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Apotegmas de un monje a sí mismo
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LA JORNADA MONÁSTICA SEGÚN NUESTROS PADRES

Introducción
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¿Qué hacen los monjes durante la jornada? ¿Esperan todo el día como los obreros de la parábola, sin haber hecho nada? Que esperan, es verdaderamente cierto, y diremos también que no están inactivos: Los han contratado, han ido a la viña del Padre de Familias, llamados por el Señor Jesús, como lo fueron al principio los Apóstoles. Han recibido la invitación igual que ellos, a la orilla del lago, en la oficina de impuestos… El Señor los ha llamado y han acudido presto. El Señor los ha encontrado y les ha dado trabajo, no tienen tiempo que perder. Se levantan temprano, no para deambular a lo largo del día sin haber hecho nada. Tienen de qué ocuparse. Ocuparse de ellos mismos y de Dios, como dice san Bernardo. Rezan, es su función, como es su tarea y su responsabilidad en la Iglesia.
Viven juntos, en familia, codo con codo, pero viven bajo la mirada de Dios, en una cierta soledad, más bien interior y hablan con Dios: “Dame Señor, decía Guillermo de Saint-Thierry, un corazón solitario y un diálogo contigo – cor solitarium, colloquium tuum frequens -” ‘.
Sí, están ocupados, rezan, trabajan: Rezan trabajando y trabajan rezando. Hombres de oración y trabajo, según el antiguo programa de los Padres del Desierto: “Ora et labora”. Reza y trabaja…
Cierto, los monjes vivimos la jornada monástica, conscientes de haber sido llamados a una tarea, pero a una tarea sagrada como nos recuerda san Pablo:”Dios nos ha elegido en Cristo desde antes de la Creación del mundo, para que seamos santos e irreprochables delante de Él; según el beneplácito de su voluntad, nos ha predestinado amorosamente para ser hijos adoptivos por Jesucristo, en alabanza de la magnificencia de su gracia, por la cual nos ha hecho agradables a los ojos de su querido Hijo” 2.
Los monjes imitamos a Jesús, María y José en su vida oculta de trabajo y oración en su hogar de Nazaret. Como ellos, como auténticos anawin del Padre, hemos de intentar que las veinticuatro horas del día transcurran en la presencia de Dios, dándole gracias por su regalo. Su presencia nos purifica, nos interpela. La presencia de Dios es como un espejo: el monje se “ve” en esa presencia de Dios tal cual es y acoge la gracia que le da el Padre que es la conversión continua.
Desde esa realidad de pobreza completa, toda nuestra actividad humana se ha transformado misteriosamente, Jesús nos ha hecho comprender y nos dice: “¿Veis esas viñas? Pues bien, la verdadera vid soy Yo, vosotros sois los sarmientos; el que mora en Mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada” 3.
No nos asuste la tarea de cada jornada. Vivámosla con fe, con amor; en la presencia de Dios. Nuestro Padre san Benito nos dice: Ausculta, o fili, precepta Magistri et inclina aurem cordis tui 4. Sí, inclinemos el oído del corazón, caminemos alegres a la luz del día, del nuevo día; vayamos a la viña cantando jubilosos.
El monasterio es el jardín del Padre, es el nuevo Paraíso, el Padre está con nosotros, viene a nosotros y se hace el encontradizo a cada instante y como Abraham nos dice: “Sal de tu tierra, vete a la tierra que yo te indicaré (…) Anda en Mi presencia y sé perfecto” 5.
¡Pues no hay tiempo que perder! El monje no puede perder el tiempo. “Se trata de algo curioso – dijo un día a sus monjes Isaac de Stella -, es una labor viril la que vamos a emprender. ¡No nos dejemos acompañar ni distraer por nada pueril, ni nos volvamos a las cosas pueriles!” 6. Y Bernardo que se escandalizaba de los monjes que querían charlar “para pasar el tiempo”: “¡Oh, para pasar el tiempo, para que pase la hora! Esta hora que te ha sido concedida por el Creador para obtener el perdón de tus faltas, para adquirir la gracia y merecer la gloria… ¿Es así como se ve al labrador, en la época de la siembra o de la vendimia, cuando el tiempo de la poda ha llegado, buscarse otras ocupaciones y sin escrúpulo pasar la jornada alegremente sin hacer nada?” 7 .
No, el monje desde la mañana a la noche, desde la noche hasta la mañana, debe “ocuparse de Dios”, encontrar toda la dicha en Dios: “Vacare Deo, frui Deo”, así dice Guillermo de Saint-Thierry …

1. Med. 4, n- 9, p. 118, PC.
2. Ef 1, 4-6.
3. Jn 15, 1-7.
4. RB Pról. v,1.
5. Cf Gn 12,1ss y 17,1.
6. SCant, 130,110.
7. Var, 17,3, p. 155, T. VI, O.C. BAC, Madrid.

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