«Los que siguieron a Cristo fueron pobres con Cristo» (Pequ. Exord.).

«La austeridad cisterciense exige la pobreza. No basta con soportarla pacientemente, tenemos que abrazarla gustosos; pero esto no es posible sin la luz de la sabiduría» (Bernardo de Claraval).

          Los escritos del Nuevo Testamento nos alertan casi de continuo acerca de la relación existente entre la posesión y el hombre. La posesión apremia enormemente al hombre en su corazón (Mt 19, 16 ss). El poder y las riquezas constituyen uno de los principales fenómenos de la incredulidad de todos los tiempos, incluyendo al mundo actual, tan pragmático y egoísta.

Por eso quizá, y como reacción a la mentalidad contemporánea y a los acontecimientos sociales, se nos impone una visión de pobreza en cuanto mera solidaridad económica con los pobres. Es cierto que a lo largo de la Historia de la Salvación la pobreza aparece como un fenómeno económico que surge de la cotidianidad problemática de la vida; pero el Señor Jesús no la glorifica ni la sublima en cuanto proyecto económico ni siquiera como simple ideal ascético. El pobre auténtico sólo se da a la luz del anuncio del Reino y del «día» escatológico (Le 6, 20 ss). La pobreza es por tanto una radical actitud crítica de la provisionalidad de un mundo que pasa frente a un solapado usurpador que se zafa en el corazón humano. La pobreza es además una disponibilidad y una penetrabilidad.

Disponibilidad a una evolución interna mediante la acción creadora y transformante de Dios que penetra el corazón. Un pobre así tiene que estar disponible a pronunciar «mañana» un «yo» más auténtico que hoy.

Es imposible por tanto reconocer la pobreza cristiana limpiamente sin recurrir al misterio de Dios que llega, y de Jesús de Nazaret, el profeta del Reino y maestro consumado de pobreza. «Jesús el Cristo siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9). Su riqueza se llama desprendimiento, despojo, anonadamiento (kénosis). También se llama «misterio pascual», muerte y resurrección. Aquí optó de una vez para siempre en favor de la salvación de cada uno de nosotros. La pobreza de Cristo a quien seguimos, trastoca nuestro compromiso por el Reino, en amor que se entrega hasta perder la vida. Pobreza es también el misterio de Dios revelado. Dios es pobreza, eterno despojo en un don eterno de sí mismo; es infinita desapropiación, en una total comunicación de sí mismo.

El punto de partida de la práctica cisterciense de la pobreza dimana de sus mismos principios doctrinales y de la situación en que nace el carisma. La búsqueda exclusiva de Dios invita al monje a sumergirse en el abismo infinito de la pobreza a través del desasimiento de las cosas y del despojo de sí mismo. Así, mediante la donación de uno mismo, el cisterciense va realizando el programa de búsqueda radical, exigido por su llamada.

Hay que llegar hasta experimentar nuestra dependencia de Dios en la misma inseguridad, dejando de lado todo apoyo temporal. Sólo entonces saltará dentro de nosotros mismos ese sentimiento profundo de fe y confianza en nuestro Padre Dios. La pobreza se traduce entonces en un compartir y en un consentir con el pobre de dentro y de fuera del claustro, estrechando al mismo tiempo el ámbito de las propias necesidades como camino para abrirse a lo único necesario: el ser testigos ante el mundo de la inminencia del Reino. Por eso la pobreza efectiva se vuelve profética y crítica, que recuerda a la Gran Iglesia su actitud congénita de tomarse en serio las promesas de Jesús en favor de los pequeños y de los despreciados.

De este modo la vida cisterciense se hace sencilla y sobria hasta el punto de embellecer a la persona individual y colectiva de la comunidad en todas sus facetas. El trabajo, tan querido por los inspiradores del carisma del Cister, encaja en el valor pobreza como elemento integrador de la personalidad humana (ver RB 48). El modelo de pobreza cristiana lo tiene que vivir el cisterciense traducido en comunión fraterna. «La comunión de bienes expresa la comunión de amor» (Balduino de Ford). Por esto mismo compartimos entre nosotros todo lo que tenemos y somos (ver RB 36, 6),os dones que Dios nos da, e incluso nuestras grandes diferencias. Y ello con alegría, como anticipo de la participación en el Reino: «Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3). Y porque «la pobreza es un ala de tal envergadura que de dos batidas se remonta hasta el Reino de los cielos. A la pobreza no se le promete el Reino, se le da» (Bernardo de Claraval).

notas referenciales 

— Regla de S. Benito: 32, 4; 33; 48, 7; 54; 55, 7.

— Constituciones: 27; 33; 42, 6; 46, 2; 56.

— Bernardo de Claraval: Serm Adv 4, 5; Todos los SS 1; Cant 21; Carta 100.

— Guillermo de S. T.: Carta de Oro 4, 90.

— Elredo de Rieval: Reclusa 2, 9.

— Guerrico de Igny: Serm 53 (Todos los SS).

— Isaac de Stella: Serm 1 (Todos los SS).

— Balduino de Ford: Sobre la vida Cenobítica, passim.

 

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