La espiritualidad benedictina es la espiritualidad del siglo XXI.
24 enero, 2010
Misericordia, Señor, misericordia. Salmo 123,3.
24 febrero, 2010

Crecimiento

 Un soldado le preguntó al abad Míos si Dios perdonaría a un pecador. El anciano, después de instruirle durante un rato, le preguntó: «Dime, hijo, si tu capa estuviera rota, ¿la tirarías?». «No —contestó el soldado—, la remendaría y me la pondría de nuevo». Entonces el anciano añadió: «Pues si tú cuidas hasta ese punto de tu capa, ¿crees que Dios se va a ocupar menos de una criatura suya?».

La iluminación abre el alma a percibir la vida divina en todas partes, la santidad de la existencia, la interconexión de las diversas partes del universo, la unidad de la creación. Es una conciencia que hace posibles la moralidad y la madurez, pero que no es ni moralidad ni madurez. La unión con Dios no es la perfección del yo, ni un distintivo de excelencia. La unión con Dios es la certeza de la presencia viva de Dios en todas partes, en mí, a mi alrededor, por encima y por debajo de mí. Como decían los místicos irlandeses, «delante y detrás de mí, a mi derecha y a mi izquierda».

La unión con Dios no es algo estático y que, una vez alcanzado, deje al alma como petrifica da en un momento fijo e interminable de iluminación suspendido sobre la vida. Al contrario: la vida es vida. No se congela en ningún momento y en ninguna circunstancia. La vida continúa,  cualquiera que sea nuestra conciencia de Dios. Y nosotros con ella. Seguimos adelante, aferrados a la vida. Seguimos creciendo en conciencia. Seguimos luchando para ser dignos de la conciencia en que ahora caminamos. Y a menudo fracasamos.

La vida no es cuestión de perfección, porque ésta no es algo que la vida ofrezca. Nuestros cuerpos no se desarrollan para llegar a un estadio final y quedar fijos en una forma eterna. Los científicos nos dicen que todas las moléculas proteínicas de nuestros cuerpos cambian cada seis meses. Cada seis meses, es como si fuéramos nuevos; tal vez no ostensiblemente diferentes, pero nuevos. Y tampoco nuestras almas alcanzan un estado estático. Cada día hacemos nuevas nuestras almas. Cada día repensamos antiguas decisiones y tomamos otras nuevas. Porfiamos, luchamos y nos arrepentimos una y otra vez. Cada día de nuestras vidas nos convertimos un poco más en Dios o un poco más en nosotros mismos.

La contemplación tiene algo que ver con los modos en que decidimos crecer. Podemos entregamos totalmente a satisfacer nuestro yo. Podemos anhelar, acaparar, acumular y exigir respeto al resto del mundo, hasta que nos duelan los pulmones de tanto gritar y nuestros corazones reflejen nuestro vacío. Podemos, si queremos, aferrarnos para siempre al culto a nosotros mismos. Podemos invertir en nosotros mismos todo cuanto somos, por insignificante que pueda ser el asunto. La cultura occidental no sólo acepta el centramiento exclusivo en uno mismo, sino que lo fomenta. Conseguirlo y mantenerlo es el banderín de enganche de nuestro tiempo. Pero hay otra posibilidad.

Podemos decidir crecer por encima del yo, que es un altar erigido a los ídolos de hoy. Podemos esforzarnos por deshacernos de los conceptos que sofocan nuestras almas en nombre de una falsa superioridad: que las mujeres son invisibles, que los hombres son superiores, que los extranjeros son grano para nuestros molinos económicos, que la naturaleza es sólo para nuestra satisfacción, que, como seres humanos, estamos por encima del resto del universo y al margen de sus limitaciones y restricciones. Podemos, por otra parte, hacer de nosotros nuestro propio Dios. Pero, si lo hacemos, perderemos el verdadero regalo que la vida debe ofrecemos: el don de crecer. El contemplativo vive para crecer en unidad con el universo.

      Para ser contemplativos tenemos, pues, que vivir en sincronía con la mente de Dios, en sintonía con el resto de la especie humana y en contacto con las debilidades de nuestras almas, esos lugares donde el amor de Dios irrumpe para colmarnos de lo que por nosotros mismos no tenemos. El crecimiento no consiste simplemente en evitar el pecado, sea cual sea la idea que tengamos del pecado a medida que pasamos de una fase a otra en la vida. En realidad, el pecado puede ser lo que nos lleve a la iluminación. Cuando estoy más enojado, soy más consciente de mi necesidad de paz. Cuando soy más arrogante, me doy cuenta de lo mezquina que es mi postura. Cuando me muestro más inflexible, comprendo cómo me aísla mi postura de fuerza.

No, el verdadero crecimiento consiste en descubrir que Dios está a nuestro lado esperando consumirnos. Si somos capaces de dejar de consumir para nosotros mismos cada momento, cada persona, cada acontecimiento, cada experiencia, y en la medida en que lo hagamos, Dios podrá reinar en nosotros.

     Para ser contemplativo tengo que empezar cada mañana a ser más de lo que era cuando empezó el día, siendo cada vez más consciente del Dios silencioso y magnífico que me habita.

 

La vida iluminada. Joan Chittister, OSB

Comments are closed.