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RETIRO DE CUARESMA: “Alejamiento y retorno a Dios”

ELREDO DE RIEVAL

            La historia de la humanidad es la del hijo pródigo, el cual, alejado en la miseria de la región lejana, un día se convierte, decide volver a la casa paterna, desandando el camino por el que se había alejado: pone en orden, reordena todo en sí mismo por la caridad a lo largo del camino de vuelta.

            Antes del pecado, el ser humano, cima de la creación, estaba totalmente orientado en todas sus facultades hacia Dios:

“El hombre, por la memoria, recordaba a Dios sin fatiga, por el entendimiento lo conocía sin error; por el amor le disfrutaba sin ansias extrañas” (ser Ined, p. 209ss.) … La paz reinaba en su naturaleza… la paz en su razón… La paz en su voluntad” (Anunciación del Señor, p. 196ss.).

            Todo su ser estaba, pues, vuelto hacia Dios. Pero con su libre albedrío podía alejarse de Dios (Esp 1,4 p.65). Y buscando la felicidad equivocadamente optó, de hecho, por el camino de la decadencia y de la desgracia.

            El alejamiento empezó por el corazón, por el amor, por una cuestión de affectus: esa “inclinación del alma hacia un objeto concebido como bien”, de que ya hemos hablado (Esp 111,2).

“¿Cómo, me dices, te has alejado de mí? Pienso, Señor, que no ha sido por el movimiento de los pies, sino por la inclinación del alma” (Esp 1,7 p.72).

            Al amor, a la voluntad, le siguieron inexorablemente las otras dos facultades y toda el alma volvió su rostro de dios. Ofuscado por el amor desordenado de sí, el hombre prefirió el bien creado al Bien Infinito. Fue una elección libre, un consensus el que modificó la orientación del hombre: la cupiditasengendró la misería, y el ser humano se perdió en la Región de la desemejanza. La región lejana es la desemejanza mientras que la Región cercana es la semejanza (Ser Oner VII). Al amar mal, el ser humano perdió a Dios y se perdió a sí mismo (Esp I,7,n.23 p.72).

            La imagen no se destruyó, pero se desfiguró. Por eso puede volver a recuperar la figura: “El hijo que fue creado tal a imagen y semejanza del Padre puede alejarse de Él, porque tiene poder para dejar de parecérsele y poder para parecérsele volviendo a Él”. (Ser Oner VII). La semejanza va, pues, asociada a la noción de pecado: es la región del pecado, de la perversión del amor, a causa del orgullo (Esp 1,4); y semejanza es, pues, la región de la virtud. La semejanza es un don de Dios, y se identifica en último término con el amor. La desemejanza es el resultado del vicio del hombre (Ser Oner VII) que infecta nuestra naturaleza (cf. Esp 1,7 p.72) y nos hace semejantes a las bestias (Esp 1,26 p.99; 1,2 n.7 p.64). La imagen queda “deformada”: conserva sus facultades, pero pervertidas, arruinadas:

“Conserva, pues, la memoria, pero inclinada al olvido, la inteligencia, pero sujeta al error; el amor también, pero inclinado al apetito sensual” (Esp 1,4 p.66).

            El alma quiso su felicidad, pero sin Dios. Y ¿qué resultó de ello? Que ahora tiene que gemir bajo un triple yugo: el del pecado, el de la costumbre y el de la desgracia (Ser Oner XIX). La humanidad se ha prostituido, ha venido a ser como un herido moribundo, se ha hecho rebelde como los ángeles.

Conversión del hijo pródigo

            El miserable, en su dolor, cae en la cuenta de su destierro, de su destino y siente su degeneración, y ve su deformidad; es la experiencia de su verdadero destino: la miseria y el dolor le hacen desear la restauración, don de Dios. Entonces decide volver (Esp 1,8,23 p.72).

            El alma aprende así a reconocerse; algo grita en su interior. Dividido en lo más íntimo de su alma, el pecador está en contra del sentido de su ser, y en vano busca la paz (la ley del orden quebrantada engendra dolor y miseria):

“El desgraciado se engaña, tomando por felicidad lo que no lo es … se entrega él mismo a la miseria sin perder el deseo de la felicidad, y como si estuviese metido en un círculo fatal, se fatiga en balde, jamás encuentra descanso” (Esp 1,22 p.95).

            Tratando de saciar su sed en lo que no la da, de vicio en vicio se va hundiendo cada vez más (Esp 1,8,25 p.73).

