DIMENSIÓN ECLESIAL DE NUESTRA VIDA Y VOCACIÓN

El monasterio es figura del misterio de la Iglesia. En él nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre; no se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio, y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual. Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios, y participar en el vivo deseo de la unión de todos los cristianos.

Con su vida monástica vivida con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano. Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en  la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.

Nos encontramos con el 4º apartado de la constitución 3ª que es de extraordinario valor en su contenido teológico, y de cara a nuestra vivencia vocacional.   Nos sitúa ante el sentido más profundo de la realidad de fe sobre la comunidad monástica y la vida y la vocación cisterciense en nuestra Orden.

El monasterio es una figura del misterio de la Iglesia.

Aquí se nos sitúa en la realidad honda y fundamental de lo que es el monasterio. Ya nuestros Padres lo tuvieron claro cuando hablaban del monasterio como Iglesia. Así es y así estamos llamados a vivirlo si queremos estar centrados y coherentes con nuestra identidad. El monasterio es iglesia y figura de la Iglesia. Es iglesia, asamblea reunida por Jesús vivo y resucitado para hacerse presente por la fuerza de su Espíritu Santo, y al mismo tiempo es figura de la Iglesia, como nos dice la constitución, figura de la Iglesia universal, y en cuanto al sentido de esta afirmación, que nos hace tomar conciencia de la dimensión eclesial de nuestra vida y vocación y nos estimula a vivirla con hondura y gozosa gratitud, la misma constitución nos lo va a ir desgranando.

En él (en el monasterio) nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre

Esta es la razón primera de ser de la Iglesia, la razón primera de ser del monasterio y del monje. Lo es de todo cristiano, de todo miembro de la Iglesia, pero en nosotros esto está llamado a hacerse más visible hacia fuera, y también más intensamente vivido por parte de nosotros, los llamados a esta vocación singular dentro de la vida cristiana. San Benito nos dirá queno se anteponga absolutamente nada al amor de Cristo. Y el amor a Cristo es para el monje y para todo cristiano, la forma más plena y acabada de glorificar al Padre. Por esto no hay contradicción entre estos dos no anteponer nada.  No anteponer nada a la alabanza de la gloria del Padre es algo que se refiere tanto a las actividades materiales, como a las aspiraciones y motivaciones personales de la comunidad y de cada monje.

En el primer sentido, es obvio que la glorificación del Padre queda en evidencia antes que en ningún otro aspecto concreto de la vida y actividad del monasterio, en la actividad cultual de la comunidad, en la oración litúrgica de la comunidad monástica. Nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre. Esta afirmación referida a nuestra oración litúrgica comunitaria, puede sernos un despertador  muy útil y práctico, de cara a nuestra vida cotidiana concreta que es siempre el objetivo último de estas reflexiones: en nuestra oración litúrgica, en nuestra celebración comunitaria del Opus Dei y de la Eucaristía, nada debemos anteponer a la alabanza de la gloria del Padre, o lo que es lo mismo: nuestro motivo fundamental es  cuando celebramos el Oficio o la Misa, es ofrecer al Padre nuestra alabanza para glorificarlo.  A veces nos puede ocurrir esto: el peso de los días y la tentación de la rutina nos pueden llevar a despreocuparnos un poco si estamos nosotros sólos, y a poner más empeño si consideramos que tenemos espectadores. Es bueno que al reflexionar sobre esta constitución avivemos la conciencia de que nosotros oramos y celebramos para Dios, no para el “público”. El sentido de nuestra oración es alabar la gloria del Padre, no catequizar a nadie. Esto no quiere decir que no nos alegremos de que si alguien participa en nuestra oración, nuestra liturgia sea para ellos ayuda en su vida de oración y de fe; pero teniendo siempre claro, si queremos vivir conforme a nuestra vocación, que nuestra oración, y nuestra liturgia están ante todo y básicamente en función de Dios, como alabanza al Padre como glorificación de la Iglesia de la que somos miembros  y a la que estamos llamados a hacer presente en nuestra liturgia.

No se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio.

Este segundo inciso de la constitución es inseparable del primero, por ser conditio sine qua non, para la posibilidad real de la primera afirmación. No cabe alabanza de Padre en la vida de quien siendo cristiano y habiendo sido llamado a la vida monástica cisterciense, no vive de acuerdo con el mensaje del Evangelio. Por eso, porque no se antepone nada a la alabanza de la gloria del Padre, necesariamente, no se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del evangelio.

