Siempre se trata de la misma técnica: liberar nuestro corazón de su ganga, escuchar allí donde ya ora, entregarnos a esa oración hasta que la voz del Espíritu en nosotros llegue a ser nuestra propia oración.

Pero es necesario que os volváis sobre vuestro corazón, y dominéis vuestro cuerpo. Por tanto, no desesperéis hasta encontrar allí los tesoros que valen la pena. Cuando nada oscurece ya nuestro corazón, puede abrirse totalmente a la luz, porque Dios es amor y Dios es luz.

Hesiquio de Batos: “Quien vela cuidadosamente sobre su corazón, por naturaleza, irradia luz. Como un ascua arde, como el fuego enciende el cirio, así Dios hace arder nuestro corazón con vistas a la contemplación, él, que desde el bautismo habita en nuestro corazón.

Las técnicas de oración no tiene otra finalidad que hacernos conscientes de lo que ya hemos recibido, enseñarnos a sentir, a discernir, en la plena y tranquila certeza del Espíritu, la oración que en nuestras profundidades echó raíces y no cesa de trabajar. Esta oración debe subir a la superficie de nuestra conciencia.

Jesús también nos precede en la oración y en el combate que el hombre debe mantener para volverla a encontrar. Por consiguiente, debe, él primero, enfrentarse con la tentación. Para volver a abrir a la humanidad el camino hacia el Padre, debe andar como precursor ese camino. Nadie va al Padre sino por su cuerpo resucitado.

Jesús será el primer hombre en quien la plenitud del amor de Dios puede desplegarse sin obstáculo. Su oración era abandono amoroso a la voluntad de su Padre, a medida que la voluntad del Padre se manifestaba en la plegaria.

Es un abandono total, sin resistencia alguna, sin saber, dándose cuenta de que zozobra y que la muerte le traga, Jesús acepta perder pie y se deja llevar…en las manos de su Padre. No desemboca en la muerte, sino en el amor.

Gracias a la oración estamos cerca de él, superando los límites del tiempo; respiramos lo eterno, manteniéndonos ante la faz del Padre, unidos a Jesús.

El lugar de este nacimiento, donde en nosotros es fecunda la Palabra, es el corazón. La gracia del bautismo se hace realidad cuando una Palabra de Dios por vez primera interpela nuestro corazón. Aquí volvemos a encontrar el órgano de la oración en nosotros. Para describir esta experiencia, los santos padres emplean un vocabulario muy rico: la Palabra de Dios toca nuestro corazón, le hiere, le aguijonea, le punza, le atraviesa y le abre. La Palabra de Dios sacude nuestro corazón de su embotamiento. (Ef 5, 14). En el centro del hombre, en su núcleo, en su corazón, se levanta la nueva luz.

El corazón del hombre ha sido hecho para acoger la Palabra y la Palabra se ajusta naturalmente a él. Uno ha sido hecho para la otra. La palabra debe ser sembrada en el corazón, pero el corazón debe ser purificado y puesto en orden con vistas a la Palabra.

Como en un espejo, en la Palabra reconocemos nuestro nuevo rostro. En ella, somos testigos de nuestro renacer de Cristo. (1 Pe 3,4) se despierta en nosotros.

Subsiste el peligro de separarnos de la Palabra y de nuestro corazón y de reincidir en el sueño.

Quien, pese a todo, quiere perseverar el la plegaria debe limitarse a una vela interior. Deben, dicen los ancianos, hacer guardia cerca de su corazón. Será sobrio en sus tendencias, sus deseos y sus sentimientos y jamás cesará en su vigilancia.

Sobre todo deberá pacificarse, encontrar la quietud en un profundo e insondable silencio. Según la observación de Evagrio, quien vive en la agitación y en las preocupaciones, en el ruido exterior e interior, se parece a una botella de agua turbia que ha sido agitada. .

La vida nueva brota en nosotros como el agua y de golpe llena, hasta los bordes, el espacio que el silencio dejó libre. Será liberado un nuevo espacio que nos permitirá alcanzar la fuente de nuestro ser. Esta fuente en nosotros es el Espíritu, y también la Palabra de Dios.

