DECISION INICIAL Y PERSEVERANCIA
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RETIRO DE CUARESMA: “Alejamiento y retorno a Dios”
12 febrero, 2013

Retiro comunitario

ESCUCHAR A DIOS, ESCUCHAR AL HERMANO

A cuantos recibieron la Palabra les ha dado poder de ser hijos de Dios”

(Jn. 1, 12)

Todo lo que sabemos sobre el modo de realizarse el misterio de la Encarnación se resume en un breve diálogo. Vemos a Dios, a través de la voz de Gabriel, desvelar, confiar a una joven virgen su secreto más íntimo, y a ésta acogerlo con todo su ser. ¿No hay aquí encerrada materia para una fructuosa meditación? Ante esa escena en la que el Todopoderoso borra, por así decir, toda distancia entre Él y María para abrirle totalmente su corazón, vienen a la memoria las palabras de Jesús después de haber lavado los pies a sus discípulos: “Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo” (Jn. 13, 15).

La Anunciación no es tan sólo un acontecimiento único en la historia de la humanidad; es una pedagogía agotable de lo que Dios quiere realizar con toda criatura, con cada uno de nosotros: establecer, en un ambiente de mutua confianza, una especie de creatividad recíproca.

¿Qué ocurre, en efecto, en Nazaret? Gracias a la apertura de Dios sobre ella, María queda transformada en una nueva criatura en la medida en que supo acoger el don que le fue propuesto. Gracias a la apertura de María a la Palabra que le fue dirigida, ésta -la Palabra- pudo tomar carne, adquirir un ser nuevo en el seno de la raza humana. El Verbo no podía “ser hecho” en la carne más que a partir del momento en el que encontró en el corazón de carne de María una resonancia personal. Cada uno de estos dos interlocutores, tras su breve diálogo, se encuentra transformado, enriquecido por lo que recibe de irremplazable del otro.

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¿No es la misma dialéctica divina la que se nos ofrece a cada uno de nosotros? Dios nos habla. Él nos dirige la Palabra que está ante nosotros viva, eficaz, apuntando a lo más íntimo de nuestro corazón. No se trata de un flujo de palabras de Dios que nos dirían un montón de cosas interesantes, pero exteriores a Él mismo. No; no palabras, sino una Palabra única que nos entrega, sin defensa, el secreto íntimo del Padre. Él nos envía a su Hijo de una vez para siempre. En mi corazón, a cada instante, lo engendra, lo pronuncia. Me ha dirigido, igualmente, su Espíritu, siempre en misión para sensibilizar mi corazón ante el don de la Palabra. Dios se ha desvelado, ha hecho lo máximo para que su mensaje resulte inteligible.

¿Y yo? ¿Qué estoy dispuesto a hacer ante este ofrecimiento divino? ¿No estoy tentado de traducir esa única Palabra divina, cuya, densidad me atemoriza, en un prolijo discurso anodino, gracias al cual podré establecer una distancia entre Dios y yo” una protección contra su indiscreción? Él me pide que le abra, que le acoja en mi mesa secreta para cenar conmigo y, como la esposa del Cantar, dejo brotar de mi corazón un montón de buenas razones para explicar al Señor que sería, mejor que lo hiciera de otra manera,

¡Qué difícil es, en presencia, de la única Palabra divina, contentarse con escucharla, con aceptarla tal cual es! Tímida, sencilla, está sin embargo dotada de un poder infinito para invadir todo nuestro ser si le decimos “sí”, si imponemos silencio a-todas nuestras discusiones y comentarios para no ser otra cosa que pura escucha de lo que el Espíritu del Señor susurra a nuestro espíritu.

¿Y cuál será el fruto de .nuestro “sí” si tenemos la suficiente sencillez y transparencia para pronunciarlo? Ciertamente, quedaremos transformados, fecundados por esa semilla divina depositada en la tierra de nuestro corazón. Y luego, incansablemente, noche y día ya lo pensemos o no lo pensemos, empezará a germinar, a crecer ya madurar en frutos de vida eterna. Pero, ¿somos nosotros los primeros beneficiados; por esta vida divina que brota en nuestro corazón? Parece ser que no. El primer afectado por nuestro sí es Dios. Le permitimos, por fin, ser Él, mismo en nosotros cuando concedemos la posibilidad de ejercer su paternidad, ser Padre con nosotros, engendrarnos a su imagen.

En este diálogo entre el Señor y su criatura, Él no viene armado con su poder omnipotente, sino con su debilidad, diría casi con la timidez de su ternura. El éxito de su intento depende de la acogida que le ofrezcamos, de la buena voluntad con que aceptemos dejarnos transformar por la irrupción de esa ternura en nuestra vida. ¿Estamos suficientemente despiertos a la súplica que nos dirige con tan gran discreción?

