RETIRO DE CUARESMA: “Alejamiento y retorno a Dios”
12 febrero, 2013
HACIA UNA FORMACIÓN SOBRE LA ORACIÓN MONÁSTICA.
27 julio, 2013

RENUNCIAR

La vida cristiana se sitúa constantemente en un difícil equilibrio, el del Misterio Pascual con sus dos polos de muerte y de resurrección. La Pascua de Cristo y la del cristiano no es primero la muerte y después la resurrección, sino que es a la vez y en un mismo movimiento, Muerte y Resurrección, de suerte que es posible encarar una teología de la gloria de la Cruz, términos en sí contradictorios.

Por lo tanto el cristiano está permanentemente en busca del equilibrio entre el Tiempo de Cuaresma y de Pasión y el de la Cincuentena Pascual. Ésta no es la recompensa de un período de esfuerzo para adelantar en la conversión, sino el Tiempo sacramental en el que el cristiano experimenta en el tiempo el polo positivo del Misterio Pascual. Y sin embargo esta experiencia no puede hacerle olvidar la otra dimensión del Misterio. Por eso el tiempo de Pascua es, no menos que el tiempo de Cuaresma, un tiempo de conversión, y a su vez la Cuaresma es no menos que la santa Cincuentena, un tiempo de renacimiento en el Espíritu (RB 49).

Situada en este difícil equilibrio, la vida cristiana no está regida únicamente por las leyes del mundo visible: ella es en el tiempo y en el espacio una vida sacramental, signo de una realidad fuera del tiempo y del espacio, y para mantener su equilibrio propio debe ser una vida de Paso, de la muerte a la vida, de la noche al día, del duelo a la alegría, de la tristeza al júbilo. Este es precisamente el sentido de la Noche Santa en la que se celebra la Madre de las Vigilias, se bautiza a los catecúmenos y cada cristiano renueva sus promesas bautismales.

La vida cristiana es, pues, una prolongada Vigilia Pascual vivida en el equilibrio del Paso, a la espera del día en que Cristo el Señor dará cumplimiento a todas las cosas.

La vida monástica, como toda vida cristiana, se alimenta de ese Misterio central, pero acentúa algunos puntos, puestos de relieve por la tradición, y de los que conviene tomar conciencia, porque son muy aptos para ayudar a todos (monjes o laicos) a renovar cada día las opciones fundamentales del seguimiento del Cristo pascual.

Estas pocas páginas se proponen presentar una primera etapa del camino del Misterio. Se trata de la dimensión del renunciamiento, tan a menudo puesta de relieve como respuesta inicial al llamado que Dios hace por medio de Cristo.

Renunciamiento es una palabra que suena mal a los oídos modernos 3 . Algunas frases hechas propias del vocabulario monástico, como renunciar al mundo, a la voluntad propia, a las riquezas, a los placeres, ya no caben fácilmente en las mentalidades modernas (¡aun de algunos monjes!). Y sin embargo ellas tienen un fundamento muy antiguo que arranca de la Escritura y que permite al hombre entrar en el difícil equilibrio de una vida cristiana pascual.

I. La Escritura

Mientras que en el Antiguo Testamento, la idea de renunciamiento tiene por objeto el mal y los ídolos, el Nuevo la describe mediante tres verbos: apárneisthai, apotássesthai y apotíthesthai 4 .

1. Decir adiós

Este es el sentido del verbo apotássesthai, empleado cuatro veces en el NT, siempre en relación con los bienes materiales o con las personas a quienes se ama:

De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo(Lc14, 33). Esta consigna, querida a san Lucas, está situada dentro de una exhortación exigente: como el que construye una torre debe preguntarse si tendrá lo suficiente para acabar la obra, o un rey, antes de entrar en guerra, si cuenta con un ejército capaz de asegurar la victoria, también el discípulo debe saber qué precio tendrá que pagar por seguir a su maestro y llegar con él hasta el fin, o sea decir adiós a todos sus bienes. San Lucas vuelve a menudo sobre este elemento esencial de la vida del discípulo (cf. 5, 11; 6, 20; 12,13-34; 16, 1-13; 18, 24-30).