No se ahorra esfuerzo alguno: la constitución, como texto dirigido a ordenar la vida concreta y real, habla sin rodeos: hay que hacer todos los esfuerzosa nuestro alcance para lograr este objetivo de vivir según el Evangelio. En nuestra condición actual, no nos sale espontáneo el vivir de acuerdo con el evangelio, tenemos que esforzarnos lo que nuestra pobreza, ayudada por la gracia de Dios, nos permita. Y uno de los medios de gracia más importantes y accesibles para el monje es la vida monástica en sí, la estructura y ritmo de vida de la comunidad.

Y notemos también que se dice que se acomode a la ley evangélica: la vida comunitaria.  Una nueva aparición del carácter  cenobítico de nuestra vida y vocación. No se trata de alabar al Padre por libre, no basta con intentar ser cada uno lo mejor que pueda. Estamos llamados a vivir comunitariamente, con conciencia de asamblea eclesial, de conjunto de creyentes reunidos por el Señor para caminar juntos y unidos hacia Él. La fuerza de nuestra fecundidad, la fuerza de nuestra identidad vendrá muy determinada por la fuerza con que vivamos esta dimensión fundamental de nuestra vocación monástica particular como monjes del Cister.

Necesitamos, como comunidad, una referencia común , como grupo humano, tenemos necesidad de un orden y una organización. Pues bien, en nuestra vida monástica, esta referencia común ha de ser el Evangelio, pormenorizado  en lo concreto como fuente del orden y la organización que hacen viable y positiva nuestra vida comunitaria, desde el criterio fundamental del Evangelio: este es el camino seguro de que, en comunidad y como comunidad, podamos anteponer a todo y dar sentido a nuestra vida y construir y ser Iglesia, desde la dedicación primordial a la alabanza de la gloria del Padre. Desde aquí se hará posible esa misión de la comunidad hacia sus miembros de asegurar que no carezcan de ningún don espiritual.

Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios.-

El amor implica comunión, concordia de corazones, que no significa siempre coincidencia de opiniones ni afinidad de caracteres, ni armonía de entendimiento muto. Amor es comunión, es unión común en el deseo y la búsqueda de Dios por el camino de la entrega mutua y confiada, del deseo y el trabajo por el bien común.  Como parte de la Iglesia, la comunidad monástica busca y trabaja por vivir en comunión con todo el Pueblo de Dios, pero esto sería algo estéril, y los posibles frutos algo meramente exterior, aparente y sin contenido, si dentro de la comunidad y entre sus miembros, no existiera una auténtica comunión fraterna.  Para el monje, la expresión concreta de la Iglesia más cercana y de mas vital importancia es la propia comunidad monástica de que uno forma parte. Ahí está nuestro campo fundamental de crecimiento en comunión, de construcción de comunidad.

… y participar el vivo deseo de la unión de todos los cristianos.-

Esto es fruto y consecuencia de la comunión fraterna comunitaria; en otro caso, habría que mirar primero a lo de más envergadura, aunque, sin olvidar este deseo de la unidad, que Jesús mismo manifestó, y presentó en oración al Padre, en la noche antes de su pasión. Como se nos ha recordado recientemente, en la semana de oración por la unidad de los cristianos, la unidad  es ante todo cuestión de oración y de amor mutuo. Y en este sentido, los monjes, además de participar en ese vivo deseo, tenemos una tarea a realizar como miembros orantes de la Iglesia, aparte de nuestra hospitalidad y acercamiento a los hermanos de otras iglesias como expresión de caridad.

Con su vida monástica vivida con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al Pueblo de Dios y a todo el género humano.-

Dentro de esta presentación de la dimensión eclesial de nuestra vocación y vida monástica, no puede faltar la adecuada y clarificadora referencia a nuestra aportación específica a la misión de la Iglesia.  Por si alguien no lo tuviera claro en  nuestros tiempos de tantas opiniones a veces vertidas con una rotundidad que no está en consonancia con la fragilidad o total ausencia de fundamento lógico y teológico,  se nos vuelve a confirmar una vez más en cual es nuestro modo de servir a la Iglesia y de contribuir en la extensión del Reino de Dios: una participación por doble cauce: la fidelidad de vida y la fecundidad secreta propia de los contemplativos en la Iglesia.