Retorno a Dios por el amor

            Si la imagen se perdió por la desviación del corazón, por una conversión del corazón es por donde se restaurará. En efecto, de las tres facultades que constituyen la imagen, la verdadera causante de la ruina del alma fue la voluntad, que en su corrupción arrastró a las otras dos. Por eso, para retornar a la semejanza basta ordenar el amor para que las otras dos facultades se orienten de nuevo también a Dios.

            Si el hombre se alejó orgullosamente del bien supremo y deterioró en él la imagen de Dios, no caminando, sino por un movimiento del corazón (affectus), me parece evidente que también por un movimiento del corazón volverá el hombre humildemente a Dios que lo creó y encontrará nuevamente su imagen. “Renovaos en el espíritu de vuestra mente, revestíos del hombre nuevo, creado según Dios” (Ef 4,24). ¿De qué modo se hará esta renovación, sino por el mandamiento nuevo? El alma que se haya revestido perfectamente de la caridad verá también restaurarse en ella las dos facultades que hemos dicho estar corrompidas: la memoria y la inteligencia. Así, pues, resulta muy saludable encontrar en un solo precepto compendiados a la vez el despojamiento del hombre viejo, la renovación del espíritu y la restauración de la imagen divina” (Esp 1,7 p.72)

            Adviértase ya desde aquí el aspecto social, no individual solamente, de la restauración de la imagen, ya que el mandamiento nuevo del amor engloba esencialmente a Dios y a los hermanos.

“¿Cómo, me dices, te has alejado de mí? Pienso, Señor, que no ha sido por el movimiento de los pies, sino por la inclinación del alma” (Esp 1,7).

            El problema del amor, pues, está presentado como el problema central en correlación con la restauración de la imagen; es el eje principal de su doctrina, Este don inclina al alma-imagen hacia el sentido de su verdadero destino. Su característica principal, según Elredo, es ser

“cierta fuerza o naturaleza del alma racional en virtud de la cual ¡tiene naturalmente la facultad innata de amar un objeto o de no amarle” (Esp 111,7).

Amor y caridad

            Así, pues, para comprender esta doctrina hay que responder a la pregunta, ¿qué es el amor en el hombre? Pues el descubrimiento en el alma-imagen de esta “fuerza natural” (Esp 1,22), a la vez don de Dios y tendencia hacia él, es el que da comienzo a la espiritualidad y la educación que tienden a guiar el alma hasta la unitas spíritus de la amistad divina:

“Creo que hay que demostrar a fondo lo que es la caridad. Y ante todo está claro que la caridad es amor… Por eso es necesario un estudio más sutil para demostrar en primer lugar lo que es el amor” (Esp 111,7).

            Muchos años después reconoció que había empleado toda su sagacidad en este análisis del amor: “En nuestro Speculum hemos descrito con toda claridad y cuidado posibles los diversos pasos de este affectus del alma” (Amist L.I n.19).

            Esta fuerza en realidad se identifica con la voluntad, y por eso Elredo dirá indiferentemente que el libre albedrío lo constituyen la inteligencia y el amor (Esp 111,8) o que sus elementos son la razón y la voluntad (Anima L.II, p.228). El amor, efectivamente, es voluntad radical que hace tender a cada ser hacia el bien que le es propio, impulsándole a realizarse progresivamente persiguiendo su fin adecuado. Por esta tendencia profunda todas las criaturas llevan en sí un reflejo del Dios que es amor; pero mientras que los seres desprovistos de razón no pueden poseer más que un vestigíum amoris, sólo el alma humana se ve gratificada con la verítas amorís, porque el espíritu es capaz de un amor inteligente,análogo al divino (Epistola ad Gilbertum PL 195 col 361-362). El amor es esencial a la imagen, y se le da al hombre en la creación misma: la naturaleza del hombre es amor. Mejor aún, el amor, ojo del alma (Esp I,1) es el que revela al alma su verdadera orientación y le da el impulso, movimiento congénito de la imagen hacia su ejemplar: viniendo de Dios, tiende a volver a Dios.

            Amor-inclinación es igualmente lo que quiere expresar ante todo el término Affectus, de significado rico e impreciso como para empobrecerlo traduciéndolo. Esta noción puede abarcar todo el campo de manifestaciones de la afectividad y convenir perfectamente a los movimientos más sutiles de la voluntad. Los analiza en el Espejo de la Caridad. En términos escolásticos equivaldría a las pasiones del alma.

