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Meditar es una de las cosas más hermosas que el hombre es capaz de hacer. Practicar la oración contemplativa es la experiencia más sublime, una de las que más deleitan el espíritu humano. Los efectos humanos y espirituales que produce son estupendos. San Pablo, que fue uno de los mayores contemplativos del cristianismo, dice de esos efectos: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente humana lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9). Uno de los efectos más palpables de una oración contemplativa auténtica, fácilmente apreciada por el que la practica, es un vivo e irresistible deseo de estar siempre con el Señor. Ese deseo se agranda y se impregna de diferentes aspectos de vida práctica. El contemplativo ya no consigue disfrazarlo en su pensamiento, en su sentir, en su orar. El amor apasionado por el Señor que le anima se trasluce en su mirada, en su cara, en sus actitudes, en sus gestos y en su comportamiento en general.
En la apariencia de conjunto que refleja su personalidad se observa inmediatamente un profundo recogimiento.
Los directores espirituales, generalmente profundos conocedores de los caminos de Dios por propia experiencia, acostumbran a poner en guardia al novel contemplativo para que no llegue a ser presa de posibles falsificaciones por parte del común enemigo.
Apuntan como un error de apreciación estados de somnolencia, de fantasía y de sutiles razonamientos propios de personas curiosas o románticas. La oración es verdadera cuando nace de un corazón puro (no desordenadamente apegado a otras personas), sencillo, humilde y sincero. Ejercicios psicológicos propuestos para habituarse a actitudes favorables a la oración contemplativa deben ser superados. Si el aprendiz se acostumbra a tales prácticas y a no seguir el hilo de la experiencia interior, puramente humana, andará seguramente perdido, descaminado.
El hallazgo de la oración contemplativa no es resultado de hercúleos esfuerzos de una fe singular y casi ingenua por un corazón sencillo, generoso y amante que busca afanosamente… Busca trabajosamente a aquel que le llama para el encuentro interior más íntimo de su ser.
En ese trabajo de investigación no hay que forzar la mente ni la imaginación. Basta fijar tranquilamente la atención en aquel de quien se tiene una idea suficientemente clara a través del estudio constante de la Sagrada Escritura y procurar ver en ella las cosas más codiciadas por el entendimiento humano: el bien, la verdad, la belleza y la vida. De hecho, la esencia de todo lo que el corazón humano desea se resume en estas cuatro preciosas palabras. ¡Feliz el que halla ese tesoro!
Pero nadie lo encuentra por una mera casualidad, por un golpe de suerte. Podrán encontrarlo únicamente aquellos que descubran el terreno donde aquél se encuentra escondido.
Para alcanzarlo, es necesario cavar, cavar profundo, muy profundo… Con fe y perseverancia, cualquier persona de buena voluntad puede hallar ese tesoro. El esfuerzo vale la pena. El valor de esa riqueza supera al del oro, al de los diamantes, al de las piedras preciosas del mundo y al de todas las obras de arte creadas por el ingenio humano.
¡Si lo dudas, pregúntaselo, amable lector, a quienes encontraron ese tesoro inestimable de la oración contemplativa!
La labor de búsqueda que lleva al descubrimiento de la oración no se realiza a la clara luz de la inteligencia con que se elabora una investigación científica, sino que es una labor ejecutada en la oscuridad de la fe con el conocimiento de la propia ignorancia y la convicción humilde de no poder entender jamás los arcanos del misterio divino con nuestra limitada inteligencia humana.
Aquí la ciencia humana nada vislumbra. Es sencillamente ciega. Condición previa para buscar con posibilidad de éxito en este terreno que nos ocupa es la humilde convicción de que “si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen”… (Sal 126). El camino seguido para esta búsqueda se hace en una total oscuridad. La única fuente de luz es la fe. Si ésta fuere demasiado débil, o quizá no existiese, será totalmente inútil proseguir en el intento.
Pero es necesario recordar aquí que la fe no es un acto de bondad. La fe es una luz interior que nace únicamente en un corazón muy humilde y sencillo, desinteresado, limpio y confiado, como el alma de un niño inocente.
La fe nace por el contacto frecuente e íntimo con el Señor. Puede surgir también por la experiencia de la oración.
¿Y si fueras pecador? Y está claro que lo eres, ya que todos pecamos… Debes saber, sin embargo, que, por el arrepentimiento sincero, el alma negra del mayor pecador, bañada en la sangre redentora de Jesucristo, se vuelve blanca como la nieve. Por eso todos podemos convertirnos en criaturas inocentes delante del Señor.
Aquellos que tienen el valor de convertirse a Dios todos los días son firmes candidatos al premio, siempre que tengan fe y perseveren en la búsqueda del gran tesoro… El Señor os guiará y conducirá de la mano a través de la estrecha senda que conduce al escondrijo de ese tesoro.
Entre Dios y nosotros hay una densa oscuridad. En este terreno, con la inteligencia humana, no es posible ver nada a un palmo de nuestra nariz. Esta es otra realidad, en nada semejante a la del mundo en que vivimos: el mundo material.