Otro dijo a Jesús: “Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme (decir adiós) de los míos”. Jesús le respondió: “Quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios(Lc 9, 61 s). Aquí la exigencia es aún más radical. Despedirse de los de su familia es un movimiento de retorno que presenta el riesgo de hacer dudar del camino que se quiere emprender en pos del maestro; renunciar a sus bienes y a aquellos a quienes se ama es un punto de partida para avanzar sin mirar hacia atrás.

Pablo permaneció todavía cierto tiempo en Corinto. Después ‘dijo adiós’ a los hermanos y se embarcó hacia Siria, en compañía de Priscila y de Aquila (Hch 18, 18): toda la vida de San Pablo está signada por el renunciamiento. Esto se verifica especialmente en su vida de apóstol que no se ata a ninguna comunidad en particular sino que la deja en cuanto la considera capaz de responsabilizarse de sí misma. La renuncia a los bienes y a las personas no interviene solamente al comienzo de una vocación de discípulo, sino que es un imperativo constante que hay que verificar sin cesar. Otro pasaje de los Hechos confirma esta enseñanza: Cuando llegué a Tróade para anunciar la Buena Noticia de Jesús, aunque el Señor abrió una puerta para mi predicación, estaba muy preocupado porque no encontré a mi hermano Tito; por eso les dije adiós ypartí para Macedonia (2 Co 2, 12-13). En el mismo sentido recordemos el conmovedor adiós de Pablo a los presbíteros de Éfeso en Mileto (Hech 20, 36-38).

El verbo apotássesthai da el sustantivo apotagé que la tradición monástica emplea para caracterizar la vocación de los que llama «renunciantes».

2. Arrojar lejos

El verbo apárneisthai significa literalmente «negar (decir no), renegar, rehusar, rechazar, arrojar fuera o lejos». En el corazón de los evangelios sinópticos se lo emplea para describir las disposiciones fundamentales del discípulo:

El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida …?(Mt 16, 24-28; Mc 8, 34-39; Lc 9, 23-27).

Este pasaje se ilumina a la luz de su contexto. Jesús acaba de anunciar a los discípulos su muerte y su resurrección; a continuación se transfigurará. En el centro del Evangelio Jesús presenta su misión pascual y describe la vocación del discípulo como un seguimiento por dicho camino. El discípulo debe aceptar morir con Cristo para resucitar con él. Los discípulos aprenderán progresivamente lo que significa «sufrir y morir por el nombre de Jesús» y comprenderán verdaderamente el sentido de la misión que se les confía cuando hagan la experiencia, no de Cristo transfigurado sino de Cristo resucitado, vencedor de toda muerte.

Para seguir a Cristo por ese camino, no basta renunciar a los bienes y a las personas amadas: es necesario renunciar a sí mismo, arrojarse lejos, rechazar la ilusión que habitualmente se tiene de sí, y de este modo encontrarse de nuevo en Cristo.

Este movimiento de renuncia a sí mismo se concreta en las expresiones «tomar su cruz» y «perder su vida». Se trata efectivamente de seguir a Cristo por el camino de la Cruz. La expresión «tomar su cruz» o «llevar su cruz» se refiere literalmente a los condenados que, cargando su cruz, se dirigían al lugar del suplicio. En sentido más amplio se refiere a una disposición interior por la que se acepta perderse a sí mismo para dar testimonio del Evangelio. San Lucas agrega «cada día»: para él se trata no sólo de una aptitud general, sino de una aptitud cotidiana, habitual y continua por la que se acepta ese despojamiento que significa siempre una muerte. Tal expresión permite medir hasta dónde llega la renuncia pedida.

En cuanto a «perder su vida» se trataba tal vez de un proverbio en uso en la literatura rabínica. Se puede entender la expresión de diversas maneras: la vida puede referirse a la que se lleva en el mundo presente en oposición a la vida eterna, o bien la vida del alma o de la persona. Se trata no simplemente de un despojamiento exterior sino de un desprendimiento interior, que luego la tradición espiritual va a especificar.

