En el seguimiento de Jesús a través de las lecturas del Tiempo ordinario, que va a ser interrumpido inmediatamente, para inicial el ‘Camino pascual’, el peregrino del silencio ha podido contemplar admirado el inicio de la actividad del Señor, de Jesús de Nazaret, a partir de su bautismo y, digamos, ‘confirmación’ por el Espíritu de su misión salvadora.

Jornadas espléndidas repletas de impulso renovador, de cumplimiento de esa imagen profética que abre horizontes inabarcables, llenos de atractivo, que invitan a enrolarse tras este joven rabí, a ser compañero suyo en la tarea apostólica. Y también, enseguida,

 

el levantarse de las primeras nubes contradictorias desde los reductos de la incomprensión del judaísmo oficial, a la vez asombrado pero resistente hacia ese anuncio liberador por parte de Jesús. Jornadas de predicación, signos portentosos de su poder en favor de los dolientes y los sencillos. Inicio de la instauración de un grupo de elegidos para una misión de proyección de alcance intemporal.

En esta contemplación de la vida cotidiana de Jesús, ¿qué se nos muestra, qué descubre el peregrino en la trama de este maestro y guía de vida? Tal vez, quien nos transmite con más acierto lo que llamaríamos ‘la cotidianeidad del quehacer de Jesús’ es el evangelista Marcos, con la llaneza de su estilo directo, sin circunloquios. Llama la atención del peregrino la narración de lo que hemos tomado como título, el transcurso de un día cualquiera en su entorno social más habitual, que se desarrolla en Cafarnaún, tras la dolorosa experiencia de rechazo de su pueblo, Nazaret. En este pueblo costero del mar de Tiberiades va a establecer Jesús el centro ambiental y doméstico de su estancia en Galilea.

En el evangelio del 5º domingo del Tiempo ordinario contemplamos una jornada de las muchas que debieron jalonar aquellos primeros meses de actividad como predicador del Reino. No todos los días se daban sucesos como los de los leprosos o la tempestad calmada o la resurrección de un difunto, casos de Naín y la hija de Jairo. Sin embargo, ¡cuántos días debieron transcurrir como el que nos cuenta san Marcos en esta jornada!: Jesús llega con el pequeño grupo de los suyos a una casa, la de Simón Pedro, y encuentra a la suegra de éste en cama, con fiebre. Como lo más natural del mundo, la toma de la mano y la fiebre desaparece. Y el detalle familiar, diríamos ‘casero’ del evangelista: ella se levantó y se puso a servirles. ¡Qué íntima sencillez refleja esta observación! La hacendosa mujer cumple los deberes de hospitalidad del modo más normal. Hace lo de siempre, servir a los huéspedes.

Pero la fama del rabí no pasa inadvertida. Saben ya de lo que es capaz. Y la población se agolpa a esa hora del caer de la tarde para escucharlo, y le llevan enfermos y endemoniados, que Jesús cura y expulsa, sin dejar a los malignos ‘confesar’ su ‘saber perverso’. Él no necesita de esa extraña fe de los demonios, que, como dirá Santiago en su carta, “creen pero tiemblan”. No está allí Jesús para ‘lucirse’ con ‘gestos mágicos’. Lo suyo es sanar en lo profundo, renovar por dentro al ser humano.

Porque la fuente de la sanación que trae está en su directa comunión con el Padre. Por ello, el evangelista nos llama la atención de algo que debió ser actitud y práctica diaria de Jesús: la oración. Silenciosa, en soledad. A horas de absoluto sosiego, cuando los demás duermen, Él sale a descampado y se sumerge en la honda y plena comunicación con Dios Padre, con su Abbá. En no pocas ocasiones nos transmiten los evangelistas este hábito nuclear de Jesús. ¡Ahí está la raíz y la fuerza de todo su vivir y actuar!. Es lo diario, y también lo extraordinario: las dos grandes vivencias de Jesús suceden en el curso de su oración. La una, gloriosa, teofánica, la transfiguración. Nos lo cuenta san Lucas. La otra, terrible, dramática, de angustia vital hasta la sangre, en Getsemaní, al afrontar el horror de la Pasión. Y el primer ‘chocazo’ con Satanás, las tentaciones que nos abrirán la Cuaresma, suceden al final de un largo periodo de retiro orante

Pero, en esta ocasión, lo vemos haciendo esa oración como lo más normal y natural del mundo. Así hasta que van a buscarlo con la urgencia del deseo de todos. Pero Jesús no se queda allí, sino que prosigue su andadura por aldeas y pueblos galileos cumpliendo su misión: “Para esto he venido”. Ofrecerá su mensaje salvador a todos, sin quedarse en el éxito ya conocido. Un día cualquiera por Galilea, predicando, curando, expulsando demonios, dando vida a su alrededor, esa vida que le rebosa de su profunda interioridad de Verbo encarnado.

Pero ya estamos a la puerta del inicio de aquella grave y difícil ascensión hacia Jerusalén, en la que se nos va a invitar a acompañar a Jesús en el peligroso trayecto que va desde el primer enfrentamiento con el enemigo en el desierto hasta la cima del Calvario. Mas el drama no concluye aquí. Tras de la cruz está siempre la resurrección. Vamos a emprender esta peregrinación junto a Jesús. Animosamente.

(Como sugerencia práctica, el peregrino se permite recomendar para el tiempo que comienza un librito excelente, que contiene preciosas meditaciones del entonces cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI: EL CAMINO PASCUAL. Editado por la BAC. No tiene desperdicio. Me lo agradecerán)

19 Febrero, 2012

UN DIA CUALQUIERA

En el seguimiento de Jesús a través de las lecturas del Tiempo ordinario, que va a ser interrumpido inmediatamente, para inicial el 'Camino pascual', el peregrino del silencio ha podido contemplar admirado el inicio de la actividad del Señor, de Jesús de Nazaret, a partir de su bautismo y, digamos, 'confirmación' por el Espíritu de su misión salvadora.

 

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