Por muy aguda que sea nuestra vista fisiológica, ésta no alcanza más allá de la materia que nos rodea. Aquí no existen microscopios electrónicos ni poderosos telescopios como el de Palomar, ni radar u otros instrumentos que nos permitan vislumbrar la menor señal de esa otra realidad.
Sin embargo, existe, nos rodea y nos toca directamente como el aire que respiramos. Y, entre tanto, los sentidos externos nada perciben. Los maravillosos instrumentos fisiológicos -ojos, oídos, tacto, gusto y olfato- no nos pueden ayudar en la localización y en el conocimiento de Dios. Pero sabemos muy bien, sin embargo, que él está muy cerca. Que está dentro de nosotros. Mejor aún: nosotros estamos sumergidos en él. Él nos envuelve completamente, como la luz y las tinieblas, entre las cuales nos movemos de día y de noche. Todo esto lo sabemos; pero no sabemos cómo sabemos la existencia de esa realidad.
No obstante, el misterio de Dios no nos es totalmente ajeno. Todos sabemos que él oculta el mayor tesoro del mundo creado. Todos intuimos también que él está al alcance de nuestras manos. Todos lo deseamos. Sin embargo, la mayoría no hace nada en concreto para conquistarlo. En esto, todo se queda apenas en la forma de un vago sueño. En un deseo ineficaz.
Muchos, seducidos por las señales evidentes de poder localizar y de alargar la mano hacia esa maravilla que no puede compararse con nada de este mundo, se toman el trabajo de alcanzarla sin descanso. Tanto creen en la posibilidad de tener éxito en su búsqueda, que no dudan en abandonar por ella cualquier otra preocupación. Intuyen que con la conquista de ese bien supremo nada les faltará. Confían. Y tienen motivos para creer en la validez de su proyecto. Con mucha humildad y con un granito de fe auténtica allá se va, con la certeza de no volver con las manos vacías.
Para descubrir qué es la oración contemplativa es preciso penetrar en la densa oscuridad en que se oculta Dios y tener el necesario valor de permanecer en esa soledad hasta que se haga luz. Pero la luz no puede aparecer mientras nos hallemos sumergidos en la materialidad de este mundo, en que ordinariamente moramos y nos movemos. No es fácil desligarnos por completo de la materia de que estamos hechos y en la que nos movemos. No es fácil romper las cadenas que nos atan al mundo de las cosas y de los acontecimientos en que estamos inmersos desde que nacimos.
Todo ello constituye una barrera que se interpone entre nosotros, pobres criaturas, y Dios creador, que nos llama, nos atrae y nos seduce por la maravilla que él es. Lo que de él sabemos, por intuición natural, enriquecido por la estupenda revelación que él hace de sí mismo a través de la historia, no deja dudas. Vale la pena sacrificar cualquier cosa para entrar en contacto personal más íntimo con él. Este es un objetivo perfectamente viable, conforme a la experiencia que tenemos de innumerables cristianos de todos los tiempos.
La mayor dificultad en esa búsqueda estriba en saber penetrar a fondo, sin miedo, en esa oscuridad total y descubrir ahí una pequeñísima luz. En la medida en que nos aproximamos a ese casi imperceptible centelleo, aumenta progresivamente en intensidad. Poco a poco nos va revelando todo el contenido sorprendente del que es apenas un insignificante anuncio.
Para tener éxito en esta empresa de descubrimientos es necesario que nos desliguemos de todo lo demás. Este todo lo demás incluye también los acontecimientos que tienen lugar en nuestro interior: pensamiento activo, raciocinio, imaginación, fantasía, emociones, expectativas…
El problema reside en la dificultad de controlar la atención. La actitud interna de quien desea encontrar al Señor debe ser la de la atención dirigida directamente sobre él, sin desviaría hacia otros motivos. Causa de muchas distracciones de ese único motivo necesario son los recuerdos de experiencias anteriores. Los recuerdos son, en sí, prácticamente inevitables.
Existen fundamentalmente dos tipos de recuerdos: los que se refieren a cosas que nada tienen que ver con el Señor, y los que están directamente relacionados con él.
Los primeros nos afectan en el objetivo que buscamos. Los últimos pueden facilitar nuestro trabajo de búsqueda. Pero no siempre podemos elegir libremente nuestros recuerdos del pasado ni siempre resulta posible controlar adecuadamente nuestras preocupaciones. Por eso es prácticamente imposible mantener por largo tiempo la atención concentrada exclusivamente en el Señor.
Las distracciones son inevitables. Pero esto no es motivo para abandonar el esfuerzo por ver el rostro del Señor. Lo importante es que no nos detengamos voluntariamente en la consideración de cosas que nada tienen que ver con nuestro objetivo intencional: el Señor.
Cualquier actividad mental, por muy santa que sea, constituye un obstáculo para la oración contemplativa.
Pensar en Dios o en Nuestra Señora, meditar sobre los atributos de Dios, constituye una actividad mental incompatible con la oración contemplativa.
Contemplar es función pasiva, receptiva, en la que el sujeto permanece fijo, tranquilamente, en el conocimiento del objeto de su amor y reacciona interiormente con sentimientos de admiración, de alabanza, de exaltación… La reacción interna no es provocada por el sujeto. Éste permanece como activo observador, atento únicamente a las revelaciones que le hace el objeto observado.

 

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