«iQué dulce y agradable es la vida de los hermanos en mutua unión!» (Bernardo de Clara val).

«iOjalá seamos por nuestra unanimidad en la concordia del corazón, como los granos de la granada! Aprendamos a diferenciamos entre nosotros sólo numéricamente, y no en nuestras voluntades divididas» (Gilberto de Hoyland).

         Si la conversión es el umbral de los valores, la vida en común es su primera constatación. Un grupo de hombres o de mujeres, a quienes ha tocado el mensaje de conversión por causa del Reino, se deciden a vivir juntos.

La conversión, que se traduce en una búsqueda radical de Dios, queda encauzada para el monje cisterciense, en la convivencia fraterna. La vida cisterciense es de suyo una «koinonía»; expresión consagrada en el Nuevo Testamento para significar la vida de comunidad por causa de Jesús de Nazaret. Nos referimos a la comunidad cisterciense como una réplica de la Iglesia primitiva, que trata de vivir «con un solo corazón y una sola alma, perseverando en la oración, en la escucha de la Palabra y en la fracción del Pan» (Hch 2, 42).

Este esquema de vida se halla envuelto en unas características específicas, bosquejado en una tradición y patrimonio, e integrado por bienes espirituales y materiales. Cristo Resucitado se hace presente en su «pequeña iglesia cisterciense», como se hacía presente en aquella primera Iglesia, infundiéndole la misma vida de Dios; de un Dios que es relación interpersonal de conocimiento, amor y entrega. A esto se reduce el fundamento y la imagen de la comunidad cisterciense.

Además cada Iglesia cisterciense es también una porción de pueblo que camina hacia los resplandores del Reino a través del desierto, en familia estable y concreta, guía- da y animada por la sabiduría de un pastor y padre carismático, el abad, que hace las veces de Cristo (RB 2, 2; 63, 13), el Pastor supremo, el «iniciador y consumador de la fe (Hb 12, 2). Porque los lazos que unen a los miembros de esta familia perduran a lo largo de la vida mediante el compromiso o voto de estabilidad que emite el cisterciense en el día de su consagración.

La vida de fraternidad significa que los lazos de un mismo amor y una misma vocación tienen que ir afianzándose en todos al mismo tiempo que se van esclareciendo tendencias y se cercenan los brotes de un individualismo egoísta, siempre vivos en una naturaleza herida por el pecado. La vida comunitaria se traduce entonces en compromiso activo y concreto; tiende a avivar esa relación mutua y gratuita, que significa amor, conocimiento recíproco, perdón, acogida y corresponsabilidad. De este modo la comunidad va configurando en cada uno de los miembros que la forman, la imagen y semejanza de Dios nuestro Padre. Así lo entendía la Orden en sus comienzos, cuando designaba a las comunidades como «escuela de Caridad». Porque «el amor es el compendio de la reeducación del hombre» (Elredo de Rieval). Amor a Dios y amor mutuo que cristaliza con frecuencia en auténticas y profundas amistades, tan tradicionales en la historia y experiencia de la Orden. Porque «Dios es amistad» (Elredó de Rieval).

Hay que reconocer no obstante la dificultad de llevar a cabo este programa y compromiso de vida. La comunidad ideal, que todos imaginamos y deseamos, no existe; nunca podrá coincidir con «esta» comunidad real y concreta. Por otra parte necesitamos comprometemos en una comunidad de fe y de amor de tal modo que nos lleve a asumir la paradoja que es cada una de nuestras vidas. La comunidad se construye con piedras vivas, con todo lo que nosotros somos. Debemos por tanto ir madurando en el Señor Jesús a través de sucesivas etapas de crecimiento.

La imagen apocalíptica de la Esposa que sube desde el desierto al encuentro del Esposo (Ap 21, 2) acaba de trazar la fisonomía singular de la comunidad cisterciense. La Esposa, que es la Iglesia y en nuestro caso la pequeña iglesia comunitaria, sube desde el desierto. Por el momento está en el desierto; porque Cristo la construye y la quiere ahí. La iglesia cisterciense es soledad, quietud, silencio; y desde ahí se proyecta hacia la ultimidad de la historia humana y lo definitivo del Reino. Tocamos la escatología; el momento del encuentro definitivo con el Señor Jesús. Por eso la iglesia cisterciense ensaya ya y se goza en participar de los bienes definitivos, acentuando a cada instante la plenitud de los valores en ese cielo nuevo y tierra nueva (Ap 21, 1); cuando todos seamos uno en El (Jn 17, 21).

notas referencia les 

— Regla de S. Benito: 63, 10; 71, 1, 4; 72.

— Constituciones: 13; 18.

— Bernardo de Claraval: Cant 12, 5; 23; Benit; Ram 1; Todos SS 1, 1; 4, 3; 5, 5; Dedic 1, 1-7; 2, 3, 4; Sept 2, 3.

— Elredo de Rieval: Amist (ed. Azul) p. 276, 277, 286.

— Guillermo de S. T.: Nat amor 24.

— Isaac de Stella: Serm 12, 2.

— Balduino de Ford: Vida cenobítica n•a 25; 49 (Ed. Pain de Citeaux).

 

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