Ahora, la palabrería, ahora, domina de una manera unánime. Cuando las palabras no dejan espacio al silencio, ya no existe la armonía sino el desequilibrio en la vida de un individuo. Sin si­lencio aparece Babel: confusión e incomunicabilidad.

Una mañana, en Kenia, me acompañó un misionero hasta la entrada del parque de los Samburu. Frente a aquella inmensa ex­tensión semidesértica -sólo alguna que otra zarza rompía el pa­norama absolutamente llano- me sorprendí exclamando: «Aquí en verdad se descubre lo que es la paz … todo está como envuel­to en un silencio incontaminado … ».

No había terminado aún de formular aquel pensamiento idíli­co, cuando mis oídos se sintieron heridos por un sonido lejano y fastidioso. Y según se iba acercando resultaba casi insoportable. Inmediatamente pude enfocar la figura de un mayoral de came­llos que avanzaba embutido en un largo balandrán marrón, lle­vando a la espalda, como un trofeo irrenunciable, una radio por­tátil de grandes dimensiones. Aquel trasto infernal vomitaba a todo volumen, no tanto música, como un revoltijo de notas desa­finadas, ruidosas, acatarradas. Mi acompañante, advirtiendo mi doloroso estupor, me hizo observar el terreno circunstante sembrado de … pilas. Por aque­llos lugares hacen un consumo de ellas excesivo. Por eso, visi­blemente desilusionado, saqué esta conclusión: «Evidentemente nuestra civilización ha llegado hasta aquí con su vanguardia más representativa: el ruido».  

Estamos condenados a vivir en un mundo ruidoso. Es casi imposible encontrar oasis, o al menos grumos de silencio. Has­ta en medio de las montañas, en las selvas, en los desiertos; y hasta en ciertas abadías seculares (sé lo que digo).

Uno de los grandes delitos del tiempo en que vivimos es pre­cisamente éste: se ha hecho desaparecer el silencio, lo han expul­sado, lo han hecho callar, han estrangulado su voz.  

Y casi nadie cae en la cuenta de ello, ni nadie lanza la alarma. Es más, parece que el hombre de hoy vive mejor en medio del ruido, del bullicio, de la palabrería. El estrépito, el aturdimiento se han convertido en el ambiente en el que se encuentra a sus anchas. 

    El silencio da miedo, no deja dormir, da escalofríos. Obliga a echar cuentas inquietantes con uno mismo. Obliga a escuchar los actos de acusación de una conciencia frecuentemente distraída. 

El silencio es un fantasma que hay que exorcizar echándole encima cubos de sonidos desafinados, cascadas de discursos cam­panudos. Es un peligro que hay que vigilar lanzándolo contra una jauría poseída por el demonio.

 La ausencia de silencio es señal inequívoca del vacío que do­mina dentro.

 Contaba el padre David María Turoldo: «Cuando era peque­ño, existía la banda del pueblo, y había un tambor grande que ha­cía: ¡bum! ¡bum! ¡bum! y también uno muy pequeño que hacía: ¡bim! ¡bim! ¡bim! Y yo no lograba entender nunca por qué a los dos los llamaban ‘tambor’: uno hacía un ruido débil y el otro ha­cía un ruido fuerte. ¿Cuál era la diferencia? La diferencia estaba simplemente en que uno tenía un vacío más grande y el otro un vacío más pequeño … Cuando uno mete mucho ruido, quiere de­cir que lleva mucho vacío dentro».

  La teoría turoldiana de los tambores se podría aplicar también a las mortíferas motocicletas que desencadenan un infierno acús­tico en todas nuestras calles. Sólo que aquí el vacío no hay que cargárselo al medio mecánico sino a quien lo conduce …

 Ahora la charlatanería domina unánime. Michel Barlow cuen­ta en Diario de un profesor novato! que, cuando era un chiquillo, creía que cada habitante de la tierra sólo tenía a disposición una cantidad de palabras para su uso. Y que cuando había dilapidado todo su capital, caía muerto. Como si dijese, la muerte provocada no porque falte la respiración, sino porque se agota la reserva de palabras.

 Si esto fuera verdad, al menos para ciertas personas existiría la sospecha de la inmortalidad. Aquí, en la tierra, naturalmente.

 Se ha dicho, con razón, que al hombre del siglo XX, junta­mente con el silencio, le han robado también las palabras para hablar del silencio» (M. Baldini). Los desperfectos provocados por la contaminación acústica son más temibles porque pasan inadvertidos. Uno se habitúa a ellos, o se hace la ilusión de que se ha acostumbrado. Tengo ami­gos que viven en las cercanías de un aeropuerto internacional, y me aseguran que ya no hacen caso del aire rasgado por los reac­tores que se levantan en vuelo continuamente.

Intentemos relacionar algunos de los daños causados por la falta de silencio. Dejemos a los médicos, como es natural, la ta­rea de denunciar los provocados en el organismo de las personas.

 El hombre se halla afectado, ante todo, en su estructura pro­funda, pues se trata de una estructura «dialógica» cuyo compo­nente son las palabras, pero también el silencio. No puede existir palabra si no existe, al mismo tiempo, el silencio. También la música está hecha de sonidos y pausas. Un artista defiende además que el silencio que sigue a la ejecución de una partitura musical no lo ponemos nosotros: lo ha puesto el autor y forma parte integrante de la misma obra de arte. ¡El genio crea las notas y el silencio! Cuando las palabras no dejan espacio al silencio sino que lo superan, ya no hay armonía sino desequilibrio en la vida de un individuo.                                    

