Simplicidad, unidad y pureza de corazón
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RECIBIR AL SEÑOR EN EL CORAZÓN. San Elredo de Rieval
10 Diciembre, 2009

Humildad

 «La humildad es la única virtud que cura el amor herido» (Bernardo de Claraval).

«La humildad es el camino de la verdad» (Bernardo de Claraval). 

       Hoy gusta hablar del hombre en una dimensión activista y creadora, como individuo y como miembro de la colectividad humana. De aquí el legítimo reconocimiento de los llamados derechos del hombre. El cristianismo ha desempeñado una función esencial y activa en esta maduración.

Sin embargo, bien podríamos hablar de todo esto como de una liberación a medias. La liberación efectiva y real de uno mismo, anhelo supremo de toda persona humana, se sitúa en la línea de su capacidad de acogida efectiva del Reino de Dios y de su mensaje de salvación, traído por Cristo el  Señor. Aquí se emplaza la humildad evangélica.

La verdadera humildad no es un sentimiento de culpabilidad. Tampoco gira en torno al conjunto de técnicas narcisistas aplicadas por un ansia de autenticidad, como preocupación de la propia virtud o de un ideal individual de perfección. La humildad no es un consuelo a la propia impotencia, que buscaría una compensación, una emoción religiosa, especie de experiencia reconfortante. La humildad evangélica se reduce a una actitud de aprendizaje para aceptarse a sí mismo y confiar en Dios. Humildad es acoger la llamada a ser amado por Dios tal cual se es. Por eso la humildad verdadera nada tiene que ver con una preocupación excesiva de nosotros mismos.Una ilustración de la realidad evangélica de la humildad y de la relación directa entre el hombre y el Reino de Dios es la comparación que hace Jesús con los niños. «Hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos» (Mt 18, 3). Pero hay que precaverse de cualquier falsa interpretación del «niño» e incurrir en «infantilismo». El texto evangélico no elogia ciertas pretendidas virtudes infantiles, como la inocencia. Se trata simplemente de acoger el Reino de Dios como un niño acoge un regalo; con la conciencia de depender totalmente de él.

La humildad, como virtud y como actitud, es muy delicada. Por eso la disposición infantil que mejor la define no supone una huida de toda responsabilidad. En este aspecto la humildad es servicio al Reino entre los hermanos. Es lo que hizo Jesús que, lejos de buscar su gloria (Jn 8, 50) se humilló hasta lavar los pies a sus discípulos (Jn 13, 14 ss). La humildad por tanto, se orienta hacia la tarea de grupo, hacia el progreso de la fraternidad. Exige incluso hasta el olvido extremo de uno mismo; como Jesús que se humilló, se anonadó, hasta morir en la cruz por nuestra salvación (Fil 2, 6 ss; Mc 10, 45). La humildad mira a la voluntad de Dios que edifica el Reino entre los hermanos, y no tanto a la voluntad divina definida por la prescripción de la norma.

La espiritualidad cisterciense está marcada con un marchamo impregnado de humildad. Cisterciense, pobre y humilde viene a significar lo mismo. Es una participación en la oscuridad de la humillación y del desprecio de Cristo, siempre «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Acercarse al ideal cisterciense supone una experiencia de despojo de toda superfluidad, de la fachada que desfigura la simplicidad profunda de la persona humana. Es un camino relativamente fácil hacia la autenticidad interior, en cuanto imagen de Dios. Si la humildad es la verdad, para el cisterciense enamorado de su carisma humilde, es accesibilidad transparente del Reino de Dios en él.De este modo la humildad encuentra su máxima expresión en el sentido de la celebración. El desembarazo de uno mismo, e incluso de su preocupación moral, despierta a sentimientos de admiración, como si se tratase de un salmista redivivo. Porque la humildad limpia los ojos del corazón, enseña a ver con gozo la magnificencia y el esplendor de Dios en la creación.

Actitud de humildad es atención admirativa, sosegada y agradecida. En fin, la humildad es la obediencia; una forma de aprender a escuchar a Dios que habla y aparece en Cristo, como en el conjunto de la humanidad.

notas referencia les

– Regla de S. Benito: Prol 29 ss; 2,21; 3, 4; 4, 34, 69; 5, 1; 6, 7; 7; 29, 2; 31, 7, 13; 34, 7; 47, 4; 53, 6.

– Constituciones: 3, 3; 13; 15, 1; 30; 38.

– Bernardo de Claraval: Hum 1, 1, 2; Cant 43, 1; Serm Nav 3, 2; 2, 6; Sal 90. 2, 1; Serm VM 1, 5; 1, 8; Var 91; Cant 16, 10; 34, 3.

– Guillermo de S.T.: Med 7; Carta Oro 193; Nat amor 8, 8. – Elredo de Rieval: Reclusa 24; 82-83.

– Guerrico de Igny: Nav 5, 4; Epif 4, 6; Cuar 2, 1, 4.

– Isaac de Stella: Serm 11, 1-4, 6; 19, 23.

– Adán de Perseigne: Carta (S. Chr) n.’ 157, 158.

 

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