BIBLIOTECA CISTERCIENSE

 Monte Carmelo

 

Charles Dumont

     La sabiduría cisterciense según san Bernardo Epílogo sin conclusión 
Al final del libro quinto del tratado Sobre la Consideración, que trata de Dios, san Bernardo dice que allí se acaba el libro, pero  no la búsqueda. ¿Es posible acabar de buscar lo infinito? Concluir la presente síntesis sería negar lo que constituye toda su hermosura y unidad: la búsqueda sostenida y constante de Dios.     Al terminar este estudio quisiera volver a comenzar de nuevo, porque a medida que avanzaba en él era cada vez más consciente de la cohesión interna del pensamiento y de la vida de san Bernardo. La unidad se halla siempre en el movimiento, el deseo, la aspiración, y la tensión escatológica. La búsqueda mutua del Espíritu creador y del espíritu creado está motivada por el deseo que ellos sienten de ir el uno hacia el otro. Pero es Dios el primero en desear y quien mueve el alma hacia el infinito.     Concluir la síntesis de la búsqueda de unos seres que se aman sería algo contradictorio. Deseamos que alguien la vuelva a tomar algún día, pero como un atleta que toma el relevo. Hubiera sido conveniente haber dado más relieve, a lo largo de la exposición, a la íntima relación con la doctrina patrística de la restauración progresiva de la imagen de Dios en el hombre. Si es sobre todo por su libertad por donde el hombre se asemeja a su creador, también en la voluntad humana que intenta liberarse para conformarse a la voluntad divina, es donde reside el resorte que impulsa al alma desde la conversión hasta la divinización. La concordia unificante la realiza el amor, que franquea la distancia entre el finito y el infinito. Pero no existe amor sin humildad. En toda la obra de san Bernardo la humildad sostiene la vida del amor, es su verdad. Lo mismo que el amor, la humildad es ante todo experiencia: experiencia de la dependencia radical de la libertad creada frente a su Creador, en una obediencia que no busca su interés. Son opciones fundamentales que animan el ser conformando su pensamiento, su deseo y su acción a la voluntad divina.     El estilo mismo de san Bernardo revela con frecuencia este movimiento continuo hacia una meta jamás alcanzada, pero siempre ante la vista. Durante la composición del c. VI he leído, como libro de cuaresma, las Homilías sobre el Eclesiástico de Gregorio de Nisa. Y he hallado allí el mismo ímpetu de la búsqueda apasionada de Dios, y a veces los mismos términos e imágenes:“Encontrarle es el hecho mismo de buscar sin cesar. Porque buscar no es una cosa  y encontrar otra, sino que la ganancia de la búsqueda es la misma búsqueda. ¿Quieres saber el momento oportuno de buscar al Señor? Lo digo brevemente: toda la vida” .     Sí, toda la existencia del cisterciense está inspirada, ordenada y orientada por la búsqueda de Dios a través de las vicisitudes de la vida, y el cambio continuo que ella implica. La descripción estática de las etapas del progreso espiritual (los “grados), no debe fijar este movimiento permanente. “Poco a poco”, “insensiblemente”: estos adverbios que hemos visto usar varias veces a san Bernardo, califican el movimiento mismo de la búsqueda interior. Al enumerar san Bernardo los grados de una escalera, ve siempre el movimiento completo: cada grado no está ordenado al siguiente sino a la cumbre.“Nadie llega a la cumbre de repente: la cumbre de la escalera se alcanza subiendo, no volando. Subamos, pues, con los dos pies que son la reflexión (meditación) y la oración. La reflexión nos dice qué nos hace falta, y la oración nos alcanza lo que necesitamos”.     Este texto nos dice también que la ascensión de los grados va siempre unida a la reflexión y a la oración. Los tres grados de la verdad son muy expresivos en este movimiento continuo hacia la cumbre, que está siempre ante la vista e informa todo el recorrido. Esto sucede porque en toda alma cristiana la verdad divina se halla ya de manera incoativa en la verdad de los dos primeros grados: conocimiento de sí y conocimiento del otro. Cualquiera que sea el interés sicológico o moral que ellos presenten, son para san Bernardo etapas hacia la contemplación de la Verdad en sí, hacia la unión con Dios; son ante todo fuentes de progreso.     Este movimiento de continua superación lo hemos visto en muchos puntos de la presente síntesis. Algunos títulos de párrafo lo patentizan: la memoria y la presencia (III, 5); del Verbo carne al Verbo santidad (IV); de un amor sensible a un amor espiritual (IV, 1); la experiencia del amor como progreso en la fe (IV, 5); la eternización del tiempo (V, 4); la muerte puerto y puerta de la vida (V, 5); la sabiduría de un deseo sin fin (VI, 4); la santidad de la paz (VI, 5), que es siempre visión lejana     Esta superación se basa en la fe en Cristo que tiende a la contemplación, en la vida moral que es una moral abierta a una “moral mística”, y en la perspectiva escatológica.     El tema de la imagen y semejanza procede también de este movimiento de transformación: es una búsqueda que cambia de forma, de color y de carácter con el tiempo, el fervor o el cansancio, la alternancia de las llamadas y respuestas de Dios. Cuando la ausencia sucede a la presencia, Bernardo grita: “¡Vuelve!”.     