Quien está llamado a penetrar en su corazón hasta el lugar del Espíritu, se enfrenta necesariamente con el mal y con el maligno en persona. Inexorablemente.

Junto al corazón, el cuerpo del hombre desempeña también un papel decisivo, porque constituye el terreno en el que hasta ahora el pecado reinaba como amo y en el que su influencia debe ser reducida a cero por la fuerza del Espíritu Santo. Como Jesús hizo en su muerte y en su resurrección, también el cristiano debe (Rm 8, 3). Por sí mismo no lo puede hacer; solamente la fuerza pascual de Jesús lo llevará a cabo en él. En su cuerpo, el cristiano se encuentra como entregado a dos fuerzas antagónicas que quieren apoderarse de él, desplegando su hostilidad y convirtiéndolo en campo de batalla entre el pecado y Jesús o, como dice san Pablo, entre la carne y el espíritu. Pero de la misma manera que el cristiano lleva la semilla de la gracia, depositada por el bautismo. Ha sido asumido en la muerte de Jesús y revestido de la fuerza de su resurrección.

Por la naturaleza, la oración del varón y de la mujer serán, por tanto, un poco diferentes, pues el sexo imprime su huella en la plegaria. Esto no debe asombrarnos si admitimos que la plegaria está estimulada por la soledad sexual, tanto del varón como de la mujer.

El varón y la mujer, a través del celibatos y de la oración, encuentran así su otra mitad en Dios, esa otra tabla del díptico, ternura y fuerza, que constituye aquí abajo una purísima imagen de Dios, hasta que Dios sea todo en todos, tanto en el varón como en la mujer, hasta que su cuerpo sea espíritu, sin cesar jamás de ser cuerpo, pero convertido en templo del Espíritu y en casa de oración.

Toda soledad nos lanza sobre nosotros mismos y sobe Dios, sobre nuestra extrema pobreza, sobre el amor sin medida y sobre la misericordia de Dios. Al mantenerse así exclusivamente vuelto hacia la intervención de Dios que salva en la soledad, la fe se ahonda en nuestro corazón y queda al desnudo una profundidad insospechada de nuestro ser; el núcleo central donde la plegaria ya se nos dio. Efectivamente, fue en el desierto donde el agua brotó de la roca, roca que es el mismo Jesús.

En la soledad, inevitablemente, el corazón del hombre sube a la superficie con su ambigüedad congénita: todavía vendido al pecado y ya habitado por Dios y por la plegaria del E.S. Pero es el pecado, sobre todo, el que, en la oración solitaria, sube el primero a la superficie. Aplastante. Descorazonador.

Esta experiencia es, literalmente, espantosa. La soledad separa de cualquier otra realidad y lleva a la propia nada. Ninguna apariencia puede ayudar. Ya no hay ningún apoyo superficial ni ningún sustitutivo. El hombre queda desnudo y sin defensa ante Dios en la pobreza y la debilidad que constituyen todo cuanto posee. Antes que la soledad le lleve al encuentro con Dios, le revela primero todos sus límites y su infinita insignificancia.Por su combate solitario, los ermitaños expulsan el mundo caduco, dejándose adivinar cierto resplandor del mundo transfigurado. La soledad refleja así algo de la realidad más profunda del corazón del hombre en donde se desencadena ese combate; la soledad es alternativamente desierto y paraíso, tumba del pecado y seno del mundo nuevo; es pascua de Jesús., , es precisamente lo que la celda debe enseñar al monje que se esfuerza en perseverar en ella.

La desolación es el primer fruto de la soledad. Libera al hombre de sí mismo y de proyectos, le hace pequeño ante Dios.

Desolación y profunda alegría se alternan ahora al ritmo de la oración. En la hora de la prueba es el fuego purificador de la ausencia de Dios o incluso de su muerte aparente. En la hora de su venida, es el resplandor inesperado de su rostro, como una luz deslumbradora en lo más profundo del corazón.

Es como sentirse por un lado, separado de los hombres como y, de otro, repentinamente ligado en profundidad con todos los hombres .