La fidelidad de vida: esto no es algo particular de los monjes, es algo común para todo cristiano; ninguna aportación mejor al bien de la Iglesia, a la extensión del reino de Dios que la propia santidad de vida. Pero para los religiosos, sin distinción de contemplativos o de vida apostólica, el mismo código de derecho canónico lo recuerda expresamente, al hablar del  apostolado de los institutos: Canon.673El apostolado de todos los religiosos consiste primeramente en el testimonio de su vida consagrada, que han de fomentar con la oración y con la penitencia.   Sin santidad de vida, toda predicación, por brillante que sea, sufre el grave peligro de quedar en pura retórica estéril, en ruido de palabras vacías, que no sólo no convencen ni atraen hacia el Señor, sino que incluso, en un mundo como el nuestro, contribuyen a reforzar el desgaste y la indiferencia hacia lo religioso.

La vida monástica vivida con fidelidad: una tentación posible en el llamado a la vida monástica, en horas de acedia o de turbación, es la duda acerca del sentido de nuestra forma de vida: no será egoísta? No sería exigencia de nuestra vocación cristiana algún tipo de acercamiento a los demás, de apostolado?  La Iglesia nos lo disipa sin ningún tipo de titubeos. La fe es una realidad sobrenatural, como lo es el Reino de Dios. Para la construcción de este Reino es fundamental la aportación de la oración y la penitencia de que nos habla el magisterio, aunque hoy no nos suene muy moderno esto, y esta aportación fundamental, se espera muy especialmente de nosotros, a los que se nos definía algún año en la jornada pro orantibus, como raíces de la Iglesia. Y esto, nos lleva  a la segunda forma de contribuir nosotros a la misión de la Iglesia: la secreta  fecundidadpropia de la vida contemplativa.

Una fecundidad que se define como misteriosa (Canon 674 C.I.C  Los institutos de vida exclusivamente contemplativa tienen siempre una parte relevante en el Cuerpo místico de Cristo, pues ofrecen a Dios un sacrificio eximio de alabanza, enriquecen al pueblo de Dios con frutos abundantísimos de santidad, lo mueven con su ejemplo y lo acrecientan con su oculta fecundidad apostólica. Por lo que aun cuando sea urgente la necesidad de un apostolado de acción, los miembros de estos institutos no pueden ser llamados para que presten colaboración en los distintos ministerios pastorales.)porque habitualmente no tendremos ocasión de conocer el fruto de nuestra entrega. Es un hecho que nos pide, como todo en la vocación monástica un fuerte ejercicio de fe. Saber que en nuestra vida escondida y aparentemente al margen de los demás, estamos siendo “raíces” canales de savia, fuente de gracia para nuestros hermanos y hermanas, no sabemos donde ni de qué modo.

Y,  finalmente:Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en  la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.  Dentro de la dimensión eclesial, como la expresión mejor, y la mejor ayuda para hacerla realidad según el deseo del Señor, se coloca aquí la referencia al carácter mariano de nuestra Orden, y a nuestra vinculación personal de cada uno con la Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia, en nuestra vivencia vocacional.  Para vivir nuestra consagración a Dios, nos consagramos a María como modelo y camino que nos conduce y nos une íntimamente a su Hijo. Así seremos alabanza del Padre, y fermento de santidad en la Iglesia y para todo el género humano, como se nos ha dicho antes.

Que ella sea de verdad para cada uno de nosotros, la referencia, el modelo en la adhesión de corazón a Jesús, su Hijo, de colaboración y entrega a su obra salvadora a favor de los Hombres, desde la entrega confiada al plan salvador del Padre, en la unión de corazón con el Hijo, y acogidos con total docilidad a la acción del Espíritu Santo en nosotros y en la comunidad que Él nos llama a construir en el Cuerpo de la Iglesia.

13 noviembre, 2015

CONST. 3ª EL ESPÍRITU DE LA ORDEN (CONT).

DIMENSIÓN ECLESIAL DE NUESTRA VIDA Y VOCACIÓN

El monasterio es figura del misterio de la Iglesia. En él nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre; no se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio, y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual. Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios, y participar en el vivo deseo de la unión de todos los cristianos.

Con su vida monástica vivida con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano. Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en  la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.

11 noviembre, 2015

Pensamiento de San Bernardo

Para San Bernardo la contemplación comienza por la escucha de la Palabra de Dios: “Los oídos de los que comienzan a escuchar la voz de Dios […]