Este cambio, estas alternancias, este movimiento de superación tiene su fundamento filosófico (porque Bernardo es filósofo a pesar suyo), en el cambio del ser. Él afirma que “lo invariable es incomprensible”. El ser cambia constantemente, está siempre en movimiento, como la había dicho ya Heráclito. San Bernardo, hablando de la inmortalidad como rasgo característico de la semejanza divina del alma, dice que es plenamente relativa porque todo cambio es una imitación de la muerte. Todo lo que cambia pasa de un estado a otro. Es preciso que muera de algún modo lo que es, para comenzar a ser lo que no es. Sartre lo dice a su manera: “Soy lo que no soy, y sólo soy porque soy lo que no soy”, lo que significa que la conciencia humana está siempre por delante de ella, en proyecto ex-istencial; es también, en otra clave, el éx-tasis, o el ex-cessus de san Bernardo.     El sentido del movimiento de la vida, su hilo conductor no puede venir sino del acuerdo entre la gracia y la libertad. La existencia sólo tiene sentido y  unidad en la obediencia básica o en la fidelidad creadora, como respuesta del corazón a la llamada interior de Dios que desea unirla a su corazón. Cada día pide el monje a Dios que se haga su voluntad, es decir, que él se adhiera a la suya. Magna res amor… Gran cosa es el amor, con tal de que vuelva a su origen y retorne a su principio; si se vacía en su fuente y en ella recupera siempre su copioso caudal”.     El río es un símbolo de este amor de continuidad que supera y trasciende las intermitencias del corazón, descritas por Prouts. En teología este impulso indefectible se llama esperanza, de la que san Bernardo habla tan magníficamente en los diecisiete Sermones sobre el salmo 90.     El equilibrio de esta marcha incesante hacia la paz queda subrayada en los contrastes que percibe con tanta precisión san Bernardo entre dulzura y amargura, gozo y pena, angustia y esperanza, temor y confianza, como hace decir Claudel a la anciana Ana Vercors:     Para quien  conoce la paz, el gozo     y el dolor se hallan en ella a partes iguales.     La sabiduría, síntesis de inteligencia y afectividad, nos inicia a la paz, y esta paz se halla en la búsqueda de Dios, porque unifica la existencia y la simplifica: sólo una cosa es necesaria, y lo demás es secundario y aleatorio.     La grandeza y las pequeñeces de la conciencia humana son siempre consideradas  con una misma mirada, admirativa y compasiva a la vez, lo mismo que sus impulsos y sus caídas. A través de esos altibajos y de esos momentos de entusiasmo y fatiga, la marcha continúa subiendo hacia Jerusalén, visión de paz, que el peregrino jamás pierde de vista so pena de caer en la desesperación. La visión lejana sostiene su caminar. Una libertad que no busca la paz del corazón permanece indecisa, insatisfecha e inquieta.     En los umbrales del siglo décimo de su historia, la orden Cisterciense, tan marcada  con la impronta de san Bernardo, puede preguntarse por su futuro y no deja de hacerlo. Su anterior vitalidad ha sido ampliamente tributaria del impacto que ha tenido sobre sus miembros la doctrina del “representante más típico de la teología monástica”, según la expresión de Dom Penco,  gran conocedor de la historia monástica: “Es en san Bernardo -afirma este autor- donde la tradición benedictina alcanza su cumbre… La espiritualidad monástica tradicional halló su pleno desarrollo en la Escuela cisterciense”.     Pero algunos, en la era de las comunicaciones interplanetarias y de las técnicas cada vez más sofisticadas, pueden pensar que san Bernardo está desfasado y caduco. Así pudo pensar, tal vez, Julia Kistva. Pero al filo de sus investigaciones sobre el amor, no halló nada mejor que san Bernardo.“El amor en san Bernardo aparece como el rasgo de unión que constituye lo específico del hombre como naturaleza-y-sentido, cuerpo-e-idealidad, pecado-y-gracia divina… La heterogeneidad mantenida de estos límites, al mismo tiempo que su indiscutible subordinación a la prioridad esencial de la idealidad divina, hacen de la mística cisterciense, más que cualquier otra doctrina, el medio adecuado y poderoso de definir el ser del hombre como amoroso. Ni pecado, ni sabiduría, ni naturaleza, ni conocimiento. Sólo amor. Ningún filósofo igualará este éxito sicológico que supo dar una satisfacción al narcisismo pulsional, elevándolo por encima de su propia región para otorgarle una irradiación hacia el otro, y los otros: una irradiación divina, sin duda, y también social”.     Si se ha proclamado con frecuencia a san Bernardo como el “doctor del amor”, conviene subrayar que su originalidad reside en “una llamada a la conversión de la subjetividad, de las fuerzas afectivas, de la sensibilidad…del deseo”. Invita a una “movilización de nuestra subjetividad al servicio de la fe”. Es que san Bernardo es profundamente místico, y por eso mismo, humildemente realista.     A muchos hombres y mujeres, durante nueve siglos, ha enseñado a comprender mejor su vida; y a muchos otros, en sus dificultades, les ha dicho que miren a la Estrella e invoquen a María. Ojalá  estemos seguros de que seguirá guiando a otros por el camino de la paz, gracias a esta sabiduría cisterciense que el Espíritu de Dios le concedió expresar con tanta inteligencia y amor.            

  Scourmont, en la fiesta de san Bernardo,            20 de Agosto de 1997

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