Otros pasajes de los evangelios iluminan esta dimensión de la renuncia; ya los conocemos, pero es bueno recordarlos y meditarlos:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10, 37-39).

Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hjios, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 26-27).

En consecuencia, el discípulo que es llamado a esa renuncia, también es llamado a no negar a Cristo; el término «negar» traduce aquí el verbo apárneisthai: Al que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que me haya negado delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios (Lc 12, 8-9).

Pedro negó tres veces a su Maestro, pero el arrepentimiento y la triple confesión de fe lo condujeron nuevamente a la intimidad con su Señor, hasta compartir su pasión en la renuncia del martirio.

San Juan expresa la idea de renuncia en otros términos y otras imágenes: Jesús pide al discípulo que no se apegue a su vida en este mundo, que la pierda para guardarla en la eterna: Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que no se apega a ella en este mundo la guarda para la vida eterna. Si alguien quiere servirme, que me siga, y donde yo estoy, estará también mi servidor (Jn 12, 24-26).

Nos encontramos en el corazón del misterio pascual: Jesús fue el primero en vivir la renuncia radical, y sabe lo que ello puede significarle al hombre, pero, habiendo hecho la experiencia, puede invitar a todos los hombres a hacerla: donde está el señor estará también su servidor.

3. Despojarse

Sobre el tema de la renuncia, San Pablo propone una enseñanza paralela a la de los evangelios, pero con un acento diferente. Nunca emplea los términos apotássesthai y apárnersthai, emplea más bien el verbo apotíthesthai, despojarse. De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad. Por eso están despojados de la mentira (Ef 4, 22-25). También: Ahora es necesario que acaben con (se despojen de) la ira, el rencor, la maldad, las injurias y las conversaciones groseras. Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador. Por eso ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todo (Col 3, 8-11).

Este despojamiento invita a dirigir la mirada hacia la meta: el hombre nuevo creado según Dios, y hacia quien todo ha de orientarse. Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente el combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios (Heb 12, 1-2).

Esta enseñanza completa la de los evangelios en cuanto acentúa el polo glorioso del misterio pascual y permite situar la renuncia no como un fin en sí misma, lo que podría ser perfectamente mórbido, sino como un camino de vida siguiendo los pasos de Cristo resucitado.

Despojarse del hombre viejo es rechazar las obras propias de las tinieblas para empuñar las armas de la luz; no ceder a las preocupaciones de la carne satisfaciendo su avidez, sino revestirse del Señor Jesús (cf. Rm 13, 12-14).

En esta perspectiva, podemos recordar el himno citado por san Pablo en su carta a los Filipenses: Jesús, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se despojó de su rango, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2, 6-7). Antes de pedir el despojamiento del discípulo, Jesús lo vivió en toda su persona.

Este despojamiento radical es una participación en la vida bienaventurada del Cristo pascual, fuera de toda pasión terrena: Allí ya no hay pagano o judío, circunciso o incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos (Col 3, 11).

Es, en cierto modo, la cima del itinerario cristiano, la cual permite a la criatura entrar en comunión íntima con su Creador. Por ella, el hombre recibe en participación, ya desde esta vida, la caridad que no busca su propio interés (1 Co 13, 5), en la comunión y la contemplación del Hijo.

II. La Tradición

No podemos recorrer aquí todas las etapas de la enseñanza espiritual tradicional sobre la renuncia. Recordemos simplemente que desde Orígenes, la negación de sí mismo es considerada como la «carta magna de la vida cristiana».

Clemente de Alejandría expresaba ya en los Stromata todo el contenido de esta enseñanza: «El primer grado de perfección de los gnósticos, es el desprendimiento de todos los bienes terrenos» (Strom. II, 20).

