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Virginidad

 «Sola la virtud de la castidad, en el estrecho espacio de tiempo y de lugar de esta vida mortal, nos representa de alguna manera la gloriosa inmortalidad» (Bernardo de Claraval).

«La vida de la virginidad consagrada nos mantendrá abiertos a la intimidad divina y humana y a la amistad fraterna como camino hacia Dios» (Elredo de Rieval).

          El sexo ha sido con mucha frecuencia una obsesión ú, como lo que más. Hoy en cierto modo ha dejado de lo. Pero su precio se paga muy caro. A muchos les lleva desenfreno y a la propia esclavitud. Vivimos en un mundo que exalta las relaciones amorososexuales. Y a pesar de .o hoy, como en otros tiempos, se encuentran personas viven un compromiso serio de celibato por el Reino de Cielos, en comunidad y en la entrega a los demás. Esta constatación lleva a más de uno a interrogarse acerca de extraño compromiso.

La virginidad viene a ser la expresión de un conjunto anhelos del «día del Señor», que no acepta compromisos ni teme arrostrar la soledad. Es por ello la actitud que mejor define la vida de todo monje. Y si intentáramos definir la castidad como virtud evangélica, diríamos que es la expresión de un insaciable anhelo por el «día del Señor».

Esto es lo que podíamos decir en líneas generales. Pero caben matizaciones más precisas. La virginidad del cisterciense se halla en estrecha relación con el amor y la entrega. El amor le pide entrega absoluta. El modelo lo encuentra el monje, en cuanto creyente, en la relación del amor trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se nos ha revelado en Jesús de Nazaret. El «amó tanto al mundo que se entregó por nosotros» «ofreciéndose a Dios como sacrificio fragante» (Ef 5, 2). Fue virgen, porque su amor quiso ser exclusivo en su misión, y universal en su entrega. Exclusivo además en su entrega al Padre, sin ligarse a compromisos humanos; universal y absoluto, por la entrega radical de sí mismo a los hombres en función de la cercanía del Reino que anunciaba (Mt 3, 2). La actitud de Jesús de Nazaret es lo que da sentido a la virginidad consagrada del monje, al mismo tiempo exclusiva y universal.

Todos estamos de acuerdo en la dificultad de practicar la castidad evangélica. En cierto modo es una postura antinatural. Elredo de Rieval ya advertía a sus monjes: «Que nadie se haga ilusiones, no se jacte ni se engañe. Sólo se puede ser casto por puro don de Dios». Sí, la virginidad es puro regalo de Dios que manifiesta su poder en la limitación humana, pidiéndonos a su vez la propia donación. Concretizamos esta entrega en lo que entendemos, dentro de la tradición monástica, por «vida apostólica», esto es, testimonio y anuncio del Reino en la misma vida. Así se comprende que la virginidad puede ser fecunda, y no tanto por una actividad externa, traducida en hechos y palabras, como por la vivencia de un peculiar amor a Cristo.

Pero el amor a Dios y el amor al hombre son inseparables (1 Jn 6, 19-2 1). Es cierto que al optar por la virginidad evangélica quedamos liberados de muchas ataduras humanas y sociales. Pero esto no implica una instalación agradablemente cómoda y una evasión del drama existencial de la humanidad. Antes al contrario, el virgen por el Reino de Dios tiene que estar capacitado para entregarse en plenitud a Dios (1 Cor 7, 32 ss) y compartir la suerte de los hombres.

El monje debe vivir, por su virginidad, en la solidaridad con aquellos para quienes ser célibe significa soledad, «no. tener a nadie»; para quienes el celibato no es virtud sino destino de la vida impuesto por las circunstancias sociales; así el monje se acerca a quienes se hallan cercados y encerrados en la resignación y en la falta de esperanza. La virginidad monástica hace solidarios de los ancianos de nuestra sociedad, que tampoco tienen a nadie; de los jóvenes que sufren bajo la secreta falta de esperanza y que, resignados, rebeldes o desesperados, se agitan en su interior, solos; de los fracasados en el matrimonio o que en las familias se han visto arrumbados a una marginación sin esperanza y sin ayuda. De este modo el corazón del monje maduro en su virginidad queda unificado y universalizado, teniendo su centro de gravedad en Dios y en el hombre.

Fácilmente se echa de ver que la virginidad no es en primera instancia una renuncia. Y aunque suponga una lucha, por encima de un aparente contrasentido y de los hematomas del combate, la castidad evangélica evoca siempre el amor. El amor casto abre a la verdadera libertad.

Ciertamente que no podemos prescindir de un empeño por madurar nuestra sexualidad; es algo inherente al desarrollo de la persona humana y no hay posibilidad de desentenderse de ello. Pero estamos convencidos de que una madurez sexual es viable desde la virginidad evangélica. Ella, con una delicadeza privativa, nos va adiestrando en el secreto de la ternura y en el valor del respeto con la posibilidad de amar a todos sin medida. De esta manera vamos como bordeando los ápices del misterio de la vida de fe cristiana que tiene a Cristo el Señor por centro y modelo.

Recordamos antes que muy espinoso se nos presentaría este itinerario sin el poder de Dios. Es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (2 Cor 4, 7). Pero Dios es nuestra fuerza (Ef 6, 10). Por eso el monje de todos los tiempos ha mantenido un contacto familiar y continuo con la Palabra inspirada, lugar de la fuerza de Dios, hasta llegar a resonar de continuo en su corazón virginal. Viviendo «sólo con el Solo» (Guillermo de Saint Thierry), en el sosiego interior, en la guarda del corazón y de los pensamientos, liberado de las ansias de los sentidos, el monje orienta la intención profunda de su corazón hacia el único objetivo: el Señor y el Reino; «cuando El transformará la bajeza de nuestro cuerpo reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo, con esa energía que le permite incluso someterse el universo» (Fil 3, 21).

Si Dios, la Iglesia y el monaquismo te convocan a la castidad evangélica ten en cuenta que no es sino para amar. No huyas nunca. Sube. No te pongas triste por lo que puedes dejar. Alégrate por lo que Dios te da. Ama mejor, amando más.

notas referenciales 

— Regla de S. Benito: 4, 59, 64; 72, 8.

— Constituciones: 10; 46, 2.

— Bernardo de Claraval: Serm Var 46; Nat VM 17; Obisp. 3; Serm VM 4.

— Elredo de Rieval: Serm 8 (Anunciación).  

 

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