ORACIONES Y MEDITACIONES de Guillermo de Saint Thierry 1ª Oración:
26 agosto, 2009
Sta. GERTRUDIS la MAGNA. Relatos de su conversión
30 agosto, 2009

El poder de la oración. El PEREGRINO RUSO

«SOBRE EL PODER DE LA ORACION »

La oración es tan fuerte, tan poderosa, que se ha podido decir: “Reza, y haz lo que quieras.” La oración te guiará hacia la acción recta y justa. Para agradar a Dios no se necesita más que amor. “Ama, y haz lo que quieras”, dice el bienaventurado Agustín (18), “porque el que ama de veras no puede desear hacer algo que no agrade a aquel a quien ama”. Ya que la oración es la efusión y la actividad del amor, uno puede en verdad decir de modo semejante: “Para la salvación no se necesita más que la oración continua.” “Reza, y haz lo que quieras”, y alcanzarás la meta de la oración. Por ella obtendrás iluminación.»Para desarrollar más con detalle nuestra comprensión de este asunto, tomemos algunos ejemplos: 

»1. “Reza, y piensa lo que quieras”. Tus pensamientos serán purificados por la oración. La oración iluminará tu mente; ella apartará y ahuyentará todos los malos pensamientos. Esto lo asegura San Gregorio el Sinaíta. Si quieres eliminar pensamientos y purificar la mente, su consejo es: “¡Elimínalos con la oración!” Ya que nada como la oración puede controlar los pensamientos. San Juan Climaco dice también a propósito de esto: “Vence a los enemigos que hay en tu mente con el Nombre de Jesús. No hallarás otra arma como ésta.

 »2. “Reza, y haz lo que quieras”. Tus actos serán agradables a Dios y útiles y salutíferos para ti. La oración frecuente, sea acerca de lo que sea, no permanece estéril, porque en ella está el poder de la gracia: Y todo el que invocare el Nombre del Señor se salvará. Por ejemplo: Un hombre que había rezado sin resultado y sin devoción, obtuvo por esta oración claridad de entendimiento y una llamada al arrepentimiento. Una muchacha dada a los placeres rezó de vuelta a su casa, y la oración le mostró el camino de la vida virginal y la obediencia a la enseñanza de Jesucristo. 

»3. “Reza, y no te afanes mucho en dominar tus pasiones por tus propias fuerzas”. La oración las destruirá en ti. Porque mayor es Quien está en vosotros que quien está en el mundo, dice la Sagrada Escritura. Y San Juan de Cárpatos enseña que si no tienes el don del dominio de ti, no debes afligirte por ello, sino saber que Dios pide de ti diligencia en la oración, y que ella te salvará. El starets de quien se nos dice en el Otechnik (19) que cuando caía en pecado no cedía al desaliento, sino que se entregaba a la oración, y por ella recuperaba su equilibrio, es un caso a propósito. 

»4. “Reza, y no temas nada”. No temas infortunios ni desastres. La oración te protegerá y los evitará. Recuerda a San Pedro, quien tenía poca fe y se hundía; a San Pablo, que rezaba en prisión; al monje que por la oración fue liberado de los asaltos de la tentación; a la chica que fue librada de las malas intenciones de un soldado como resultado de la oración; y casos semejantes, que ilustran el poder, la fuerza y la universalidad de la Oración de Jesús.

 »5. “Reza de un modo u otro, pero reza siempre y no te inquietes por nada”. Se alegre de espíritu y sosegado. La Oración lo arreglará todo y te instruirá. Recuerda lo que los Santos -Juan Crisóstomo y Marcos el Asceta- dicen acerca del poder de la oración. El primero declara que la oración, incluso ofrecida por nosotros, que estamos llenos de pecado, nos purifica en seguida. El segundo dice: “Rezar de un modo u otro está dentro de nuestras posibilidades, pero rezar con pureza es un don de la Gracia.” Así que ofrece a Dios lo que está en ti poder ofrecer. Dale a Él primero sólo la cantidad (que está en tu poder), y Dios derramará sobre ti fuerza para tu flaqueza. “La oración, puede que seca y distraída, pero continua, creará un hábito y se volverá algo natural, y se transformará en una oración pura, luminosa, apasionada y meritoria.” Hay que notar, por último, que si tu vigilancia en la oración es prolongada, entonces, naturalmente, no tendrás tiempo no ya para cometer acciones pecaminosas, sino ni tan sólo para pensar en ellas.