El segundo grado «es la apatheia que suprime las pasiones, aún las legítimas y loables» (Strom.VI,4)

El tercer grado «es una muerte perpetua, el martirio gnóstico. Entonces, el gnóstico, desprendido de todo interés propio hace todo por amor: es la caridad perfecta que devuelve a Dios su atleta, exento de temor y de terror, y a quien ella ha ungido y ejercitado» (Strom. VII, 11).

Estos tres grados corresponden perfectamente a la enseñanza evangélica. Evagrio Póntico va a desarrollar ese esquema en el Tratado práctico, las Kephaláia gnostica y el Tratado de la oración; este conjunto será luego transmitido al occidente por san Casiano.

Hay, pues, tres renuncias:

a) Renunciar a los bienes y a las personas: Es una renuncia exterior que exige cierta ruptura con la vida pasada en lo que se refiere a los bienes materiales, la continencia y la vida del «mundo». Para llevar a cabo esta renuncia, Evagrio, continuando la enseñanza monástica de los Padres del desierto, propone la anacoresis, la huida al desierto, que permite escapar a la ilusión y a la agitación del «mundo».

Sin embargo, Casiano en su Conferencia 3, 8, especifica que la primera renuncia no es en primer lugar el alejamiento físico del mundo -pues la sustancia de este mundo no es ni buena ni mala, sino indiferente- sino más bien la relación con ese mundo, es decir la libertad de corazón respecto a sus componentes. Esto nos conduce a la segunda renuncia.

b) Renunciar a las pasiones: Es una renuncia más interior que la primera. Según la antropología de Evagrio, toca al hombre en su parte concupiscible y en su parte irascible, lugares ambos donde residen las pasiones. Para vivir esta segunda renuncia, es necesario, por lo tanto, purificar las pasiones y finalmente alcanzar la apatheia, la ausencia de toda pasión. Para llegar a esto, los Padres invitan al trabajo de la Praktiké, o ascesis de la vida «práctica». Este trabajo consiste esencialmente en la lucha contra los «pensamientos» que son causa de las pasiones. Estos pensamientos, madres de las pasiones, son ocho: la gula, la lujuria, la avaricia, la tristeza, la ira, la acedia, la vanagloria y el orgullo. Las pasiones no pueden ser vencidas si uno no se aplica a arrancar, en cuanto aparecen, esos pensamientos que turban el alma. «Que todos esos pensamientos turben o no el alma (turbar en el sentido de existir en el alma), eso no depende de nosotros; pero que se demoren en ella o no, que desencadenen las pasiones o no, eso sí depende de nosotros» 5 . Si hay una dimensión de nosotros mismos a la cual estamos apegados, es precisamente ésta: nuestros pensamientos y nuestras pasiones se nos antojan como formando parte de nuestro ser, como perteneciéndonos. Es esta una renuncia particularmente crucificante. Es un morir con Cristo 6 que tendrá su realización acabada sólo en la tercera renuncia. En efecto, todo este conjunto de la vida «práctica» está orientado hacia la tercera renuncia, que toca la parte más elevada del hombre, la parte racional o intelecto, según la antropología de Evagrio.

La vida práctica, cuyo fruto es la apatheia, la impasibilidad, permite una justa relación con los demás y con Dios en la libre circulación de la caridad, pero más allá existe una relación aún más alta, libre de toda ilusión: la contemplación.

c) Renunciar a todo lo que no es Dios: Una vez liberado de los pensamientos apasionados y de las pasiones, el hombre debe renunciar a los «pensamientos simples». Hay que renunciar a apoyar la relación con Dios en la contemplación sobre objetos, sobre naturalezas visibles. Hay que renunciar a la vez a la contemplación de Dios en las criaturas, a toda elaboración conceptual y a toda elaboración imaginaria, que son en sí cosas buenas pero parciales y que deben ceder el lugar a la contemplación sin objeto, que permite entrar en comunión con la vida trinitaria. « Primeramente vemos los objetos, y cuando hayamos sido más purificados, llegaremos a conocer también a la Trinidad Santa» 7 .

