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«La conversión del corazón no es obra de los hombres sino de Dios» (Bernardo de Claraval)

«La conversión no se realiza en un solo día. ¡Ojalá pueda llevarse a cabo a lo largo de nuestra vida!» (Bernardo de Claraval)

Es imposible no desconcertarse alguna vez en la vida. Pero hay desconciertos y desconciertos. Quizá la vida empieza a tomarse en serio cuando los desconciertos parecen mayores. Y se toma la vida muy en serio quien se decide a ponerse delante de Dios, sin más. Dios siempre desconcierta, porque es desconcertante. Nunca se deja ver cara a cara; y sin embargo todos nosotros sentimos una especie de llamada cuando entramos en comunión con El. Esta llamada es la fe, puro regalo. Por la fe en Cristo nos llamamos cristianos.

          Y al instante caemos en la cuenta que nuestra vida no está a la altura de esa llamada a la familiaridad con El. Es nuestro primero y gran desconcierto. Entonces es cuando la vida misma se nos hace desconcertante. Y precisamente en esos instantes es cuando parece resonar en nuestro interior aquella invitación acuciante del Evangelio: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).

         La conversión empieza por una inquietud; se prosigue en una búsqueda; y se va como fraguando en una transformación. La Biblia no considera la conversión en sí misma como un valor; es más bien una disposición. Y en cuanto tal, podemos considerar la conversión como el umbral de todos los valores religiosos y monásticos. En este sentido la conversión es la misma vida del creyente traducida en respuesta. Pero no una respuesta a la ligera, sino como lo más serio que se puede concebir. Por eso la conversión es un compromiso de vida inherente a la fe.

         Hay muchos caminos de conversión; conforme a las diversas maneras de vivir la vida misma. La vida monástica y cisterciense se destaca por ser un camino de conversión muy peculiar. Es «una vuelta a Dios» desde una «región lejana»; imagen muy querida a los autores cistercienses clásicos, que expresa la peculiaridad de la conversión cisterciense. Peculiaridad que equivale a radicalidad. Aquí no hay nada de exageración. El monje o la monja es una de las pocas personas que en este mundo se han tomado la cosa muy en serio. Por algo se les conoce como «los buscadores de Dios» por excelencia, casi en exclusiva; aunque parezca un atrevimiento el decirlo (RB 58, 7). La búsqueda de Dios, en la tradición viva del monaquismo de todos los tiempos, se entiende como un combate espiritual en orden a la liberación personal de uno mismo y de la humanidad entera a través de sí. Esta liberación, en términos revelados por el mensaje de Jesús de Nazaret, es la Salvación. Porque «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4).

         Sólo el Espíritu de Jesús nos llama a realizar en nosotros esta tarea salvadora; pero cuenta siempre con nuestra cooperación radical y perseverante: «Convierte tu corazón no amando nada fuera de Dios, no amando nada sino por Dios» (Bernardo de Claraval).

         Y si es cierto que en el Sermón del Monte (Mt 5, 3 ss; Lc 6, 20 ss) Jesús no habla explícitamente de conversión, su mensaje expresa claramente un programa de transformación de la existencia diaria en función del destino del hombre, el Reino de Dios. La realidad de la conversión es, en consecuencia, la acción del Espíritu de Dios; que es al mismo tiempo la acción fundamental del quehacer humano del monje. Es un morir que es vida; y que en concreto el cisterciense lo traduce en la vivencia de todos y cada uno de los valores monásticos. Para ello cuenta además con un lugar concreto, su monasterio; y unos hermanos, su comunidad, configurada en una palpable variedad debida a las limitaciones de sus miembros, a las diferencias de edad, de mentalidad, de educación y de misión.

         La comunidad cisterciense quiere ofrecer de este modo un icono vivo del Señor Jesús a cualquiera que se acerque a ella. Se trata de una presencia cristiana que tiene que ir creciendo y embelleciéndose en su identidad y en sus relaciones. De este modo el conjunto de los hermanos orientan su programa de conversión peculiar en función del Reino, y se ayudan a llevarlo a cabo. Por la conversión se va restaurando la imagen de Dios, deteriorada por el egoísmo del pecado. Además el Espíritu de Jesús va despertando en cada hermano la genuina nobleza humana, ya creada por Dios en los albores de la Historia de la Salvación; cuando Adán nuestro Padre, antes del pecado, vivía feliz con el Señor de la vida y con todas las realidades creadas.

          En breve, la exigencia de conversión para el monje cisterciense coincide con el máximo compromiso de fe cristiana, en virtud del mismo bautismo, Y, como la misma fe, la nota característica de la conversión es la alegría. En una fiesta gozosa, con una solemne e íntegra devolución generosa de todos los derechos filiales, culmina la vuelta del hijo pródigo al hogar, el Reino del Padre (Lc 15, 6, 10).

 ¿MI CAMINO DE VIDA?

Los valores de la vocación cisterciense

PUBLICACIONES DEL SECRETARIADO DE FORMACIÓN CISTERCIENSE  

notas referenciales       

– Regla de S. Benito: Prol 2; 38; 7, 30; 58, 17.

– Constituciones: 3, 3; 8, 10; 34, 2; 46, 1.

– Bernardo de Claraval: Cuar 2; Cant 78, 6; Carta 142.

– Guillermo de S.T.: Med 4, 12; 9, 1 ss; Nat Amor 9.

– Guerrico de Igny: Serm Pedro y Pablo 2, 1.- Elredo de Rieval: Past 3; Todos SS 1 ss; Pedro y Pablo 2 ss.

– Isaac de Stella: Serm 34, 8-11.

– Balduino de Ford: Trat 10.

1 Marzo, 2014

Conversión

«La conversión del corazón no es obra de los hombres sino de Dios» (Bernardo de Claraval)

«La conversión no se realiza en un solo día. ¡Ojalá pueda llevarse a cabo a lo largo de nuestra vida!» (Bernardo de Claraval) 

1 Febrero, 2014

SILENCIO Y ESCUCHA FRENTE A LA CULTURA DEL RUIDO Y LA SUPERFICIALIDAD

La vida monástica está llamada hoy a redescubrir de manera renovada, en medio de esta cultura del ruido y de la superficialidad ese valor tan esencial y tan suyo que es el silencio contemplativo y la escucha a Dios.

 

 

27 Julio, 2013

HACIA UNA FORMACIÓN SOBRE LA ORACIÓN MONÁSTICA.

  Los jóvenes al discernir su vocación se ven a menudo atraídos hacia un monasterio, porque sienten la belleza única y la fuerza espiritual de una […]
23 Febrero, 2013

RENUNCIAR

 La vida cristiana se sitúa constantemente en un difícil equilibrio, el del Misterio Pascual con sus dos polos de muerte y de resurrección. La Pascua de Cristo y la del cristiano no es primero la muerte y después la resurrección, sino que es a la vez y en un mismo movimiento, Muerte y Resurrección, de suerte que es posible encarar una teología de la gloria de la Cruz, términos en sí contradictorios.