» ¿Ves ahora qué profundos pensamientos se concentran en esta sabia afirmación: “Ama, y haz lo que quieras”; “reza, y haz lo que quieras”? ¡Qué confortante y consolador es todo esto para el pecador abrumado por sus flaquezas, que gime bajo el fardo de sus pasiones encontradas.

»La oración: he aquí reunida la totalidad de lo que se nos da como medio universal de salvación y de crecimiento del alma en perfección. Sólo eso. Pero cuando se menciona la oración, se añade una condición. Orad sin cesar es el mandato de la Palabra de Dios. Por consiguiente, la oración muestra su más efectivo poder y su fruto cuando es ofrecida a menudo, incesantemente; porque la frecuencia de la oración pertenece sin duda a nuestra voluntad, así como la pureza, el celo y la perfección en la misma son el don de la Gracia.

»Así pues, rezaremos tan a menudo como podamos; consagraremos toda nuestra vida a la oración, aun cuando ésta esté sujeta a distracciones al empezar. Su práctica frecuente nos enseñará la atención; la cantidad conducirá ciertamente a la calidad. “Si quieres aprender a hacer bien alguna cosa, sea la que sea, debes hacerla lo más a menudo posible”, dijo un experimentado autor espiritual.

»EL PROFESOR: Verdaderamente, la oración es algo grande, y la frecuencia ferviente de ella es la llave que abre el tesoro de su gracia. Pero, ¡cuán a menudo descubro en mí mismo un conflicto entre el fervor y la pereza! Qué dichoso me haría el encontrar el medio de obtener la victoria y de convencerme a mí mismo y despertar a la aplicación constante a la oración!

EL SKHIMNIK: Muchos autores espirituales ofrecen numerosos medios basados en un razonamiento lógico para estimular la diligencia en la oración. Te aconsejan, por ejemplo, impregnar tu mente de pensamientos sobre la necesidad, la excelencia y el provecho de la oración para salvar el alma; adquirir la firme convicción de que Dios pide absolutamente de nosotros la oración y que Su Palabra en todas partes lo manda; recordar siempre que si eres perezoso y descuidado en la oración no podrás hacer progresos en los actos de devoción ni en alcanzar la paz y la salvación y, por lo tanto, sufrirás inevitablemente el castigo en esta vida y el tormento en la venidera; alentar tu resolución por el ejemplo de todos los santos que han obtenido la santidad y la salvación por medio de la oración continua.A pesar de que todos estos métodos tienen su valor, y provienen de una comprensión auténtica, el alma, dada a lo placentero, que está enferma de apatía, aun cuando los haya aceptado y usado, raramente ve su fruto por esta razón: que estas medicinas son amargas para su deteriorado sentido del gusto, y demasiado flojas para su naturaleza profundamente dañada. Porque, ¿qué cristiano hay que no sepa que debe rezar a menudo y con diligencia, que Dios lo pide de él, que somos castigados por nuestra pereza en rezar, que todos los santos han rezado constantemente y con fervor? Sin embargo, ¡cuán raramente da todo este conocimiento buenos resultados! Todo aquel que se observa a sí mismo, ve que justifica bien poco, y en bien raras ocasiones, estos dictados de la razón y de la conciencia, y que, con recuerdo poco frecuente de ellos, vive todo el tiempo de la misma forma mala y perezosa. Y por ello, los Santos Padres, con su experiencia y saber divino, conociendo la flaqueza de la voluntad y el exagerado amor al placer del corazón humano, toman una determinación particular acerca de ello, y por lo que se refiere a esto untan de miel el borde de la taza con la medicina. Ellos muestran el medio más fácil y eficaz de poner fin a la pereza y a la indiferencia en la oración en la esperanza, con ayuda de Dios, de alcanzar con la oración la perfección y la dulce expectativa del amor a Dios.Ellos te aconsejan meditar tan a menudo como sea posible acerca del estado de tu alma, y leer atentamente lo que los Padres han escrito sobre este particular. Ellos ofrecen la alentadora seguridad de que estos deleites interiores pueden ser alcanzados prontamente y con facilidad en la oración, y dicen cuán deseables han de ser. El gozo profundo, una gran efusión interior de calor y de luz, un entusiasmo indecible, la levedad del corazón, una profunda paz y la propia esencia de la beatitud y del contento son todos ellos resultado de la oración del corazón. Sumergiéndose en reflexiones como ésta, el alma débil y fría se enardece y cobra fuerza, se anima de fervor por la oración y es, por así decirlo, tentada a poner a prueba la práctica de la oración. Como dice San Isaac el Sirio:

«El gozo es un acicate para el alma; gozo que resulta de la esperanza que florece en el corazón, y la meditación sobre esta esperanza constituye el bienestar del corazón.» El mismo autor prosigue: «Desde el principio de esta actividad hasta su mismo fin se presupone que hay cierto método y confianza en su culminación, y esto tanto mueve al alma a sentar una base para la tarea como a sacar consuelo de la visión de su meta durante todo el trabajo por alcanzarla.» Del mismo modo, San Hesiquio, después de describir el obstáculo que representa la pereza para la oración, y de quitar ideas falsas acerca de la renovación del fervor por ella, dice por último, abiertamente: «Si no estamos dispuestos a desear el silencio del corazón por ninguna otra razón, entonces que sea por el deleite que el alma experimenta en ello, y por la alegría que aporta.» Se sigue de aquí que este Santo Padre pone la deliciosa sensación de alegría como acicate para la asiduidad en la oración, y del mismo modo Macario el Grande enseña que nuestros esfuerzos espirituales (la oración) deberían ser llevados a cabo con el propósito y en la confianza de que den fruto, esto es, goce a nuestro corazón. Ejemplos claros de la eficacia de este método se encuentran en muchos pasajes de la Filocalía, que contiene descripciones detalladas de los deleites de la oración. Quien lucha contra la flaqueza de la pereza o de la sequedad en la oración debe releerlos tan a menudo como pueda, considerándose a sí mismo, sin embargo, indigno de estos goces y reprochándose siempre su negligencia en la oración.

EL SACERDOTE: ¿No conducirá una meditación así en la persona inexperta a la voluptuosidad espiritual, como llaman los teólogos a esta tendencia del alma, que es ávida de excesivo consuelo y dulzura de la gracia, y no se conforma con ejecutar los actos de devoción por un sentido de la obligación y el deber sin soñar en recompensas?EL PROFESOR: Pienso que los teólogos, en este caso, previenen contra el exceso o la avidez de felicidad espiritual, y no rechazan enteramente el goce y el consuelo de la virtud. Puesto que si el deseo de recompensa no es la perfección, Dios aun así no ha prohibido al hombre pensar en recompensas y consuelos, e incluso Él mismo usa la idea de recompensa para incitar al hombre a cumplir Sus mandamientos y alcanzar la perfección. Honra a tu padre y a tu madre es el mandamiento, y veis la recompensa ir detrás como aguijón para su cumplimiento, para que seas feliz. Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, y ven y sígueme. Aquí está la exigencia de la perfección, y acto seguido viene la recompensa como incitación a alcanzarla: Y tendrás un tesoro en los cielos. Bienaventurados seréis cuando, aborreciéndoos los hombres, os excomulguen y maldigan, y proscriban vuestro nombre como malo por amor del Hijo del hombre 20.