La soledad no es tanto una zona de clausura que separa del mundo-que-pasa, como una zona de acceso al mundo-que-viene y que permanecerá para siempre. No es un sitio de paso, es ya morada. El solitario habita en su soledad, como habita en Jesús y en su amor, como permanece sin cesar en la plegaria. Allí está en su casa, como está en su casa junto a Dios, como un pecador convertido en cuya casa Jesús se detiene con predilección. Así, lleno de gratitud, permanece . “Señor Jesús, ten piedad de mí que soy pecador”.

Puesto que Jesús está siempre viniendo, la Iglesia debe velar constantemente. Ella es vela, vigía; (Rm 8, 19-25)

La plegaria de la vela está orientada y proyectada hacia la doble realidad del fin de los tiempos: la vuelta de Jesús y la gran prueba que la precede.

Quien quiere orar debe preparar un lugar en su corazón para esta del Padre y eliminar cuanto vaya contra esa voluntad.

Para mantenerse en la voluntad del Padre hay que desembarazarse de todo amor propio y de todo egoísmo.

Las contrariedades, las cosas imprevistas, las preferencias de los demás, todo eso que nos hiere y nos molesta, todo es señal de que estamos apegados a cosas distintas de Dios y de su amor. Es la señal de que se acerca la hora en la que, como Jesús, tenemos que renunciar totalmente a nosotros mismos. Morir de esta manera a nuestros deseos liberará en nuestro corazón el espacio que necesita el enorme deseo del Padre sobre nosotros: . Esta voluntad propia, en el sentido de nuestros menudos deseos egoístas, no es verdaderamente nuestra. Nuestra personalidad profunda no puede quedar expresada en ella, no depende más que de nuestro yo superficial y artificial, que siempre lleva la herida del pecado y reacciona con la inquietud y la necedad. Solamente quien se desprende sin descanso de estos caprichos y menudos quereres para no adherirse más que a Jesús, llegará a la paz interior. En él, la voluntad del Padre, oculta en lo más hondo, puede aflorar a la superficie de su corazón. Entonces esta voluntad se convierte en su propia voluntad. Un día será su alimento, toda la fuerza motriz de su acción, la única obra que tenga que realizar abajo.

La ascesis de la obediencia vuelve a dejar al hombre en aquella “sencillez ante Xto” en la que la fue creado. quiere decir que no hay ya más que una sola orientación en su corazón: la voluntad del Padre.Esto supone un corazón puro que se ha desprendido de todas las adicciones del egoísmo y del pecado y que puede reconocer la voluntad del Padre a través de todo; donde los demás están ciegos, él ve, discierne la realidad profunda, donde se guían unos a otros hasta caer juntos en el hoyo.

En la oración se desenmascaran las ilusiones de la voluntad propia

Todo es puro para quien es puro (Tit 1,15).

Evidentemente esto supone una oración verdadera por la que se baja hasta el fondo del propio corazón para morir allí velando y orando. Una oración que, en el fondo ya nunca tendrá término. ¿Es posible esto? Ciertamente que sí para quien sabe por experiencia lo que significa orar con el propio corazón y no sólo con los labios o con la inteligencia. Uno y el mismo órgano no puede estar ocupado a la vez por dos objetivos diferentes. Simultáneamente no se puede leer un periódico y una novela, ni en el mismo instante escuchar dos discos distintos. Pero haciendo todo esto se puede orar, aun durante el trabajo e incluso durante  el estudio. En efecto, la oración mana sólo del corazón, y solamente la plegaria puede ocupar el corazón hasta su fondo más íntimo. Por eso puede convertirse en la música de fondo que acompaña al ser y al obrar, a condición de que el camino hacia esta hondura permanezca libre.

¿Será imposible orar fuera de nuestro corazón? Por ejemplo, ¿elevándose a Dios a través de las cosas y de los seres humanos? ¿No sería éste otro camino hacia una  plegaria que ya no necesitaría distanciarse de la vida concreta, sino que permanecería enraizada por completo en ella, una oración que nacería de la vida misma?

