Monasterio | Monasterio Cisterciense Sta. Mª de Las Escalonias | Page 3

Para que veas claramente que la concepción de la Virgen, que es un misterio para la redención, es también para ti un ejemplo a imitar, de modo que perderás con toda certeza la gracia del misterio si no imitas la virtud del ejemplo. Pues la que concibió a Dios por la fe, si tienes fe, te promete lo mismo: esto es, que si recibes con fe al Verbo de la boca del mensajero celestial, también tú podrás concebir a Dios, a quien el orbe entero no puede contener. Pero concebirlo en el corazón, no en el cuerpo. E incluso también en el cuerpo, aunque no con un medio o forma corporal, pero realmente en tu cuerpo, ya que el Apóstol nos manda glorificar y llevar a Dios en nuestro cuerpo.

Ten, pues, cuidado de lo que oyes, como está escrito, ya que la fe viene por el oído, y el oído por la palabra de Dios, pues es indudable que el ángel de Dios te anuncia la buena noticia, cuando el predicador fiel te habla de su temor o amor, del que no puedes dudar que se trata y es el ángel del Señor de los ejércitos. ¡Qué dichosos los que pueden decir: Por tu temor Señor hemos concebido y dado a luz el espíritu de la salvación! Lo cual en realidad no es otra cosa que el espíritu del Salvador, la verdad de Jesucristo.

Fíjate en la inefable dignación de Dios y en la eficacia del incomprensible misterio. ¡El que te creó es creado en ti, y como si fuese poco que le tengas a él por Padre, quiere que seas su madre! El que cumpla la voluntad de mi Padre, dice, es para mí hermano, hermana, y madre. ¡Oh alma fiel, ensancha tu seno, dilata tu afecto; no estés angustiada dentro de ti misma; concibe aquel a quien ninguna criatura puede contener! Abre al Verbo de Dios el oído para escuchar. Éste es el camino del espíritu para concebir en el seno de tu corazón. De este modo se forman los huesos de Cristo, es decir, las virtudes, en el seno de la madre.

¡Gracias te sean dadas a ti, oh Espíritu, que soplas donde quieres! Por don tuyo veo, no una sino innumerables almas fieles grávidas de este noble germen. Defiende la obra de tus manos, no sea que alguna de ellas vaya a abortar y salga informe o muerto 1o concebido de la divina prole.

Igualmente vosotras, madres dichosas de tan gloriosa prole, tened cuidado de vosotras mismas hasta que se forme Cristo en vosotras. Tened cuidado, no sea que cualquier tropiezo violento de fuera hiera al delicado fruto. No metáis nada en el estómago, es decir en el alma, que ahogue al espíritu que habéis concebido. Tened cuidado, si no de vosotras, al menos del Hijo de Dios que está en vosotras. Tened cuidado, no sólo de las obras y palabras malas, sino también de los pensamientos dañinos y de los deleites mortíferos que ahogan totalmente la semilla divina. Así pues, tened sumo cuidado de vuestros corazones, ya que de ahí procede la vida; cuando llegue el momento de dar a luz, la vida de Cristo que ahora está oculta en vuestros corazones, se manifestará en vuestros cuerpos mortales”.

Habéis concebido el espíritu de salvación, pero aún estáis con el trabajo del alumbramiento, pues aún no habéis llegado a dar a luz. Si cuesta el alumbramiento, grande es, sin embargo, la alegría del parto. La mujer cuando da a luz sufre la pena del dolor pero cuando ha dado a luz al hijo, ya no se acuerda del sufrimiento por el gozo de haber nacido un hombre, Cristo, en el mundo exterior de nuestro cuerpo, que suele llamarse un mundo en pequeño. Porque Dios, que ha sido concebido ahora en nuestro espíritu, configurándolo con el espíritu de su caridad, entonces nacerá como un hombre en nuestro cuerpo, configurándolo con su cuerpo glorioso, en el que Dios vive y es glorificado por todos los siglos de los siglos”.

 

(Sermón 2 en la Anunciación, nn. 4-5)

Guerrico de Igny

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CONST. 3ª EL ESPÍRITU DE LA ORDEN (CONT).

DIMENSIÓN ECLESIAL DE NUESTRA VIDA Y VOCACIÓN

El monasterio es figura del misterio de la Iglesia. En él nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre; no se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio, y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual. Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios, y participar en el vivo deseo de la unión de todos los cristianos.

Con su vida monástica vivida con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano. Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en  la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.