Aquí hay una gran exigencia para un logro espiritual que requiere una excepcional fortaleza del alma y una paciencia inquebrantable. Y por lo tanto, hay para él una gran recompensa y consuelo, que son capaces de suscitar y mantener esta fortaleza excepcional: pues vuestra recompensa será grande en el cielo. Por esta razón, pienso que es necesario cierto deseo de goce en la oración del corazón, y que constituye probablemente el medio de alcanzar diligencia y éxito en ella. Y así, todo esto corrobora sin duda la enseñanza práctica sobre esta materia que acabamos de oír del Padre Skhimnik.EL SKHIMNIK: Uno de los grandes teólogos -me refiero a San Macario de Egipto- habla del modo más claro sobre esta cuestión. Dice: «Así como cuando plantas una vid dedicas tu atención y tu esfuerzo con el propósito de recoger la vendimia, pues si no fuera así toda tu labor sería estéril, así también en la oración, si no buscas el provecho espiritual, esto es, el amor, la paz, el gozo y lo demás, tu trabajo será inútil. Por lo tanto, debemos cumplir nuestros deberes espirituales (la oración) con el propósito y la esperanza de recoger el fruto, es decir, consuelo y gozo en nuestro corazón.» ¿Veis cuán claramente responde el Santo Padre a esta cuestión acerca de la necesidad del goce en la oración? Y, en realidad, me acaba de venir a la cabeza un punto de vista que leí no hace mucho de un autor de temas espirituales, y que era más o menos que el hecho de que la oración sea natural al hombre es lo que constituye la causa principal de su inclinación hacia ella. Así, el reconocimiento de esta naturalidad puede servir también, en mi opinión, como eficaz medio de avivar la diligencia en la oración, el medio que el profesor busca tan afanosamente. Permitidme ahora resumir brevemente los puntos sobre los que dirigí la atención en ese cuaderno. Por ejemplo, el autor dice que la razón y la naturaleza conducen al hombre al conocimiento de Dios. La primera investiga el hecho de que no puede haber efecto sin causa, y ascendiendo por la escalera de las cosas tangibles, de la más baja hasta la más alta, llega al fin a la Causa primera, Dios. La segunda exhibe a cada paso su maravilloso saber, su armonía, orden y gradación, y ofrece el material básico para la escalera que conduce de las causas finitas al Infinito. Así, el hombre natural llega naturalmente al conocimiento de Dios. Y por lo tanto, no hay, ni nunca lo ha habido, ningún pueblo, ninguna tribu bárbara sin algún conocimiento de Dios. Como resultado de este conocimiento, el isleño más salvaje, sin ningún impulso del exterior, vuelve por así decirlo involuntariamente su mirada al cielo, cae de rodillas, exhala un suspiro que él no comprende, con ser tan necesario, y tiene la inequívoca sensación de que hay algo que le atrae hacia arriba, algo que le empuja hacia lo desconocido. Esta es la base de la que parten todas las religiones naturales. Es algo muy notable, con respecto a esto, el que, universalmente, la esencia o el alma de toda religión consista en la oración secreta, que se manifiesta en algún tipo de actividad del espíritu y que es claramente una oblación, aunque más o menos deformada por la oscuridad de la tosca comprensión de los pueblos paganos. Cuanto más sorprendente es este hecho a los ojos de la razón, tanto más se nos impone el que descubramos la causa oculta de esta cosa tan maravillosa, que encuentra expresión en una inclinación natural a la oración. La respuesta psicológica a esto no es difícil de hallar. La raíz, la fuente y la fuerza de todas las pasiones y acciones del hombre está en su innato amor por sí mismo. La noción profundamente enraizada y universal de la propia conservación claramente lo confirma. Todo deseo humano, toda empresa, toda acción tiene como propósito la satisfacción del amor por sí mismo, la búsqueda de la propia felicidad. La satisfacción de esta exigencia acompaña al hombre natural a lo largo de toda su vida. Pero el espíritu humano no se contenta sólo con lo que tiene que ver con los sentidos, y el innato amor por sí mismo nunca mitiga su insistencia. Y así, los deseos se multiplican, los esfuerzos por alcanzar la felicidad se intensifican, llenan la imaginación e incitan a los sentimientos a este mismo fin. El flujo de este sentimiento y de este deseo interior es, cuando se desarrolla, el estimulante natural de la oración. Es un requisito del amor por sí mismo, que alcanza su propósito con dificultad. Cuanto menos consigue el hombre natural alcanzar la felicidad y cuanto más lo pretende, tanto más su anhelo crece y tanto más encuentra en la oración una salida para éste. Se dirige en petición de lo que desea a la desconocida Causa de todo ser. Es así como ese innato amor por sí mismo, el principal elemento de la vida, constituye el estímulo fuertemente enraizado a la oración en el hombre natural. El sapientísimo Creador de todas las cosas ha infundido a la naturaleza del hombre la capacidad del amor por sí mismo precisamente como «acicate», para usar la expresión de los Padres, que tire hacia arriba del ser caído del hombre y lo ponga en contacto con las cosas celestiales. ¡Oh!, ¡si el hombre no hubiese deteriorado esta capacidad, si la hubiese mantenido en su excelencia, en contacto con su naturaleza espiritual! Él hubiera dispuesto, entonces, de un poderoso incentivo y de un medio eficaz de conducirle por el camino de la perfección. Pero, ¡ay! ¡Cuán a menudo hace de esta noble capacidad una baja pasión, cuando la hace instrumento de su naturaleza animal! 

