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SUBLIMIDAD DE LA ORACIÓN INTERIOR 1ª Parte

Soledad, oración, meditación

Rechacen todo lo que pudiera apagar esta pequeña llama que comienza a arder en ustedes y rodéense de todo lo que puede alimentarla y transformarla en un fuego ardiente.

Permanezcan en la soledad, recen, reflexionen sobre todo lo que deben hacer: la regla de vida, la ocupación, el trabajo que estuvieron obligados a adoptar cuando estaban en busca de la gracia, son también ayudas poderosas para desarrollar en ustedes la acción de la gracia que comienza a hacerse sentir ahora.

Lo que necesitan en mayor medida en su actual estado es la soledad, oración y meditación. S u soledad debe llegar a ser más recogida, su oración, más profunda, y su meditación, más intensa.

Un corazón que arde

¿Cómo hicieron nuestros grandes ascetas, nuestros Padres y nuestros maestros para encender en ellos el espíritu de oración y para establecerse firmemente en la oración? Todo su objetivo era entregar su corazón, pues en él se encuentra la fuente de vida. Allí, donde está el corazón, están la conciencia, la atención, el intelecto; allí se encuentra el alma toda. Cuando el corazón está en Dios, todo el hombre está en Dios y permanece constantemente ante Él en la adoración, en espíritu y en verdad.

Esto viene rápido y fácilmente a algunos pues tal es la misericordia de Dios. El temor de Dios los penetró profunda­mente, su conciencia fue estimulada con gran fuerza y su celo, rápidamente inflamado, los puso sobre la vía de la salvación, puros y sin mancha ante Dios. Su deseo de com­placerlo en poco tiempo llegó a ser un fuego devorador.

En otros, al contrario, todo ocurre con lentitud. Quizás esto proviene de una indolencia natural o bien, la intención de Dios en este lugar es diferente. Su corazón sólo toma calor con lentitud.

Tienen todos los hábitos de la piedad y su vida aparece exteriormente santa; pero no todo es para bien, pues su corazón está vacío de lo que debería encontrarse en él. Esto no sólo le ocurre a los laicos, sino, a veces, también a aquellos que viven en los monasterios o incluso en las ermitas.

Cómo encender en el corazón una llama continua

Voy a explicarles ahora cómo pueden producir calor en su corazón. Recuerden cómo puede introducirse el calor en el mundo físico: se frotan dos pedazos de madera uno contra otro y viene el calor, después del fuego; o bien, se expone un objeto al Sol: se calienta y, si se concentran suficientemente los rayos sobre él, termina por encenderse. El calor espiritual se produce de la misma manera. La fricción necesaria es la lucha y la tensión de la vida ascética; la exposición a los rayos del Sol es la oración interior hecha a Dios.

El fuego puede ser encendido en el corazón por el esfuerzo ascético, pero este esfuerzo por sí mismo no inflama tan fácilmente el corazón. Muchos obstáculos obstruyen la vía. Es la razón por la cual, en otro tiempo, los hombres, deseando ser salvados y experimentados en la vida espiritual, movidos por la inspiración divina y sin abandonar su combate ascéti­co, descubrieron otro medio de dar calor al corazón. Nos transmitieron su experiencia. Este medio parece simple y fácil, pero de hecho no se llega a término sin dificultad. Este atajo para llegar a nuestro objetivo es la oración interior que dirigimos con todo nuestro corazón a nuestro Señor y Salva­dor. Hay que practicarla así: permanezcan con su intelecto y su atención en el corazón, persuadidos de que el Señor está próximo y los escucha, y suplíquenle con fervor: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Hagan esto constantemente, ya sea que estén en la iglesia, en la casa, en viaje, en el trabajo, en la mesa o en la cama; en una palabra, desde el momento en que abren los ojos hasta que los cierran para dormir. Será exactamente como si mantuvieran un objeto al Sol, porque es mantenerse a sí mismo ante la faz de Dios, que es el sol del mundo espiritual. Al comienzo deberán fijarse un momento bien determinado, noche o día: y consagrado exclusivamente a esta oración. Después descu­brirán que la oración comienza a dar sus frutos, mientras se apropia de su corazón y se arraiga profundamente en él.

Cuando esto se hace con celo, sin negligencia ni omisión el Señor mira a su servidor con misericordia y enciende un fuego en su corazón; y este fuego atestigua con certeza que la vida espiritual se despertó en lo más secreto de su ser y que el Señor reina en ustedes.

