Relato 1º de SU CONVERSIÓN
      

¡Bondad maravillosa, que en el exceso de tu misericordia has bajado hasta el valle profundo de mi miseria! (Sal 41,8). Cuando siendo de 25 años de mi edad, en aquel lunes, para mí felicísimo, antes de la fiesta de la Purificación  de mi  castísima Madre, que fue el 27 de enero (1281), a la hora escogida, después de Completas, al comienzo del crepúsculo: Dios que eres Verdad de un resplandor superior a todas las luces, pero más profunda que el profundo abismo, habías determinado auyentar la densidad de mis tinieblas, comenzando a serenar blanda y dulcemente aquella turbación que un mes antes (Adv 1280, cf. L II,23 n 5) habías levantado en mi alma, con la cual, según me parece, procurabas destruir la torre de mi vanidad y curiosidad, en la cual había crecido mi soberbia que ¡oh dolor!, llevaba el nombre y hábito de la Religión.. De este modo encontraste el camino por el que mostraras tu salvación (Sal 49,23). Entonces, en la predicha hora, en medio del dormitorio, y después de haber saludado con una inclinación, según nuestro ceremonial, a una anciana que encontré, al levantar la cabeza vi a un joven amable y delicado como de 16 años, en aquella forma que mi juventud anhelaba como atractivo a mis ojos exteriores. Con un rostro seductor y una voz dulce me dijo:”Pronto vendrá tu salvación. ¿Por qué te consumes de tristeza? ¿Por ventura no tienes quien te aconseje que así ha cambiado tu dolor?(Resp. Dom II Adv.). Mientras así hablaba, aunque sabía que corporalmente estaba en el lugar  que he dicho, me parecía, sin embargo, estar en el coro, en el rincón en que suelo hacer mi tibia oración, y allí oir las palabras siguientes: “no temas, te salvaré, te libertaré. Cuando esto oí, vi que su tierna y delicada diestra tomaba la mía como para asegurar estas palabras, y añadió: Lamiste la tierra con tus gemidos(Sal 71,9) y la miel entre las espinas, por fin vuélvete a mi y yo te embriagaré con el torrente de mi divino regalo” (Sal 35,9)… Después de estas palabras, vi entre él y yo, esto es, sobre su derecha y sobre mi izquierda un vallado de largura interminable… de ningún modo se hallaba paso libre para ir al joven predicho. Yo tenía tanta ansiedad, ardiendo de deseo y casi desfallecida, él mismo, de repente, tocándome, sin dificultad me levantó y me colocó junto a sí, y habiendo reconocido en aquella mano de la que había recibido la preciosa promesa LAS JOYAS PRECIOSAS DE LAS LLAGAS con las que han sido anuladas todas las escrituras en contra nuestra [el joven era Jesucristo resucitado]. Alabo, adoro, bendigo y doy gracias como puedo a tu sabiduría, fuente de misericordia y a tu misericordia, fuente de toda sabiduría, oh Creador y Redentor mío!, que has puesto tal cuidado en sujetar mi dura cerviz a tu yugo suave, preparándome un remedio adecuado a mi debilidad. Desde entonces, pacificada por una alegría espiritual enteramente nueva, me he dispuesto a seguir tras el suave olor de tus perfumes y comprender cuan dulce es tu yugo y ligera tu carga (Mt 11,30), lo cual antes me eras insoportable (Heraldo el Amor divino L. II, 1, 1-2). 


 Sta. GERTRUDIS LA MAGNA, RELATO 2º de su CONVERSIÓN

 Salve, Salvador y luz de mi alma (Sal 26,1), Gracias te sean dadas… por esta gracia por la que has introducido mi alma en el conocimiento y en la consideración de lo íntimo de mi corazón, que tanto había descuidado hasta entonces…Soy consciente de todo lo que en mi corazón ha sido ofensa a la extrema delicadeza de tu pureza y de tanto desorden y confusión que, haciendo completamente obstáculo a tu deseo de establecer allí tu morada(Jn 14, 23), sin embargo, ni esto, ni ninguna de mis infidelidades te ha impedido, mi amantísimo Jesús, que en aquellos días en que me acercaba al alimento vivificante de tu cuerpo y de tu sangre, me favorecieses con tu presencia visible, aunque no te veía más claramente  que como se ven los objetos al amanecer.          Esta benigna condescendencia no dejaba de atraer mi alma hacia ti, con una unión más íntima, una contemplación más viva, y una alegría más grande.         Tales eran mis disposiciones de llevar mis esfuerzos en este sentido, en la fiesta de la Anunciación de Santa María, cuando te desposaste con la naturaleza humana en el seno virginal.Tú, que antes de que seas llamado dices: “Aquí estoy”, anticipaste aquel día llenándome, a mí
indignísima de dulces bendiciones, en la vigilia de esa fiesta, en el capítulo que a causa del domingo, se tenía después de maitines. De esta manera, en lo más profundo de tu bondad y de tu dulzura, me has visitado, ¡oh luz que viene de lo alto! (Lc 1, 78), de modo que no puedo expresarlo. (Heraldo del Amor divino  L. II, 2, 1-2).    Sta. GERTRUDIS la MAGNA, RELATO 3º de su CONVERSIÓN         Alabo y adoro al mismo tiempo la suprema excelencia de tu misericordia y la extremada dulzura de esta benignidad por la que, Padre misericordioso (2Cor 1, 3), en medio de mi vida de perdición me has testimoniado pensamientos de paz y no de aflicción (Jer 29, 11; Entrada Dom 33 T.O.), exaltándome por la multitud y grandeza de tus beneficios, como si, mejor que todos los hombres, hubiera llevado aquí abajo una vida angélica.


        Comenzaste esto en aquel adviento (1280) que precedió a la fiesta de Epifanía en que cumplía 25 años, comenzando con cierto sobresalto que alteró mi alma hasta empezar a perder todo atractivo por las pasiones de mi juventud y fue así como tú preparaste en cierto modo el camino para recibirte en mi corazón. Había entrado en el año 26 de mi vida cuando, el lunes, antes de la fiesta de la Purificación, en el crepúsculo después de completas en la noche de la perturbación ya dicha, Tú, luz verdadera que alumbra en las tinieblas, pusiste fin al día de mi vana juventud toda oscurecida por la ignorancia espiritual. Pues a esa hora, con una evidente y maravillosa condescendencia, con una dulzura inmensa manifestaste tu presencia, y participando de tu amistad, me has dado parte de tu conocimiento, de tu amor y me has introducido en lo interior y secreto de mí misma que me era muy desconocido hasta ese momento y comenzaste después a tratarme con maravillosas y sencillas maneras, para que de ahí en adelante siempre pudieras tener en mi alma, tus alegrías en mi corazón. como goza un amigo  en su propia casa con otro o mejor, como el esposo con la esposa.  … visitándome con ese afecto en distintas formas y momentos (lo hiciste) de un modo más especial en la vigilia de la santa Anunciación; finalmente,  cierto día antes de la Ascensión, en el que esta presencia fue tan afectuosa ya desde la mañana, para terminar en plenitud por la tarde, después de Completas… Desde ese día hasta el momento presente, nunca sentí o conocí que te habías ausentado de mi corazón ni durante un pestañear de ojos, antes al contrario, supe que siempre me estabas presente, cuando quiera me movía dentro de mí …..(Heraldo L. II, 23, 5-6)      

30 agosto, 2009

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