            El amor es un affectus, y el primero de ellos, es decir, una “inclinación espontánea y agradable del alma hacia alguna cosa o persona” (Esp 111,9); pero cuando se trata del hombre, esta definición requiere ser precisada añadiendo la siguiente descripción:

“El amor es cierto affectus del alma inteligente por el que desea, busca y apetece algún objeto para recrearse y gozarse con él, y por el cual también se abraza a él para no perderle” (Amist L.I, n.19).

            Características de este affectus-amor: es natural, espiritual y es bueno. Tiende hacia Dios.

            La caridad es concebida como el uso recto, bajo el influjo de la gracia, de ese amor propio de la imagen de Dios. Y puesto que se trata de una adhesión a Dios, el affectus que tiende a eso no puede ser más que espiritual: la adhesío mentís se realizará por el affectus mentís (Esp 1,3). El amor, en cuanto que es tendencia profunda hacia la bienaventuranza, es siempre bueno; aquí radica el humanismo profundo de Elredo: cree en el hombre, en el fondo de rectitud que anida en su corazón.

            El affectus-amor humano, el affectus espiritual, no puede ser una tendencia ciega. Tiene tres operaciones: elección (= voluntad libre), movimiento (= deseo) y fruición (placer, gozof posesión). La elección es el acto de la voluntad, la preferencia, no instintiva, sino inteligente:

“El amor va siempre escoltado por la razón; no que ame siempre razonablemente, sino en cuanto que distingue por un examen sutil lo que escoge y lo que rechaza” (Esp 1,3).

            La elección “va seguida inmediatamente y aun acompañada, de un movimiento secreto del amor, excitando en cierta manera y empujando al alma a desear lo que ella ha creído tener que escoger” (Esp 1,3). Es el deseo y el paso al acto: “deseo cuando el alma, por un movimiento interior, tiende hacia lo que ella ha considerado digno de goce; acto, cuando la secreta energía del amor empuja al espíritu a obrar también exteriormente” (Esp III,10). La fruición es el reposo en el bien.

            Según se trate del uso recto o del abuso del amor,   en estos tres puntos consistirá la caridad o la concupiscencia. “La elección es el principio del amor, bueno o malo; el movimiento está en curso; el fruto es el fin” (Esp 1,4). Este fin, el reposo en el bien, es lo que en último término constituye el amor, porque todo se ordena a él. El goce supone ya la posesión del objeto por la memoria y la razón.

            Pero no todo deleite es verdadera felicidad, pues sólo hay una bienaventuranza que convenga al alma-imagen: la posesión del Bien Supremo. Cualquier otro objeto amado con amor desordenado no procura la paz beatificante: deleita temporalmente, pero finalmente engendra la miseria, herencia del corazón que se aparta del Bien: “Deleitarse en los peores objetos es la miseria extrema” (Esp 1,4). La felicidad de un ser consiste en la posesión de su fin. Ahora bien, el fin del hombre es Dios (Esp 1,3): en el plan divino el hombre está destinado a la participación de la vida divina, y ningún otro fin puede darle la verdadera felicidad.

            En esta perspectiva, el amor está verdaderamente en el centro del problema del hombre. Es el amor el que hace capaz al hombre de adherirse a Dios; el que realiza la asimilación a Dios y el que ordenado por la caridad, restaura la imagen y la semejanza de Dios.

“Practica la caridad, dice Elredo, y nada quedará; descuida la caridad, y nada progresará” (Esp 1,16).

            La naturaleza divina es esencialmente Amor. Sólo configurándose a ese Dios-Amor puede el hombre hallarse a sí mismo al encontrar a Dios, con el que tiene una afinidad innata. Este reordenamiento del amor nos acerca a Dios, nos une a Él y nos diviniza. Mediante el ejercicio de la caridad en todos sus niveles (yo-prójimo-Dios), el hombre recupera su capacidad primera de amar que la cupidítas había disminuido:

“Existe en mí un lugar capaz de ti, el Infinito, y es el amor. El que te ama te aprehende, y te aprehende en la medida de su amor, porque tú eres el amor. Te buscaré, pues, Señor, amándote” (Esp 1,2).

            Es en esta perspectiva de la restauración de la caridad donde hay que situar la comunidad monástíca (= comunidad de hombres en fase de restauración), si se quiere captar la importancia que ésta toma en el proyecto de vida espiritual o contemplativa. La humanidad, la sociedad humana perturbada por el egoísmo, recuperará su unidad original en el orden pacífico de comunidades unidas en la caridad.Este aspecto comunitario de la vida contemplativa es indispensable en el pensamiento de los cistercienses.

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