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Esta cuestión me hace pensar en la afirmación, tan incómoda, de la primera carta de san Juan: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn.  4, 20).

En las perspectivas que estamos ahora siguiendo, el pensamiento de Juan podría traducirse por una expresión de este género: quien no está atento para escuchar el corazón de su hermano que le habla, no puede atender a la ternura de Dios que espera, oculto, a la puerta de su propio corazón.

Dicho de otro modo, la posibilidad de entablar un diálogo análogo al que Dios tuvo con María, está vinculada a nuestra capacidad de entablar un diálogo verdadero con nuestros hermanos. Esta afirmación, ¿no será excesiva? ¿Se dan verdaderamente ocasiones en las que nuestro hermano se dirija a nosotros del mismo modo que Dios se dirigió a la Virgen de Nazaret?

Volvamos a san Juan. Él no pone condiciones previas cuando nos habla del hermano a quien vemos. Cualquier hermano, sea quien sea y sean cuales sean las circunstancias, pide nuestro amor, un amor que es la garantía fundamental de que nuestro amor a Dios es auténtico.

            Lo mismo hay que decir del diálogo. Si nuestro corazón escucha, sabrá discernir en la palabra de nuestro hermano, por detrás de la multiplicidad de frases, un eco de su corazón profundo. Todo ser humano, incluso cuando no lo confiesa ni a sí mismo, está a la espera de una acogida que le reconozca por que él es de verdad en lo más profundo de su ser, allí donde es más vulnerable a la Palabra de Dios.

En la medida en que tenga la suerte de topar con un interlocutor atento a escucharle con amor, recibirá como a revelación de la capacidad de acoger a Dios latente en él, capacidad que jamás había descubierto o que había desde hacía tiempo relegado al olvido bajo el peso de la indiferencia acumulada de todos sus interlocutores -distraídos. Se comprende entonces por qué el diálogo auténtico entre dos seres humanos, según el parecer de san Juan, sea una imagen del diálogo con Dios, un camino de acceso hacia ese encuentro con la ternura del Padre, que es la meta de nuestra vida contemplativa.

Los antiguos monjes hablaban del “sacramento del hermano”. Esa expresión enigmática, ¿no queda iluminada poderosamente con la luz del diálogo entre Dios y María? Para nosotros, solitarios, vivir con otros hermanos es tener la gracia de poder mantener despierto nuestro corazón ante Dios mismo, en la medida en que sabemos permanecer atentos al corazón profundo de nuestro hermano. Y, por el mismo hecho, le ayudaremos a despertar su propio corazón al diálogo con Dios.

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Son unas perspectivas interesantes, podemos decir, pero ¿no son algo utópicas? ¿Es verdaderamente posible transcribir en la realidad de la vida semejante actitud con los que nos rodean? Si la palabra de Dios misma, transmitida por el apóstol Juan, nos da ese precepto de que” estar atento a la realidad profunda de nuestro hermano es la condición primera para que nuestro amor al Señor sea auténtico, no podemos acusar, de falsedad ese testimonio. Pero entonces• preguntémonos por qué nos cuesta tanto vivirlo.

En primer lugar, tal vez sea porque nunca hemos tomado en serio la realidad del sacramento del hermano. Hacemos poco caso de esa realidad única, irremplazable que se oculta en cada uno de nuestros hermanos, imagen verdadera de Dios, pero imagen incompleta en espera de la chispa que haga brotar en ella un amor vivo, hacia Dios. Y soy yo el responsable de este despertar en la, medida en que yo mismo haya sabido percibir lo que hay de único en ese hermano, en vez de tratarle como un objeto puesto a mi disposición para responder a mis conveniencias personales.

No es raro oír lamentos sobre el número insuficiente de contemplativos en quienes las virtualidades latentes de amor y de alegría encuentren un desarrollo satisfactorio. A pesar de una innegable buena voluntad, a veces en presencia de un monje se tiene la impresión de percibir en él algo de incompleto, de raquítico si osamos decir. Y uno se pregunta: ¿qué le ha faltado para alcanzar su plena madurez? No se puede contestar esta pregunta más que con extrema prudencia, pero siempre está permitido preguntarse: ¿este hombre de Dios encontró entre sus hermanos alguien que supiera escucharle, acogerlo, despertar en él esa experiencia de ser un interlocutor único, y hacer nacer en él una capacidad virgen de sentirse disponible para acoger plenamente a Dios en su vida?

 

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María, Madre de Dios, tú que supiste escuchar el corazón del Padre en las palabras del ángel, enséñanos a nosotros a vislumbrar el fondo del corazón de nuestro hermano cuando nos habla, de modo que los dos podamos abrimos a Jesús que viene a nosotros. Amén.

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