Nuestro recibir al Señor

¿Quién de vosotros, si Nuestro Señor estuviera en la tierra y quisiera llegarse hasta El no se alegraría de un modo admirable e inefable? ¿Qué diremos, por tanto, hermanos, si ahora, porque no está corporalmente en la tierra, porque no podemos recibirlo corporalmente, por esto dejáramos de esperar Su venida? Preparemos debidamente nuestras casas  y, sin duda, vendrá hacia ese trabajo nuestro mejor que si hubiera venido corporalmente.

Recibir al Señor en el corazón 

Preparar el castillo interior: la zanja y la humildad

Por consiguiente, hermanos, preparemos la casa espiritual para que venga a nosotros Nuestro Señor. Lo digo sin rodeos: si la Virgen María no hubiera preparado en sí este castillo no habría entrado el Señor Jesús en su seno ni en su corazón.

Preparemos pues este castillo. En él se hacen tres cosas para que sea fuerte, esto es: zanja, muro y torre. Primero, la zanja; después, el muro sobre la zanja y, por último, la torre que es más fuerte y excelente que todo lo demás. El muro y la zanja se protegen mutuamente porque, si no precede la zanja, pueden los hombres, por algún medio ingenioso, acercarse al muro para socavarlo. Y si el muro no estuviera  sobre la zanja, podrían acercarse igualmente a ésta y llenarla. La torre guarda todas las cosas porque es más alta que todas ellas.

Entremos, ahora, en nuestra alma y veamos cómo debe realizarse espiritualmente todo esto en nosotros.

¿Qué es la zanja sino la tierra profunda? Entonces cavemos en nuestro corazón en donde haya tierra vil. Saquemos la tierra que está adentro y arrojémosla afuera. Así, efectivamente, se hace la zanja.

La tierra que debemos sacar y arrojar afuera es nuestra terrena fragilidad. Que ésta no permanezca oculta en lo interior sino que esté siempre presente ante nuestros ojos para que exista la zanja en nuestro corazón, es decir la tierra profunda de la humildad.

Luego, hermanos, esta zanja es la humildad. Recordad qué dijo aquel viñador en el Evangelio respecto a aquel árbol que el Señor de la viña quiso cortar porque no encontró fruto en él: Señor, déjala también este año hasta que cave alrededor y la abone. Quiso hacer allí una zanja, esto es, enseñarle la humildad. Así, pues, hermanos, comencemos a edificar esta casa porque, si tal zanja, no estuviera primeramente en nuestro corazón, es decir, la verdadera humildad, podríamos edificar sólo ruina sobre la propia cabeza.

La zanja en la Virgen

¡Oh, qué perfectamente había hecho para sí esta zanja, la bienaventurada María!. De hecho, consideró más su propia fragilidad que toda su dignidad y santidad. Sabía en efecto, que lo que tenía de frágil procedía de sí misma; aquello por lo que era santa, por lo que era Madre de Dios, Señora de los Ángeles y Templo del Espíritu Santo, no lo era sino por Gracia de Dios. Por lo mismo, cuanto era por sí lo confesaba humildemente diciendo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y, de nuevo, afirmaba: Miró la humildad de su esclava.

El muro y la castidad 

Después de la zanja debemos edificar el muro. Este muro espiritual es la castidad, muro, sobre todo, fuerte, que guarda la carne íntegra e incontaminada.

Este es el muro que guarda la zanja, de la que hemos hablado, para que no pueda ser ocupada por los enemigos. Pues si alguien pierde la castidad, al instante el corazón se llena de inmundicias de tal forma que, la humildad, esto es, la zanja espiritual, perece totalmente en su corazón.

Pero, de igual forma, como la zanja es custodiada por el muro, así es igualmente necesario que el muro sea protegido por la zanja. Quien pierde la humildad no podrá, ciertamente, conservar la castidad de la carne. De aquí viene que la virginidad, conservada, a veces, desde la misma infancia hasta la vejez, pueda perderse al final porque, cuando el alma es manchada por la soberbia, del mismo modo la carne se mancha con la lujuria.

El muro en la Virgen 

Este muro tuvo en sí Santa María más perfectamente que cualquier otra persona. Ella es, efectivamente, la Virgen santa e intacta cuya virginidad, como firmísimo muro nunca pudo ser penetrado por ningún semejante, ni por ningún medio, es decir, por las tentaciones del diablo.