El rasgo distintivo de este estado en el que el Reino de Dios se nos revela, o bien, lo que ocurre igualmente, en el que la llama espiritual arde incesantemente en el corazón es que todo el ser se concentra en su vida interior. Toda la conciencia se recoge en el corazón y permanece allí en presencia de Dios. Extendemos ante El todos nuestros sentimientos, nos postra­mos en su presencia con un humilde arrepentimiento, listos a consagrar toda nuestra vida a su solo servicio. El alma permanece en este estado día tras día, desde el despertar hasta el momento de acostarse; esto continúa a lo largo de las diversas actividades del día, hasta que el sueño cierra los ojos. Una vez que este orden se estableció en nosotros los desórdenes que dominaban nuestra vida en el pasado cesan.

La impresión de insatisfacción y de frustración que nos turbaba antes de que esta llama fuera encendida en nuestro corazón, el vagabundear del espíritu que sufríamos, todo esto cesó. La atmósfera del alma se aclaró, ya no tiene nubes. Sólo permanece un solo pensamiento y un solo recuerdo: el pensamiento de Dios y el recuerdo de Dios. La claridad reina en nosotros en todas partes y en esta claridad, cada movi­miento es reconocido y apreciado según su valor en la luz espiritual que emana del Señor que lo contempla. Todo pensamiento malo, todo sentimiento malo que asalta el corazón es derrotado victoriosamente desde su aparición. Si algo opuesto a Dios se desliza en nosotros, a pesar de nosotros, es, en el momento, humildemente confesado al Señor y se lava a través del arrepentimiento interior y a través de la confesión exterior, de manera tal que la conciencia permanece siempre pura en presencia de Dios. Como recom­pensa por toda esta lucha interior, obtenemos la audacia de acercarnos a Dios con una oración que arde incesantemente en el corazón. Este calor constante de la oración es la verdadera respiración de la vida, de tal manera que el progre­so en nuestro peregrinaje espiritual se detiene cuando se apaga este calor interior, así como cesa la vida del cuerpo cuando cesa la respiración natural.

Desorden interior o luz interior

El problema que, más que cualquier otro, debe preocupar a aquel que quiere encontrar a Dios es el desorden de sus pensamientos y de sus deseos. Debe poner todo su celo en eliminar este desorden. Sólo existe un medio para logrado: adquirir el sentimiento espiritual, es decir, el calor del cora­zón junto al recuerdo de Dios.

Desde que este calor se enciende, los pensamientos se apaciguan, la atmósfera interior se aclara, los primeros movimientos del alma, buenos y malos, desaparecen con toda claridad desde su nacimiento y tienen el poder de eliminar al momento lo que es malo. Esta luz interior se extiende igualmente a las cosas exteriores y revela lo que hay de bueno a pesar de todos los obstáculos. En una palabra, a partir de ese momento comenzará para ustedes esta vida espiritual auténtica y efectiva que buscaban hasta aquí y que no se manifestaba más que de una manera esporádica.

Este deseo de Dios, del que les hablaba más arriba, aporta también calor, pero un calor temporario que cesa cuando cesa el deseo. Pero el calor que se menciona ahora, al contrario, es permanente y mantiene la tensión del intelecto fija, constan­temente, en el corazón.

Cuando el intelecto está en el corazón, esta unión del intelecto y el corazón constituye de hecho la restauración de nuestro organismo espiritual.

El calor interior constante y el advenimiento del Señor en el corazón

El Señor vendrá a derramar su luz en el entendimiento para purificar las emociones y guiar las actividades. Sentirán fuerzas que hasta aquí no conocían. Esta luz vendrá, será imperceptible a los sentidos y a la vista, invisible y espiritual, soberanamente eficaz. El signo de este advenimiento es el nacimiento de un calor constante en el corazón. Cuando el intelecto permanece en el corazón, este calor constante infunde en él el recuerdo de Dios, les da el poder de perma­necer en el interior de ustedes mismos y entonces todas sus potencialidades interiores llegan a ser realidad. Aceptan lo que es agradable a Dios y rechazan lo que le desagrada. Todas sus acciones son cumplidas con una conciencia precisa de lo que Dios quiere que sean; reciben la fuerza de gobernar el curso de la vida, tanto dentro como fuera, y llegan a ser maestros de sí mismos. El hombre, en este estado, habitual­mente está más pasivo que activo. Cuando el corazón expe­rimenta conscientemente la presencia de Dios en él, alcanza su plena libertad de acción. Entonces se ha cumplido la promesa: “Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres” (Jn 8, 36). Esto y no otra cosa totalmente desconocida les aporta el Señor.

SUBLIMIDAD DE LA ORACIÓN INTERIOR

Antología de autores espirituales

Editorial Lumen 2ª ed.1990

Del Capítulo I LOS FRUTOS DE LA ORACIÓN

Por Teófano el Recluso

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