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Oración nº 12: Estos son los que te aman. Cuando lo veo y no me encuentro entre ellos, la vida me da náuseas. Su sabiduría no es la del espíritu de este mundo ni de la prudencia del siglo presente, mas como no han conocido la ciencia humana han penetrado en el poder del Señor (sal 70,15-16) y como pobres de espíritu (Mt 5,3), se acuerdan tan sólo de tu justicia. Tú les has instruido para que en su vida y costumbres exalten tus maravillas (Sal 70,17).Estos son tus servidores simples con quienes te agrada conversar (Pr 3,32). Van a tu encuentro, y no tienen su esperanza puesta en los carros de sus ingenios ni en los caballos de sus fuerzas, sino sólo en el nombre del Señor (Sal 19,8). Por eso, tu sabiduría les dispone todo con suavidad (Sb 8,1), y por un corto atajo y con bagaje ligero alcanzan la meta propuesta, mientras que los carros y caballeros desfallecen. Ellos no forman ni se conforman a tu amor indagando sutilezas, sino que tu mismo amor, al encontrar en ellos una  materia simple, los forma y los conforma a sí mismos por el afecto y los efectos. Prescindiendo de lo que se oculta en el interior (Ct 4,1.3), es decir, de la gloria y riqueza que guardan en la casa de la buena conciencia, la luz interior reverbera en sus rostros exteriores, no por un intento artificial sino como por una complexión natural, de tal modo que de la sencillez encantadora de su rostro y de sus modales emana tan contagio de tu caridad que a veces incluso los mismos espíritus rudos e incultos, con sólo mirarlos, se sienten provocados a tu amor. Al recuperar la naturaleza su estado original se convierten en docentes de Dios (Jn 6,45) sin ayuda de doctor alguno (2 Cro 15,3), y sus espíritus, gracias a tu Espíritu Santo que les sostiene en su debilidad (Rm 8,26), pasan a las divinas afecciones; mientras que, transformados los sentidos por una cierta disciplina espiritual, sus mismos cuerpos reciben una especie de improntas espirituales, que reflejan rasgos más que humanos y una gracia especial.Su carne, destinada a la corrupción, por los esfuerzos de un buen ejercicio comienza ya a resucitar para la gloria (1Co 15, 42-43). De este modo su corazón y su carne exultarán en el Dios vivo (Sal 83,3), y cuando el alma está sedienta de ti, también la carne siente una gran sed (sal 62,2). En verdad, los mansos dichosos poseen la tierra de su cuerpo (Mt 5,4), una tierra fecundada por la ascesis de los ejercicios espirituales, y por las buenas costumbres; y la que estaba abandonada a sí misma y como en barbecho, fructifica espontáneamente con ayunos, vigilias y trabajos, y está dispuesta sin oposiciones ni pereza a cualquier obra buena.Viendo a estos hombres me siento afectado en el amor de tu amor, que tales cosas obra en ellos, y lo percibo en ellos por una cierta experiencia, bien conocida de los que aman. Les amo porque te aman. Y les amo mucho, como amo el amor por el que eres amado, y que amo en ellos. Los amo de modo que en ellos y en su afecto natural no amo otra cosa sino a ti; amo su misma afección porque está llena de ti. No amo mi afección en mí mismo, sino cuando me siento afectado por ella hacia ti; si los amo en ti y en mí, a quien por otra parte no quiero amar más que en ti, ¿qué amo sino a ti? Nada en absoluto. Pues si notara que amo a ellos o a mí mismo de modo distinto, en vez de amarme me odiaría a mí mismo.Te encuentro por tanto, Señor, en mi amor; mas ojalá te encontrara siempre. Si sólo hay amor cuando se ama, y yo siento en mí una voluntad vehemente de ti, es decir, un amor que me lanza a ti, ¿por qué no estoy siempre afectado por ti? ¿Acaso una cosa es el amor y otra el afecto del amor? Veo que si el amor es propio de la naturaleza, el amarte lo es de la gracia, y el afecto es la manifestación de la gracia que hace exclamar al apóstol: A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para la utilidad (1 Co 2,7). Mientras el cuerpo corruptible agrava el alma y la morada terrena deprime el sentido ocupado en muchas cosas (Sb 9,5), es preciso que el alma que ama sufra estos retrocesos y progresos. Y si esta afección no la consolara unas veces y la sostuviera otras, caería en un abatimiento tal que ningún progreso podría levantarla.Tu amor, Dios mío, siempre está en el alma de tu pobre; pero oculto como el rescoldo bajo las cenizas, hasta que el Espíritu, que sopla donde quiere (Jn 3,8), lo manifieste en la forma y medida que juzgue para común utilidad. Ven, ven, amor santo; ven, fuego sagrado.

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