Era virgen antes del parto, virgen en el parto, virgen después del parto.

La torre: la caridad 

Pero si ya habéis imitado a María y tenéis esta zanja de la humildad y el muro de la castidad, es necesario, ahora, que edifiquemos la torre de la caridad.

Gran torre es la caridad, hermanos míos.

Como la torre suele ser lo más alto de toda la edificación de un castillo, así la caridad está por sobre todas las otras virtudes que existen en el edificio espiritual del alma. Por eso dice el Apóstol: Aún os voy a mostrar un camino más excelente. Decía tal cosa de la caridad puesto que ella es el camino más excelente que conduce ala vida.

Quien tenga esta torre no temerá a sus enemigos porque la perfecta caridad echa fuera todo temor. Sin tal torre se encuentra endeble este espiritual castillo del que hablamos.

Quien, por consiguiente, tiene el firme muro de la castidad y, a pesar de todo, desprecia o juzga a su hermano no manifestándole la caridad tal como debe, porque no tiene torre, su enemigo atraviesa el muro y mata su alma. Igualmente, si aparece humilde en su exterior, en su comida, en sus inclinaciones y, con todo, interiormente tiene el espíritu amargado para con los prelados o sus hermanos, aquella zanja de la humildad no lo puede defender de sus enemigos.

La torre en la Virgen

¿Quién puede explicar cuán perfectamente tenía esta torre la dulcísima María? Si Pedro amó a su Señor ¡cuánto la feliz María amó al Señor e Hijo suyo! Cuanto ama Ella a sus prójimos, esto es, a los hombres lo demuestran los innumerables milagros y muchas visiones por las que el mismo Señor se ha dignado manifestar que Ella ruega especialmente a su Hijo por todo el género humano.

Hermanos, inútil es que quiera demostrar perfectamente su caridad porque es tan grande que resulta imposible a cualquier inteligencia pensar en ella.

 La Virgen: el castillo 

Este es, ciertamente, el castillo en el que se ha, dignado entrar Jesús.

Sin duda, son más felices los que Lo reciben espiritualmente en tal castillo que muchos que Lo recibieron entonces corporalmente en sus casas.

Pero ¿por qué el Evangelista calla el nombre de la aldea y no dice sino tan sólo: ¿Entró Jesús en una aldea?. La palabra una significa singularidad. Por lo mismo esto corresponde propiamente a la beatísima Señora nuestra. Ella constituye un singular castillo porque en ningún hombre hay tal humildad, en ninguno tal perfecta castidad, en ninguno tan excelente caridad. Sin duda, es aquel singular castillo que el Padre estableció, que el Espíritu Santo santificó, en el que el Hijo entró y al que toda la Santísima Trinidad eligió como singular hospedaje.

Este es el castillo en el que entró Jesús. Entró con la puerta cerrada y salió con la puerta cerrada, como profetizó el santo Ezequiel: Me sacó, dice, ala puerta que miraba al Oriente y estaba cerrada A. La puerta oriental es la Santísima María pues la puerta que suele estar hacia el Oriente recibe, primera, la claridad del sol. Así, la beatísima María, que siempre miraba hacia el Oriente, es decir, hacia la claridad de Dios, recibió la primera, en sí el rayo, aún más, toda la plenitud de aquella claridad del verdadero Sol, es decir, al Hijo de Dios, del cual dice Zacarías el profeta: Nos visitó el sol que nace de lo alto.Esta puerta estaba cerrada y bien fortificada. El enemigo no encontró ningún acceso ni ninguna abertura. Estaba cerrada y sellada con el sello de la castidad que no fue roto por la entrada del Señor sino aún más solidificado y afirmado. Porque Aquel, de Quien pro cede el don de la virginidad, por su presencia no quitó la virginidad sino que la confirmó más. Luego, en este castillo, entró Jesús.

Y nosotros, hermanos, si tuviéramos en nosotros este espiritual castillo del que hemos hablado, sin duda que en nosotros entraría espiritualmente Jesús. Mas a la bienaventurada María entró no sólo espiritualmente sino, también, corporalmente, porque en Ella y de Ella tomó el cuerpo.

Texto extraído del SERMÓN 17, EN LA ASUNCIÓN DE MARÍA. Del libro “caminar con Cristo”.

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