El pueblo de Dios en la noche. Epílogo | Monasterio Cisterciense Sta. Mª de Las Escalonias
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El pueblo de Dios en la noche. Epílogo

                          Jamás se les ha ahorrado la noche a los creyentes, aunque hasta hoy parecía estar reservada a una elite: a los santos y a los místicos. La masa en general se dejaba llevar por la Institución. La Iglesia, segura de su armadura jerárqui­ca y de su posición sociológica dominante, se alzaba por encima de los pueblos con una autoridad soberana. Ella era la voz que enseñaba, el faro que iluminaba, la espada que zanjaba. Bastaba con escucharla y mirarla para saber lo que había que pensar y lo que había que hacer. Todo era «claro y distinto». Pero resulta que hoy la propia Institu­ción se ha oscurecido. Desalojada de su posición de privi­legio en el mundo, la Iglesia se ve contestada tanto desde dentro como desde fuera, lo cual le hace vacilar, buscar a tientas su camino y aparecer ante el mundo con el rostro del Siervo. Muchos, al verla en tal estado, se sienten tur­bados y desorientados, pues ya no encuentran en ella el abrigo que les protegía.

Hoy ya no queda ningún medio protegido. El ser hu­mano, desde muy temprana edad, se ve arrojado en un mundo en el que todas las opiniones, todas las creencias y todos los sistemas de valores se codean en pie de igualdad.

En este mundo pluralista, la fe ya no puede ser una mera lección aprendida, sino que exige optar por unos valores y profundizar en la existencia. La fe, por consiguiente, está vinculada a la andadura humana. Y nadie puede hacer es­ta experiencia por nosotros.

Hoy, como en los tiempos del  Exilio, el creyente se ve entregado a las solas fuerzas de su corazón, remitido a la esencial desnudez del ser humano. Ya no sabe de antema­no cuáles son los caminos de Dios.

En semejante situación de precariedad y despojo, la fe se convierte en una aventura que tiene muchos puntos de semejanza con la gran aventura humana en general. Ya no  es algo sobreañadido. El creyente camina con los demás seres humanos: en la misma noche. También él debe escu­char las voces profundas del mundo y dejarse interpelar por ellas. Y es en el nivel de esta andadura humana donde es invitado a escuchar de nuevo la Palabra y a descubrir los signos.

Esta fe despojada se abre a los cuatro vientos del Espíritu. Hoy, como en los tiempos del Exilio, el Espíritu no deja de soplar, y lo hace tempestuosamente, precisa­mente allí donde han caído todos los muros. Y su soplo es un soplo de universalidad que renueva y congrega a seres humanos procedentes de los más lejanos horizontes. Está naciendo un nuevo pueblo de Dios, más allá de todas las líneas divisorias tradicionales. «¿Qué ves, Jeremías?», le había preguntado Yahvé a su profeta en vísperas del desastre que iba a abatirse sobre Judá. «Veo una rama de almendro», le respondió el profe­ta. Y Yahvé expuso:«Bien has visto. Pues así soy yo: aten­to a mi palabra para cumplirla» (Jeremías 1,11-12). La misma palabra hebrea shéqed sirve para designar al vigía y al almendro. Para el profeta, la imagen graciosa del al­mendro no tenía nada de tranquilizadora. Significaba que Yahvé velaba por la ejecución de sus amenazas; anunciaba que la desgracia era inminente. Pero algunos años más tarde, cuando el país ya no ofrecía más que un espectáculo desolador, Yahvé le dijo a Jeremías: «Del mismo modo, que anduve presto contra ellos para extirpar, destruir, arruinar, perder y dañar, así andaré respecto a ellos para reconstruir y plantar» (Jeremías 31,28). ¿Se acordaría el profeta en aquel momento de la rama de almendro?

El almendro es un árbol precoz que no espera al final del invierno para anunciar la primavera, sino que tiene pri­sa por florecer. Sobre sus ramas desnudas, todavía ateri­das, brota restallante la vida nueva en forma de florecillas’ blancas que van invadiendo progresivamente hasta las ra­mas más altas. En medio de un paisaje desolado, el al­mendro en flor es un luminoso anticipo. Y la rama florida luce como el alba en medio de la noche.

Más allá de la tormenta y la devastación, la Palabra so­bre la que Dios no cesa de velar sigue siendo siempre la Promesa. El invierno continúa en nuestros surcos. Pero en alguna parte, en la mirada de la Iglesia, ha florecido ya una rama de almendro.

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