De suyo, esta posibilidad existe y no deseamos excluirla. Todo lo creado es imagen de Dios y puede ponernos en la senda que lleva a Dios. Todo ha sido creado en el Verbo y puede, en consecuencia, hablarnos de Dios, por oscurecida que esté la imagen a causa del pecado, por enmascarado que esté el sonido divino de las cosas con los ruidos que se interfieren. La cuestión radica solamente en saber si tal camino, sin el socorro de la técnica tradicional de oración escrita en este libro, no está expuesto a convertirse en un largísimo rodeo sin más. Pues Dios no habla solamente en las cosas. Nos ha dado el don de su Palabra en la Escritura y de su propio Verbo, el Hijo; en nuestra carne humana. Una y otra Palabra nos son inefablemente próximas, mucho más cercanas y cualquier otra criatura: (Rm 10,8). Y quien  cree en la Palabra de Jesús, Jesús mora en él, y él en Jesús. Sin duda alguna, éste es el camino más corto, el atajo de su nombre: Jesús mismo. Este tesoro está escondido en tu propio corazón. No tienes más que pagar el precio, si las circunstancias lo exigen, de venderlo todo, lleno de alegría, y la oración será tuya.San

San Isaac el Sirio: “La cumbre de toda ascesis es la oración que no cesa nunca. Quien la alcanza, ipsofacto, queda instalado en su morada espiritual. Cuando el Espíritu va a habitar en un hombre, éste ya no puede dejar de rezar, pues el Espíritu va a habitar en un hombre, éste ya no puede dejar de rezar, pues el Espíritu ora sin interrupción en él. Ya duerma o vele, en su corazón la plegaria esté siempre en marcha. Ya coma, beba, descanse o trabaje, el incienso de la oración sube espontáneamente desde su corazón la plegaria esté siempre en marcha. Ya coma, beba, descanse o trabaje, el incienso de la oración sube espontáneamente desde su corazón la plegaria no está ya ligada a un tiempo determinado, es ininterrumpida. Incluso durante su sueño se continúa, muy oculta, pues el silencio de un hombre que se ha liberado es ya en sí mismo oración. Sus pensamientos están inspirados por Dios. El menor movimiento de su corazón es como una voz que, silenciosa y secreta, canta para el Invisible”

 

La plegaria cósmica

Evagrio: “Es monje quien está separado de todos y unidos a todos”, pues la plegaria hace habitar en el profundo corazón del cosmos.Esta plegaria cósmica no se limita a ser una oración por el mundo. Es cierto que está intersección es muy poderosa, pero la oración actúa más todavía. Purifica los hombres y las cosas, pone al desnudo su centro profundo. La oración restablece y cura la creación, la contempla a la luz de Dios y se la restituye. Así la oración está siempre emparentada con la bendición y, normalmente, desborda en eucaristías, en acción de gracias.      Porque, merced a la oración, el hombre de plegaria ha encontrado su verdadero yo en lo más hondo de su corazón, puede ahora reconocer todo lo demás. Ha recibido una visión nueva sobre los hombres y las cosas. A partir de su propio centro, alcanza también el centro de todo, cuanto le llega.

    Con tu amor, Señor, seré profundo como el mar, y llegaré al corazón de los demás. 

19 agosto, 2009

“El espíritu ora en nosotros”. Dom André Louf

Siempre se trata de la misma técnica: liberar nuestro corazón de su ganga, escuchar allí donde ya ora, entregarnos a esa oración hasta que la voz […]
19 agosto, 2009

Memoria del Beato Guerrico, abad cisterciense. CREZCAMOS EN ORACIÓN

19 de Agosto Beato Guerrico, abad cisterciense          Siendo canónigo de Tournai se hizo monje de Claraval. Educado bajo el magisterio de San Bernardo, fue elegido abad de […]
18 agosto, 2009

CONSTITUCIONES DE LA O.C.S.O

14 agosto, 2009

Servicio de alabanza

«Comer su carne y beber su sangre ¿no equivale a compartir sus padecimientos e imitar la vida que eligió para su existencia?» (Bernardo de Claraval).  «Según […]