Simplicidad, unidad y pureza de corazón | Monasterio Cisterciense Sta. Mª de Las Escalonias
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23 Noviembre, 2009
Humildad
23 Noviembre, 2009

Simplicidad, unidad y pureza de corazón

«El justo vive de la fe; y con la fe purifica el corazón. El puro de corazón ve a Dios, lo conoce. En esto consiste la vida eterna» (Bernardo de Claraval).

«El trabajo del hombre consiste en disponer constantemente su corazón liberando su voluntad de deseos extraños; su razón, de ansiedades; su memoria, de cuidados inútiles» (Guillermo de Saint Thierry). 

        Simplicidad, unidad, pureza de corazón. He aquí tres valores distintos en apariencia; en realidad, sólo es uno con tres matices. De hecho es un valor terminal; porque tiene sentido pleno al final de un serio y maduro compromiso monástico.

Y sin embargo actúa ya desde los comienzos de la vida en el monasterio. Ingresamos para ser monjes, es decir, para lograr la unidad. Confiere un sentido a la conversión, umbral de los valores. Ya hemos expresado que el mundo es dispersión, división, y que a su vez dispersa y divide. Todos nosotros, hijos de este mundo, divididos y dispersos, hemos sentido la llamada de Dios al monasterio, el lugar de unificación, para verificar la gran aventura de nuestra unidad en el Señor y con todos los hermanos los hombres.

Simplicidad es sinónimo de unidad: «Si tu ojo fuere sencillo toda tu persona quedará esclarecida» (Mt 6, 22). La simplicidad es integridad en el despojo de la superfluidad y de las actitudes caprichosas, capciosas y esquivas; porque la mirada del sencillo atisba la autenticidad de la vida como un encuentro con la verdad de uno mismo, de la relación con los demás, con las cosas, y en definitiva, con Dios en Cristo.

La simplicidad como la unidad tienen un foco, el corazón, que es el templo de la persona. Buscarlo es ya purificarlo. Pero nunca se acaba de encontrar, porque el corazón del hombre es un abismo de unidad (Sal 64, 7). Por eso la unidad total, y el reverbero de esa unidad que es la simplicidad, es una meta siempre alcanzable y siempre lejana.

Purificar el corazón no es cercenarlo. Como simplificarlo tampoco es achicarlo. El monje va purificando el corazón a medida que se asimila el conjunto de los valores denominados mediales, los descritos hasta ahora. Porque nadie puede lograr directa ni inmediatamente el valor unidad- simplicidad, como nadie pone un tejado sin tener previamente el edificio. Sin embargo, con el entusiasmo de vivir en consonancia con la llamada recibida, el monje, casi sin darse cuenta y como «por una cierta connaturalidad llega a aquel amor perfecto» (RB 7, 67, 68).

El monje sencillo es transparente y lúcido, como el lago límpido e inmóvil en el que se refleja el azul de la eternidad paradisíaca, y en donde se graba el único Rostro que revela la verdad de las personas y de las cosas. Porque la simplicidad es una cualidad de Dios y una característica del hombre paradisíaco, que ha roto ya las trabas del egoísmo, obstáculo de la libertad.

Los símbolos y las metáforas expresan lo mejor posible la realidad, ideal que encierra este valor terminal, plenitud de silencio y pulsación mÉsma del aliento del Espíritu en el corazón del mundo. El simple ve a Dios.

notas referenciales 

— Regla de S. Benito: Prol 21 ss; 7, 12-13 ss; 19.

— Constituciones: 3, 2; 27; 31; 10; 29.

— Bernardo de Claraval: Serm recol. mieses 3, 9.

— Guillermo de S.T.: Med 12, 13-17; Carta Oro n.° 27; 170; 179; 193; Nat amor 8, 2; 23, 2; Com Cant 70.

— Elredo de Rieval: Esp Carid 1, 12.

 

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