EL STARETS: Os doy las gracias con todo mi corazón, mis queridos visitantes. Vuestra salutífera conversación ha constituido un gran consuelo para mí y enseñado, en mi inexperiencia, muchas cosas de provecho. Que Dios os dé Su gracia en recompensa por vuestro edificante amor.(Se separan todos.)

NOTAS AL CAPÍTULO VI

1 La skhima es una Orden ascética monacal de la Iglesia Ortodoxa, y un skhimnik es el que forma parte de ella. 2 Heb., XI, 6. 3 Sant., II, 10. 4 Rom., III, 20. 5 Rom., VII. 6 Sant., IV, 2. 7 1 Cor., XIV, 14. 8 Rom., VIII, 26. 9 Heb., XIII, 15. 10 Mt., XVIII 3. 11 Jn., IV, 4. 12 Cant., V, 2. 13 Mt., XV, 8. 14 Mt. VII 21. 15 1 Cor., XIV, 19. 16 1 Tim., II, 8. 17 El original ruso trae aquí una nota que reza: «A finales del siglo pasado murió en la Laura Troitskaya un starets, un lego de ciento ocho años; no sabía leer ni escribir, pero decía la Oración de Jesús incluso durante el sueño, y vivió continuamente como hijo de Dios, con un corazón que suspiraba por Él. Su nombre era Gordi.»La Laura Troitskaya es el famoso monasterio de la Santísima Trinidad, cerca de Moscú, fundado por San Sergio en el siglo XIV. El papel que desempeñó en la vida religiosa rusa ha sido comparado en algunos aspectos al movimiento cluniacense. La Laura Troitskaya estuvo íntimamente relacionada con la historia de Rusia, y fue el foco del movimiento nacional que expulsó a los polacos y puso al primer Romanov en el trono ruso en 1613. 18 San Agustín. La referencia es a «Dilige, et quod vis fac». Tratado sobre la Primera Epístola de San Juan, Tratado VII, Capítulo X, parágrafo 8, Edición MIGNE, III, p. 2033.19 Vidas de los Padres, con extractos de sus escritos. 20 Lc., VI, 22.   

EL PEREGRINO RUSO

Anónimo  

Comments are closed.