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Pasar de las imagenes a la experiencia de Dios…

17 Agosto 2010 por Leonardo Dimarco

Aprendiendo de los  maestros (Extraido del libro “donde están las raíces” de E.Martinez Lozano)

Hay, a mi entender, una cuestión decisiva, una urgencia inaplazable: pasar de las imágenes a la experiencia de Dios. ¡Con cuánta razón y sabiduría, la Biblia prohibía hacer imágenes de la divinidad! La de hacerse un dios a su propia imagen, es una tentación permanente del espíritu religioso. Y, sin embargo, toda imagen es una “objetivación” y, por tanto, un ídolo. Dios no puede ser imaginado; de Él sólo podemos hablar en parábolas, como hacía Jesús, o a través de metáforas. Al objetivarlo, al hablar de Él como de un “ser”, caemos en la idolatría. ¡Y cuántos ídolos no hay en la enseñanza religiosa, en la predicación, la catequesis y la misma religiosidad familiar y popular! ídolo es ese Ser “supremo”, en el que se proyectan ideas surgidas de aspiraciones, deseos, miedos, resentimientos o carencias. Ídolo es ese Ser “separado”, habitante de un “cielo” lejano.

Así se ha entendido y así ha funcionado en el imaginario cristiano la doctrina de la creación, con la imagen que ha quedado plasmada en el fresco de Miguel Ángel que puede admirarse en la Capilla Sixtina: el dedo de Dios crea, fuera de sí, al hombre. Según esta imagen, más que Creador, Dios es alguien que “fabrica” la creación, dejándola “fuera” de Él. En esa imagen está el germen de todo el dualismo religioso, de consecuencias tan nefastas.

A partir de la supuesta existencia de “dos mundos”, el cielo y la tierra, surgirán contraposiciones a todos los niveles: sagrado/profano, espiritual/material, sobrenatural/natural, religioso/laico, fe/vida… Como consecuencia, la fe emigra de la vida, se vive en espacios y en tiempos separados, y la persona aparecerá como un ser habitante de dos mundos, dividida, desgarrada incluso. Ídolo es ese dios “lejano”, cuya lejanía hizo que el universo religioso se poblara de toda una constelación de ángeles, santos y, sobre todo, la Virgen, como seres mediadores e intermediarios, que lo hicieran accesible,ídolo es ese ser “soberano”, Majestad Infinita, ante quien el ser humano no puede adoptar otra actitud que la del esclavo, en una proyección de las relaciones humanas que se dan entre el dominante y el dominado. Como consecuencia, la voluntad de Dios aparecía como totalmente arbitraria, cuando no caprichosa (baste pensar en el comienzo del libro de Job) y la virtud consistía en el sometimiento servil. Cuando el creyente decía “lo que Dios quiera”, parecía expresar su disposición ante una voluntad que podía salir por donde se le antojara. Dios era visto como alguien que intervenía en la historia y en elmundo, al mismo nivel que el resto de las causas, pudiendo hacer una cosa o la contraria, premiar o castigar, hacer bien o permitir el mal. Ídolo es ese “supremo juez” del universo, que había de juzgar precisamente sobre el acatamiento o no a su voluntad. Si el resultado del juicio era negativo, el juez se convertía en castigador, con penas incluso que horrorizarían al más sádico de los verdugos. Esa misma imagen presentaba a Dios como un ser “religioso”, en cuanto se suponía que su agrado máximo consistía en la “religiosidad” de las personas, que se consideraban por tanto sus elegidas…, ídolo, por fin, es ese dios masculino que, en una cultura extremadamente patriarcal —«kiriarcalista  la denominan algunas teólogas—, era visto bajo la imagen del varón, hasta el punto de que la misma metáfora de «Padre» era leída estrictamente en clave de género. Esta breve reseña de algunas de las imágenes falseadas de la divinidad que, a mi parecer, más daño han hecho, tiene un tanto de caricatura, pero (sin juzgar ninguna intención) creo que subraya la realidad vivida.