Casiano describe esta renuncia como un éxodo, un olvido, una emigración, un rapto 8 . La mención de la «muerte con Cristo» es aquí capital. Casiano llegará a poner la tercera renuncia en paralelo con el martirio (Conf. 3, 7). Es el seguimiento de Cristo hasta el fin, pues se trata de descubrir y sobre todo de recibir en lo más íntimo del acto de renuncia la presencia operante de Cristo que muere y resucita, es decir que contempla al Padre o ama con amor total: «Se llega a ese olvido cuando, muertos con Cristo… el alma se une al Verbo de Dios» o también «La perfección del ermitaño consiste en tener el espíritu liberado de todo lo terreno y así unirse con Cristo en cuanto la humana flaqueza es capaz de ello» (Conf. 19, 8). Al término de esta emigración, el cristiano descubre que en verdad el camino recorrido es obra del Señor en él (Conf. 24, 23).

Finalmente la renuncia, lejos de ser ante todo un desprendimiento, es sobre todo un don: el monje no deja nada de lo esencial, al contrario, encuentra y recibe lo esencial que le permite estar unido en profundidad a las cosas y a los seres: en palabras de Evagrio, «Monje es aquel que separado de todo está unido a todo».

Este estado puede y debe tornarse continuo, pero esto no se les concede a los principiantes, sino que es fruto de un largo camino espiritual de seguimiento de Cristo. No es una actividad mental continua (lo que podría ser perjudicial y que, por otra parte, no es posible a la naturaleza humana), sino un estado que abarca el conjunto de la persona y la unifica: el trabajo de purificación, la meditación constante y la perseverancia en la vida interior habrán limado y pulido tanto el alma que la persona moral se establece en una percepción casi natural de las realidades espirituales.

La tradición espiritual posterior no omitirá transmitir, adaptándolas a las circunstancias y a las mentalidades, estos elementos que son esenciales para vivir como discípulos de Cristo que ansían llegar a la unión con el Señor. Por su parte, san Benito sitúa su Regla esencialmente en la perspectiva de la segunda renuncia, en la búsqueda de la apatheia y de la caridad mediante las virtudes de la obediencia y la humildad. Pero la Regla no omite mencionar las más altas cimas que se abren hacia la comunión trinitaria.

III. Hoy

No podemos recoger en unas pocas páginas una enseñanza espiritual que ha sido copiosamente desarrollada por la tradición. Sin embargo, a partir de los elementos reunidos aquí, se pueden extraer algunas enseñanzas para una vida de discípulo de Cristo en el mundo contemporáneo.

– Los bienes terrenos y los vínculos afectivos mueven fuertemente a la sociedad y a los hombres de los países ricos. Para tener éxito en la vida, hay que poseer más de lo necesario; en cierto modo hay que ser dueño también de los demás, ejercer algún dominio sobre ellos, o sea la ley del más fuerte. Paralelamente, este estado provoca de hecho frustraciones y repliegues sobre sí mismo. Al vivir así, el hombre se encierra en un universo muelle e individualista en busca de satisfacciones inmediatas que colmen el vacío y protejan del miedo.

Frente a esto, el Evangelio propone un mensaje radicalmente diverso; para Cristo, ningún repliegue sobre sí mismo es capaz de procurar la felicidad. Solamente Dios, el bien supremo, puede colmar plenamente una vida. Por eso es necesario no poner su confianza en los consuelos materiales que alimentan ilusiones de felicidad. Si el espíritu se libera de todo apego a los bienes de este mundo, el discípulo queda libre para seguir a su Maestro, que no tiene siquiera donde posar la cabeza. No se trata de procurarse expresamente una situación de miseria, sino de buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia y dejar que Dios provea el resto. Ningún discípulo de Cristo ha sido abandonado por su Maestro. Como un padre lo hace con sus hijos, Dios cuida de sus hijos según sus necesidades, aunque no siempre de la manera que nosotros habríamos pensado. Para ser colmado por Dios, lo único que se le pide al discípulo es que renuncie a su apego a los bienes materiales y a las personas. En este sentido, los monjes eligen vivir esta consigna por una ruptura radical, pero hay otros modos de vivir esta renuncia y cada cual debe interrogarse en todas las etapas de su vida para verificar si llega verdaderamente hasta ese despojamiento fundamental en el camino del Evangelio.