   La finalidad esencial del silencio es conferir espesor de signi­ficado a la palabra, asegurarle una resonancia, hacerla penetrar dentro.

 El hombre es, por definición, un ser dotado de lenguaje. A tra­vés del lenguaje, cada uno de nosotros entra en relación con sus semejantes, se comunica con ellos, se da a conocer. Pero la dimensión dialógica implica también la capacidad de escucha del otro, como «otro yo», distinto, que hay que descu­brir, comprender y amar. Sin escucha no puede existir diálogo, sino únicamente una se­rie de monólogos y, por consiguiente, no es posible establecer re­laciones interpersonales. Por tanto, la disponibilidad a la escucha está ligada estrechamente al silencio. En nuestros diálogos, todos se preocupan de hablar. Pocos sa­ben -o quieren- escuchar. Los más se conforman con oír, espe­ran, con frecuencia y con mal disimulada impaciencia, que el otro termine de hablar… Es importante lo que yo debo decir, las ideas del otro no cuentan. En las discusiones -y tenemos de ello ejemplos llamativos en la pequeña pantalla televisiva- todos invocan el derecho a decir la última palabra, o palabrota. Nunca nadie reivindica tener el úl­timo silencio. Todos empeñados en sobresalir, en aventajar, en sofocar al otro. Y pocos tienen capacidad de acoger de verdad al otro, de entrar en su mundo, de captar su mensaje «distinto».

  Hay mucho de verdad en esta observación paradójica: «Cuan­do se aprende una lengua extranjera, habría que aprender también el silencio de los que la hablan, su manera de callar. Solamente así se podría tener el verdadero dominio de su lengua» (Ursicin G. G. Derungs).

 Pero sigamos. Cuando se pierde el sentido del silencio, se pierde inevitablemente el sentido de la belleza, la capacidad de asombrarse, de abrirse a lo maravilloso. Lo bello, sin silencio es­tático, queda irremediablemente afeado, banalizado, me atrevería a decir insultado.

 Gandhi decía que «el hombre empobrece las cosas mucho más con las palabras que con el silencio». Podemos también decir cómo, sin silencio, llega a faltar el único dique capaz de oponerse al diluvio palabrero que amenaza sumergimos. «Nuestra civilización es una civilización de palabras, es una civilización alterada. Las palabras crean confusión. Las palabras no son la palabra» (Eugene Ionesco). Naturalmente las consecuencias resultan graves sobre todo en relación a la vida espiritual. Me parece particularmente ilumina­dora la comparación propuesta por Romano Guardini: «Quien no sabe callar hace de su vida lo que haría uno que pretendiese sólo espirar y no inspirar».

 Si nosotros emitimos solamente sonidos, si continuamos gar­garizando fórmulas, no preocupándonos de asegurar a nuestros pulmones la respiración profunda del silencio, estamos condena­dos a la muerte por asfixia.

 La vida interior resulta imposible si llega a faltar el silencio. El silencio, en efecto, forma parte de esa dimensión de las pro­fundidades que debe caracterizar cualquier experiencia espiritual seria.

 Y luego nos lamentamos de que hay excesivo ruido por to­das partes. y luego protestamos de que «no se entiende nada». y luego suspiramos: «¡Ah! si pudiese conocer la voluntad de Dios en esta circunstancia difícil». y luego nos quejamos: «Si por lo menos el Señor se manifes­tase con una señal minúscula, si me susurrase algo al oído». y añadimos palabras a las palabras, empalmamos discursos con discursos, llenamos el vacío con incordios, no nos decidimos a abandonar el terreno de lo inútil, captamos sólo lo superficial de las cosas, exploramos únicamente la costra de lo real, no tene­mos el coraje de la soledad, no osamos tomar distancia respecto a la «panda de los que están de juerga» (Jer 15, 17).

La voce della luna de Fellini tiene un mensaje final muy sig­nificativo puesto en labios de uno de los dos protagonistas (R. Benigni), un poco «lunático», que rezonga: «y sin embargo yo sigo creyendo que si hubiese silencio, si todos hiciéramos un poco de silencio, seríamos capaces de entendemos en algunas cosas … » .

En busca de las virtudes perdidas  Alessandro Pronzato  

7 septiembre, 2009

Han hecho callar al silencio

Ahora, la palabrería, ahora, domina de una manera unánime. Cuando las palabras no dejan espacio al silencio, ya no existe la armonía sino el desequilibrio en […]
30 agosto, 2009

La oración contemplativa

Thomas Merton Capítulo XV del libro LA ORACIÓN CONTEMPLATIVAEditorial PPC. Madrid 1996. Págs. 117-125  La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el […]
30 agosto, 2009

Sta. GERTRUDIS la MAGNA. Relatos de su conversión

Relato 1º de SU CONVERSIÓN       ¡Bondad maravillosa, que en el exceso de tu misericordia has bajado hasta el valle profundo de mi miseria! (Sal 41,8). Cuando […]
28 agosto, 2009

El poder de la oración. El PEREGRINO RUSO

«SOBRE EL PODER DE LA ORACION » La oración es tan fuerte, tan poderosa, que se ha podido decir: “Reza, y haz lo que quieras.” La oración […]