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CERCO DE PAVORES Y MISTERIO DE ANGUSTIA (Emotividad de Jesús)

El peregrino, en estos días de Semana Santa, asiste estupefacto al drama de la Pasión. A distancia del tiempo, pero con la guía segura de los textos evangélicos, va contemplando el recorrido de Jesús hasta su final presencia terrenal, con asombro creciente que a veces llega a abrumar y como a cogerle un gran pellizco de angustia ante idéntica emoción que percibe en el corazón del Hombre-Dios, ahora manifestada sin el menor rebozo, una actitud que deja igualmente anonadados a los discípulos en aquella tarde-noche de la reunión final junto al Señor.

Y es el testimonio de aquel discípulo que se empeña en ocultar su identidad bajo las locuciones ‘el discípulo amado’, ‘el discípulo a quien Jesús tanto quería’, y al que la tradición cristiana ha identificado con la figura del apóstol san Juan, el redactor del cuarto evangelio; ese testimonio es el que conmueve de manera más profunda el ánimo del contemplador.

¿Quiénes ha podido alguna vez decir que Jesús, en realidad, no sufrió en su Pasión, movido erróneamente una cierta teoría cristológica que enfatiza el concepto divino de Jesús en el sentido de impasibilidad? Ésos no han leído los evangelios. En todos ellos aparece Jesús en su enorme postración emocional, en su faceta digamos más humana, tal como lo muestran Mateo y Marcos al afirmar que “Jesús comenzó a sentir pavor y angustia”, y confiesa: “Me muero de tristeza, quedaos aquí y velad conmigo”  (Mt 26, 37-38; Mc 14, 34). El sentimiento angustioso venía de lejos, desde la entrada a Jerusalén, cuando unos griegos desean verle. Jesús confiesa: “Ahora mi espíritu está agitado, y qué diré ¿Padre líbrame de esta hora..?” (Jn 12,27). Esta escena sustituye al pasaje de la oración de Getsemaní, que omite el cuarto evangelista.

Por tanto el ‘cerco de pavores’ se va estrechando cada vez más en el ánimo de Jesús y hace crecer la angustia hasta que, por así decir, rebosa durante la última cena. No poco debió contribuir a ello la presencia de Judas, el traidor, ya decidido a su acción criminal (es muy difícil resistir la presencia de un enemigo declarado en un círculo de intimidad), El ánimo de Jesús desborda de ansiedad tras el acto del lavatorio de pies. Los traductores del cuarto evangelio utilizan expresiones de enorme fuerza: “Entonces Jesús, profundamente conmovido”, dicen unos, pero otros nos transmiten una expresión aún más llamativa: “Jesús se estremeció por dentro” (Jn 13,21). Conmoción, estremecimiento, términos indicativos de una muy violenta emoción que embarga por completo el psiquismo de la persona y la lleva a un punto de ‘catástrofe emocional’, que sume en total confusión a los discípulos.

Sin embargo, Jesús, a pesar de que no oculta ni disimula su estado de ánimo, puede seguir haciendo lo que corresponde. En este sentido, su innegable turbación, no anula su capacidad de percepción y actuación. Esto ya es para apabullar al que lo contempla. Jesús hará las dos acciones que llevan hasta el acto supremo de esa noche, la institución de la eucaristía, su inmolación simbólica que significa la que se cumplirá pocas horas después. En segundo lugar, cercado de pavores, con el ánimo lleno de angustia, Jesús hace el gesto, a demanda de Pedro y Juan, que provoca la salida del traidor, a la vez que anuncia al precipitado Pedro su seria caída. Jesús llega con Judas hasta el extremo, después de haberle lavado los pies, de ofrecerle el detalle del pan untado, un gesto de deferencia tradicional en las comidas judías. Judas lo toma, pero rechaza la amistad de Jesús y sale del círculo de los íntimos. La frase de San Juan sobre ese momento resulta terrible. “Era de noche” (Jn 13, 30). Nada más expresivo, en línea con las mejores observaciones del cuarto evangelio. Judas se hunde en la tiniebla. Misterio insondable.

Pero en torno al Maestro han quedado los once. Ahora el ambiente se ha suavizado y en él va a tener lugar la gran revelación de la permanencia sacramental de Cristo entre nosotros y el extenso discurso de despedida, tan repleto de profunda doctrina.

Mas el ‘climax’ de pavor y angustia se mantendrá hasta culminar, por lo que a este momento hace, en la agonía de la oración del huerto de Getsemaní, que Juan omite y nos hace acudir a los sinópticos para contemplar a Jesús en su terrible postración y su lucha, hasta el sudor de sangre, entre el sentir espontáneo de su Humanidad y la voluntad inquebrantable de su Divinidad, que lleva al Hijo del hombre a culminar su entrega por nosotros, su total renuncia a una autoafirmación frente a Dios al modo del pecado de Adán. De esta manera, humanamente pavorosa, Jesús restaura el puente destruido por el primer hombre y nos abre el camino hacia Dios. Es el cumplimiento de la kenosis cantada por la carta a los Filipenses: “Obediente hasta la muerte y muerte de cruz”(Flp 2, 8).

En este proceso de sufrimientos Jesús, que por única vez pide a sus más cercanos discípulos (Pedro, Santiago y Juan, los testigos de su gloria en el Tabor) que le acompañen en su terrible hora, va a experimentar la profunda soledad en que siempre vivió y el abandono de los suyos, predicho en la última cena. Jesús se enfrenta a solas con la misión que le ha traído a este mundo y comienza a vivenciar la amargura de su Pasión, en la que llegará a sentirse incluso abandonado por el Padre, al que invoca con el grito inicial del salmo 21, en el que no utiliza ya el familiar y cariñoso “Abba”, sino el término más lejano en cierto modo, aunque ‘apropiándoselo’, de “Dios mío”. Pero, a pesar de todo a Él entrega finalmente su espíritu utilizando de nuevo el apelativo “Padre”. Jesús, por tanto, sufre su pasión orando y muere orando.

Ante esta realidad sobrecogedora, que desborda todas nuestras coordenadas humanas, sólo cabe el silencio orante, en que se concentra el peregrino a invitación de la Iglesia, en las jornadas cumbres del Jueves, Viernes y Sábado Santos, silencio vivido junto a la única que acompañó a Jesús con el silencio de su “si” renovado, María, Madre de la fe. A su intercesión doliente, pero esperanzada, nos encomendamos para llegar al gozo inenarrable de la Pascua.

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