiano, se manifiesta particularmente en el sacrificio de amor de Cristo, Sol y Luz del mundo que muere a sí mismo para dar vida a los que le reciben por la fe?

 

10 julio, 2009

Cómo definir la Vocación

LA VOCACIÓN

 

Todos tenemos una vocación, todos llamados por Dios a compartir Su vida y Su reino; cada uno es llamado a un lugar especial en el Reino. Si encontramos ese lugar seremos felices, Si no lo encontramos, nunca podremos ser completamente felices. Para cada uno de nosotros sólo hay una cosa necesaria: cumplir nuestro destino según la voluntad de Dios, ser lo que Dios quiere que seamos.

No debemos imaginarnos que sólo se descubre este destino mediante un juego al escondite con la Divina Providencia.

Nuestro destino es obra de dos voluntades, no de una sola. No es un hado inmutable, impuesto a nosotros sin elección nuestra por una divinidad sin

Corazón.

10 julio, 2009

Oración y Silencio

Siempre se trata de la misma técnica: liberar nuestro corazón de su ganga, escuchar allí donde ya ora, entregarnos a esa oración hasta que la voz del Espíritu en nosotros llegue a ser nuestra propia oración.

Pero es necesario que os volváis sobre vuestro corazón, y dominéis vuestro cuerpo. Por tanto, no desesperéis hasta encontrar allí los tesoros que valen la pena. Cuando nada oscurece ya nuestro corazón, puede abrirse totalmente a la luz, porque Dios es amor y Dios es luz.

Hesiquio de Batos: “Quien vela cuidadosamente sobre su corazón, por naturaleza, irradia luz. Como un ascua arde, como el fuego enciende el cirio, así Dios hace arder nuestro corazón con vistas a la contemplación, él, que desde el bautismo habita en nuestro corazón.

Las técnicas de oración no tiene otra finalidad que hacernos conscientes de lo que ya hemos recibido, enseñarnos a sentir, a discernir, en la plena y tranquila certeza del Espíritu, la oración que en nuestras profundidades echó raíces y no cesa de trabajar. Esta oración debe subir a la superficie de nuestra conciencia.