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Obediencia

 «La obediencia es camino de caridad» (Guillermo de S. Thierry).

«El hombre que comienza a vivir la vida religiosa y solitaria.., ha de dejarse modelar por manos ajenas, como el barro por el alfarero» (Guillermo de S. Thierry).

         Hay que tener una conciencia clara en lo que hay de anómalo y de extraordinario en el hecho de la obediencia. Apunta a un compromiso personal, a una aplicación de las exigencias de Jesús que llama a determinadas personas a seguirle más de cerca.

Seguimiento significa abandono (Mc 1, 16 ss; Lc 5, 1 ss). El abandono supone a su vez sumisión y escucha, es decir, obediencia en función del Reino de Dios. Podemos pensar en los discípulos que siguen a Jesús en sus correrías; y también en los que permanecen en sus puestos, como Marta y María (Le 10, 38 ss). Ante esta consideración atenta parece que descubrimos la raíz de una expresión, muy común en las comunidades cristianas pospascuales: «la obediencia del discípulo».

Lo peculiar de esta llamada a seguir a Jesús mediante el compromiso de obediencia de discípulo es la ausencia de la más insignificante garantía de apoyo y seguridad. La invitación es legítima sólo porque viene de Jesús. Su llamada es absoluta. «Sígueme. Leví se levantó, y le siguió» (Mc 2, 14). Obediencia incondicional. Cualquier pretexto del discípulo es inadmisible (Lc 14, 33). Porque maestro y discípulo están ligados entre sí en una comunidad de destino (Mt 20, 24 ss). Y Jesús, el maestro, llegó hasta el final en su compromiso de obediencia: «El se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Fil 2, 8). Este mismo camino tiene que seguir el discípulo, cuyo lazo de obediencia no es sólo personal; es también concreto, en su misión de anunciar el Reino de Dios.

Mal entendida la obediencia religiosa y evangélica, se les antoja a muchos como una alienación. Nada más falso. Pretender expresar la obediencia en términos de libertad y de dependencia es adulterar el problema; ya que obedecer a Dios no es en definitiva otra cosa que coincidir con la ley profunda, inscrita en la naturaleza del hombre y, en consecuencia, en la misma fuente de su libertad.

Pero sin la ayuda de otro es muy difícil aplicar a nuestra misma vida los discernimientos imprescindibles. Tú no ves en tus mismos ojos. Necesitas, para conocerte, de la mirada de otro. Nadie es buen juez en su propia causa. El padre espiritual, el abad, es de suyo un espejo que Dios nos da para que podamos conocernos. Su palabra puede parecer dura en determinadas ocasiones. Se necesita que sea así para que, viendo nuestro pecado, la desobediencia de nuestro corazón, contemplemos nuestro verdadero rostro que tanto deseamos. El día en que tú lo logres, tu es espejo se calmará; y ambos, maestro y discípulo, reflejaréis a la par el mismo Sol.

Dentro de la tradición monástica se destaca en la misma obediencia la figura de la autoridad carismática del abad. El debe ser, por misión, autoridad en todo su ser y conducta; en su expresión y en su testimonio, exigencia y presteza del Reino con fuerza de irradiación sobre la vida y el entorno del monasterio. De este modo la obediencia monástica no se convierte en instrumento de alienación que degenera al fin en una sumisión hostil a lo humano.

La obediencia supone además un ejercicio lento de largo aprendizaje, hasta adquirir el discernimiento necesario entre dos frentes: la exigencia del Reino y los mezquinos criterios y caprichos. Camino de la gran liberación que lleva al monje a proyectar el amor en todo lo que emprende. Un ardiente espíritu de fe capacitará semejante obediencia.

Por otra parte el monje descubre la exigencia del Reino en las orientaciones y disposición de su abad, que ocupa el lugar del Maestro en el monasterio (RB 2, 2), en los deseos e intercambios legítimos de sus hermanos, planteados en un diálogo constructivo, la obediencia mutua (RB 71), y en todos los acontecimientos diarios.

En fin, valdría la pena hacer hincapié en un aspecto de la obediencia mutua que se traduce en servicio, en perdón y en alegría conjunta. Viene a ser la expresión de la presencia de Cristo entre los hermanos (RB 71, 1). Esta obediencia no se funda en jerarquías; como tampoco en un horizonte de meras relaciones humanas. La obediencia monástica tiene un cierto sabor de adoración. Brota de la fe, manifiesta el amor e inflama la esperanza en la urgencia del Reino (RB 72, 2,12).

notas referencia les 

— Regla de S. Benito: Pr 2-3, 40; 2, 17; 3, 5, 6; 4, 61; 5; 7, 34-35, 41;58,7, 17;62, 11;68;71;72,6.

— Constituciones: 3, 3; 8; 11; 16, 2, 4; 46, 2; 73, 6.

— Bernardo de Claraval: Obisp 9, 33; Hum 3, 7; Resurr 3, 4-5; Conv Pablo 6; Serm VM 3, 11; Prec. disp. 5.

— Guillermo de S.T.: Carta Oro 28; 30; 36; 54; Med 13, 4.

— Isaac de Stella: Serm 15, 7; 18, 16; 30, 2; 31, 3; 36, 18, 22-23.

— Adán de Perseigne: Cartas 16; n. 54, 57 (S. Chr.).  

 

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