Tal es el sentido del mandamiento del Señor que exige al discípulo que «diga adiós» a todas las riquezas a fin de vivir solamente de las de su Maestro. Este precepto de pobreza y de dependencia es uno de los elementos fundamentales de la vida religiosa. Vivir un voto de pobreza en la vida religiosa, no es tanto vivir en completa indigencia cuanto aceptar la dependencia de otro y la renuncia al gozo personal de sus bienes, en el marco de una comunidad de vida bajo la responsabilidad de un superior, lo que posibilita a cada miembro actualizar la primera renuncia siguiendo al Cristo de la Pascua.

En un plano más profundo, el discípulo debe comprometerse a una vida espiritual que, paradójicamente, los antiguos llamaban «vida práctica». Consiste en trabajar asiduamente en la purificación de los pensamientos y de las pasiones que habitan en el corazón y en el cuerpo del hombre. Ante una lista de las tendencias que hay que purificar, frecuentemente es inevitable una sonrisa, y sin embargo, en esas listas redactadas por los Padres hay una visión tan justa que no negarían hoy muchos psicoanalistas: la relación con la comida, con la vida sexual, con el atractivo del dinero, la relación con los sentimientos de frustración que provocan la tristeza, de auto-afirmación que provocan la cólera y de descorazonamiento que provocan la depresión de la acedia, para terminar en la autosuficiencia y el orgullo que es el arma más segura con que el hombre cuenta para usurpar el lugar de Dios.

A veces uno deplora el desinterés de los ciudadanos por la política, o la dificultad para gobernar las sociedades, pero ¿no habría que lamentarse ante todo por el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos y de los demás y por rendirse ante nuestros verdaderos enemigos que son las pasiones que habitan en nosotros? Si nos trabajáramos en ese aspecto, nos sería más fácil vivir en sociedad y construir un mundo más justo y una paz más duradera.

Es precisamente ahí donde se sitúa el principal combate del discípulo de Cristo. Toda comunidad cristiana debería insistir en ese camino que desapasiona el corazón del hombre para que a través de él puedan llegar hasta el mundo los sentimientos de Cristo. Es el camino de la caridad que no busca su propio interés sino el del prójimo, para construir así el único Cuerpo del Resucitado.

Este segundo grado de renuncia toca muy de cerca a los que han profesado la vida monástica. Por su profesión dan testimonio de que es posible renunciar a sí mismos y alcanzar la mansedumbre, obediencia y humildad, las únicas que permiten al hombre seguir a Cristo en su camino pascual.

– Por fin y más allá, la meta. Toda la vida del hombre llega a su cumplimiento en su propia divinización. Esla unión con Dios, la participación en la naturaleza divina, que, para algunos, se deja entrever ya en esta tierra. Nuestro mundo materializado, en busca de sentido y significado, tiene más que nunca necesidad de la dimensión de la oración contemplativa por la cual el hombre alcanza las más altas cimas de su destino. Más allá de la renuncia exterior, más allá del desprendimiento de la ilusión sobre sí mismo, está el despojamiento del hombre individual por medio del desasimiento total de sí. El hombre deviene el Hombre que es Cristo y en él contempla a Dios más allá de toda representación, de toda sensación y de todo concepto.

Si hay un combate urgente y decisivo, tal vez sea este. Frecuentemente se repite la frase de André Malraux: «El siglo XX será religioso o no existirá», ¿pero de qué religión se habla? Los discípulos de Cristo tienen algo que decir en este sentido. Su mensaje es un mensaje de esperanza: que por el camino de la cruz y sobrepasándolo, todo hombre que renuncie a todo, podrá poseer todo en la comunión de Aquel que es todo.

Jean-Pierre LONGEAT, OSB

Abbaye Saint-Martin

F-86240 Ligugé

Francia

 

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