El hombre humilde y pobre de espíritu no busca apoyos ni en sí  mismo ni en el mundo que le rodea. Tiene una percepción de la realidad diferente porque busca apoyo en otra cosa. La pobreza espiritual y la oración humilde hacen que el hombre se vuelva, ante Dios, como un mendigo que nada tiene fuera de Él.

         Este mendigo de Dios, al no hacerse problemas ilusorios, tampoco busca apoyos ilusorios. Lo único que le importa es el Reino de Dios.

         Para poder llegar a esta actitud debemos ser abrazados por el fuego del Amor Divino que, consumiendo nuestras ilusiones, no sólo nos protegerá de las heridas que estas ocasiones, sino que eliminará los obstáculos para que alcancemos la unión con Él; unión con Aquel cuyo amor es capaz de satisfacer todos los anhelos del corazón del hombre. Dios ama tanto este puñado de ceniza que es el hombre que, por medio de la unión transformante, nos quiere introducir en el inimaginable mundo de su felicidad divina. El mendigo acepta con gratitud la limosna que recibe, está libre de una actitud exigente.

       Un mendigo es mendigo sólo cuando mendiga. Cuando deja de mendigar, rápidamente puede comenzar a pensar que es ya otra persona.

      Si no te diriges interiormente a Dios pidiéndole humildemente su Misericordia, no reconoces en ese momento la verdad de que ante Él eres mendigo.

       El mendigo de Dios, al vivir en la verdad, sabe bien que no tiene nada por sí mismo. Pero al mismo tiempo, sabe también que es imposible vivir sin apoyarse en algo. Por eso toda su existencia es una súplica, una incesante y ardiente llamada a Dios como su único apoyo real. 

La creciente oscuridad

    La oscuridad del alma que se va manifestando es una compañera inseparable de nuestras experiencias en el camino a la santidad, cuando todas las ilusiones y falsedades se queman gradualmente en el fuego del amor de Dios.

    No hay que asustarse porque nuestra situación sea cada vez peor. En cierto sentido puede decirse que . Cu anto más desamparados estemos frente al mal que vemos en nosotros mismos y cuanto más nos volvamos a Dios por ello, tanto mejor para nosotros. En definitiva, lo esencial es que busquemos apoyo únicamente en Dios que, al cercarnos por medio de los acontecimientos y las circunstancias, quiere conquistarnos para sí, purificarnos con el fuego de su amor y obsequiarnos con la felicidad verdadera.

    Hemos de ir corriendo hacia Jesucristo, Médico divino, en quién está nuestra única esperanza con cada enfermedad del alma que descubrimos.

    Si reconociéramos, aunque fuera sólo en parte, lo que los santos saben de sí mismos, tendríamos una profunda conciencia de que somos únicamente miseria, un puñado de polvo amado por Dios, en el que el Creador del  Universo desea vivir.

     Cuando el Señor comienza a quemar gradualmente nuestras ilusiones todo deja de tener sentido para nosotros. Y la verdad es que el hombre es polvo y ceniza. SI nos apoyáramos en ella, le repetiríamos a Dios con confianza:Veo que soy únicamente polvo y ceniza y que me vida sólo tiene sentido cuando me abraza el fuego de tu amor. Me alegro de que hayas querido mostrarme esta verdad y te suplico: únete a mí para que tu acción me penetre hasta el fondo.

      Para que deseemos orar de esta forma, tienen que quemarse primero nuestros y todas las demás ilusiones a las que nos hemos ido apegando. Entonces comenzaremos a entender que la vida sólo tiene sentido unida a Jesucristo, pues todo lo demás se convertirá n polvo.

     * Si el Señor no asocia su gracia a nuestra acción, sólo podemos perjudicar a los demás. ¿Pueden acaso la ceniza y el polvo negros constituir, por sí mismos, un apoyo para alguien? Sólo pueden ensuciar a todos a su alrededor. Todo el que trata de ayudarnos, incluso aunque no se dé cuenta, sale ensuciado con el hollín de nuestra miseria. Ver esto es doloroso, sin embargo, podemos encontrar en esta conciencia de nuestro mal un profundo sentido. De hecho Él en nosotros y por nosotros  se encuentre con los demás. Sólo de esta forma podremos ayudarles de verdad.

Espejismos quemados en el fuego de Dios

     La unión con Dios se alcanza cuando nos presentamos ante Él , despojados de todos los apoyos, de todo lo que podría constituir para nosotros cualquier tipo de valor fuera de Él. El fuego del amor de Dios es en realidad nuestra única esperanza. Si las ilusiones que tenemos no se queman en esta vida, esto tendrá que suceder después de la muerte de una forma incomparablemente más dolorosa. De hecho, en el cielo ya no habrá apoyos ilusorios, únicamente nuestra participación en la vida interior de Dios.

     Nuestro Señor quiere unirse con nosotros y con cada hombre ya aquí en la tierra. Quiere penetrar tan profundamente el polvo humano que nos volvamos uno con Él: Fuego y ceniza. Gracias a esta unión, el fuego, inflamando la ceniza, le comunica su riqueza y su poder, y comparte con ella todo su amor. La llama, como dice san Juan de la Cruz,”…comenzándola a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego” 

 Extracto de: “ SÓLO DIOS BASTA”, Slawomir Biela. (Colección Betel. Ed. San Pablo)

 

 San Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 10, 1, Obras Completas, Editorial Espiritualidad, Madrid 1993

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