¿Qué encontramos si salimos de nosotros mismos? pregunta el obispo Teófano el Recluso. Y él mismo da en seguida la respuesta: “Encontramos a Dios y al prójimo”. Esta es la verdadera razón por la cual la renuncia a sí mismo es una condición -y la principal- que debe cumplir el que busca la salvación en Cristo. Así es como el centro de gravedad de nuestro ser puede desplazarse de nosotros mismos a Cristo, que es a la vez Dios y nuestro prójimo.

Esto significa que toda la solicitud, todo el cuidado, todo el amor que nos prodigamos a nosotros mismos, es entonces por entero y como naturalmente, sin que caigamos en la cuenta, trasladado a Dios, y por eso a nuestro prójimo. Solamente entonces podrás hacer el bien de tal manera “que tu mano izquierda ignore lo que  hace la derecha”, y que “tu limosna se haga en secreto” (Mt 6, 3-4).

Mientras esto no  se realice, no podréis “estar llenos de la plenitud de la ciencia, capaces de ayudaros unos a otros” (Rom 15,14) de una manera real, no puramente material. Todas nuestras tentativas en este sentido fallan por su base, porque son “nuestras” y proceden de nuestro deseo de agradamos—a nosotros mismos. Es particularmente necesario comprender bien esto. Si no corremos el riesgo de extraviamos fácilmente, comprometiéndonos en la tarea de una falsa entrega a los demás, incluso en obras bien intencionadas, pero que nos llevan inevitablemente al lodazal de nuestra propia satisfacción.

Abstente de cargarte de obras de caridad, reuniones de tra ajo y otras actividades similares. El trajinar, bajo todas sus formas, es un veneno temible. Sondea tu corazón, examínate cuidadosamente, y reconocerás que muchas de esas actividades en las que parece que uno se da a los demás, proceden en realidad de la necesidad de aturdir nuestra conciencia. Su verdadera fuente quizá sea nuestra invencible tendencia a buscar lo que nos gusta y nos satisface (Rom 15, 1).

No. Al Dios de amor, de paz y de sacrificio total no se le puede encontrar  allá donde se busca la propia satisfacción, en el ruido y en el trajinar, aunque sea bajo nobles pretextos. He aquí un principio de discernimiento: si se turba la paz del alma, si te sientes desanimado, o irritado porque una razón cualquiera te ha obligado a renunciar a una buena obra que habías proyectado, es señal de que la fuente estaba turbia.

Tal vez te preguntes por qué los hombres experimentados en la vida espiritual te contestarán que los obstáculos y las contrariedades exteriores no pueden alcanzar más que a aquellos que no han entregado del todo su voluntad a Dios. No se puede pensar que Dios encuentre un obstáculo. Un acto verdaderamente desinteresado no es “mío”, es de Dios y no puede ser estorbado. Solamente mis propios planes, mis propios quereres -estudiar, trabajar, descansar, comer, hacer un servicio al prójimo- pueden ser contrarrestados por circunstancias exteriores. Y entonces me entristezco. Pero para aquel que ha descubierto la vía estrecha que conduce a la vida, es decir, a Dios, no queda más que un obstáculo posible: su propia voluntad pecadora. Si quiere hacer algo pero no puede llevarlo a cabo, ¿por qué habría de entristecerse? Por lo demás, no cuentan ya los proyectos (Cf. Sant 4, 13-16).

Este es otro de los secretos de los santos.

No te hagas ilusiones. Un cristiano debe “portarse como se portó Cristo” (1 Jn 2,6), que nunca buscó su voluntad (Jn 5, 30), sino que nació sobre paja, ayunó cuarenta días, pasó largas noches en oración, curó enfermedades, expulsó demonios, no tenía dónde reclinar su cabeza, y, finalmente, fue cubierto de salivazos, azotado y crucificado.

Piensa qué lejos estás de todo eso. Pregúntate si has pasado una sola noche velando en oración, si has ayunado un solo día, si te has dejado insultar y golpear sin resistirte, si has crucificado de verdad tu carne (Cf. Gál 5, 24). Ten siempre esto muy presente en el alma.

¿Por qué hay que negarse a sí mismo? Porque el que se niegue a sí mismo ya no se preguntará si es feliz o está contento. Estas preguntas no tendrán sentido después de que te hayas de verdad negado a ti mismo. Obrando así habrás abandonado también todo, deseo de buscar tu propia satisfacción sobre la tierra o en el cielo.

Esta obstinada voluntad de encontrar tu propia satisfacción es la causa de la turbación y de la división de tu alma. Déjala a un lado y lucha contra ella. Lo demás te será dado por añadidura.

T.COLLIANDER, “EL SENDERO DE LOS ASCETAS”, Ed. Monte Carmelo

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