¿Qué decir  a propósito de esas imágenes?

Es crucial volver al evangelio, acercarnos a la experiencia que Jesús nos transmite; vivir, y ayudar a vivir, la experiencia de Dios. Dios no ser un Ser entre otros seres, al que se pudiera percibir “fuera” de la realidad. Dios (usando una metáfora, y no imágenes) es la Fuente del ser, la Raíz de la vida, la Luz que nos hace ver, la Vida que nos hace vivir. Si Dios es el que “hace ser” a toda la realidad, eso significa que Dios es la “dimensión de profundidad” de la existencia. Accedemos a Dios acercándonos al misterio de nuestra propia vida. Ahí descubrimos que Dios no es alguien separado. Más aún, en cierto sentido, Dios nos incluye, como el mar incluye las olas. Filosóficamente, esto se expresa en la afirmación de que si lo infinito fuera lo contrario de lo finito, ya no sería infinito. La sabiduría oriental lo expresa gráficamente: “El océano y las olas, ¿son dos realidades o una sola realidad?; no es una cosa, no son dos cosas”. O como dice la teología católica, hablando de la unión de la “naturaleza humana” y la “naturaleza divina” en Jesús: “Sin confusión, pero sin separación”. Así podemos decir de nuestra unión con Dios: es una relación sin confusión, pero sin separación. Con esto no se está afirmando el panteísmo, sino, en todo caso, el pan-en-teísmo, totalmente coherente con la experiencia bíblica y con la mejor tradición cristiana.

Ya Hilario de Poitiers decía que “todo está en el -interior- de la divinidad”. Creer en Dios, por tanto, no es algo separado delvivir”, sino más bien en el “vivir” es donde nos abrimos y acogemos a quien nos “hace vivir”, Dios de vida. Por eso, nunca insistiremos lo suficiente en subrayar la unidad humano-divina, pues siempre nos veremos “tentados” a colocar lo divino “al lado de” la vida. Sin embargo, alabrirnos a la experiencia de Dios y en la relación personal con Él, van cayendo progresivamente todas las imágenes. Nos acercamos a Él como a la “fuente de la vida”, el que nos está creando en cada instante por amor, del que nos estamos recibiendo en permanencia. Es el Amor que no busca sinonuestra vida, la vida de toda su creación, la vida en plenitud, de la que hablaba Jesús. Más allá de la diferencia de género, es Aquel/Aquella que nos llama desde dentro y desde dentro se nos revela; el que quiere entrar en relación con nosotros y nos llama a la aventura y al riesgo de ser nosotros mismos, los hombres y las mujeres que Él/Ella ha creado, está creando.

Lo que vengo diciendo nace de una lectura evangélica de la realidad. En efecto, según el evangelio, la experiencia de lo sagrado se coloca en un “lugar”: en el hombre en necesidad, el pobre y la víctima. Si entramos en la dinámica del evangelio, podremos evitar el peligro que reconocía, amargamente, aquella persona religiosa: “Siempre he hecho lo que la religión pide y descubro que no sé amar”.

Por eso tenemos que volver a ese mensaje de Jesús, para vencer la permanente tentación religiosa de sustituir al Dios encarnado por el culto, y hacer de éste el criterio del encuentro con Dios. La atención al evangelio (y mantener nuestro espíritu crítico) es también el mejor antídoto frente a la religión, que es peligrosa, tal como se ha puesto de manifiesto a lo largo de la historia y en las distintas religiones,porque es fácilmente manipulable. Según Jesús, y en esto estriba su originalidad, a Dios lo encontramos en la vida, y es en nuestra actitud ante la vida donde se ventila nuestra relación con Dios. Así lo subrayan tajantemente las parábolas (del buen samaritano, del juicio final…), hasta un extremo que cuesta creer que eso se ha podido “olvidar” en la vivencia cristiana.

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