DIEZ LLAVES PARA ORAR | Monasterio Cisterciense Sta. Mª de Las Escalonias
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DIEZ LLAVES PARA ORAR

DIEZ LLAVES PARA ORAR

Pierre-Marie Delfieux

os parcialmente el libro Diez llaves para la oración, de Pierre-Marie Delfieux, Narcea Ediciones, Madrid 1995.

 

     Siguiendo la tradición de Santa Teresa de Ávila, Delfieux considera que en la oración hay unas moradas con puertas que fácilmente se abren con unas llaves. Éstas no son sólo acceso a la oración, sinooración misma, de tal forma que quien empiece a utilizar una de ellas se encontrará orando con Jesús al padre. Porque las puertas de la oración se abren por dentro, y el Señor que las abre está deseando ver cómo el orante mete la llave por la cerradura para hacer un movimiento de ayuda por el otro lado.

     Pierre-Marie Delfieux es un sacerdote francés que en 1975 fundó las Comunidades Monásticas de Jerusalén, las cuales buscan hacer el “desierto en la ciudad”.

     Por su sencillez, profundidad y riqueza bíblica, la lectura y meditación de este texto será, sin duda, un valioso aporte a tu camino de oración, y él mismo se convertirá en ocasión de ora

 

 

LA ORACIÓN ES LO PRIMERO

      La oración es lo primero de todo. No es lo esencial: lo esencial es la caridad, que resume en sí misma la perfección, Dios mismo. Pero la oración es lo primero.

      Sin orar no sabemos cómo se puede vivir, ni por qué hay que morir, ni de qué manera tenemos que amar. Por eso, siempre encontramos la oración en primer lugar.

En el universo

      Los seis primeros días de la creación nos llevan hacia el séptimo. Y el séptimo día, el que da sentido al conjunto de la creación, es el día de la alabanza. Es el día en que el universo encuentra su pleno y definitivo sentido, transformándose en el templo de la gloria del Creador. Desde ese momento,  el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, comienzan a orar.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos; el día le pasa el mensaje al día, la noche se lo susurra a la noche” (Sal 18, 2-3).

“La tierra entera aclama al Señor” (Sal 99, 1).

      La oración llena el universo. Y nosotros, antes que nada, debemos ponernos al unísono con el mundo.

En la historia de la salvación

      Abraham era un hombre enteramente vuelto hacia Dios; escuchó, obedeció, intercedió, suplicó. Su vida fue una larga marcha vivida bajo la mirada del Señor, y un diálogo incesante con este Dios de quien llega a ser su amigo:

“Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abraham, mi amigo. Tú a quien cogí en los confines del orbe, a quien llamé en sus extremos, a quien dije: ‘Tú eres mi siervo, te he elegido, y no te he rechazado’. No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios: te fortalezco, te auxilio, te sostengo” (Is 41, 8-10).

      Moisés vivirá el largo éxodo de su propia existencia en diálogo incesante con aquél que le revelará, paso a paso, sus más íntimos secretos: su nombre (cf. Ex 3,14), su alianza (cf. Ex 19,5), su ternura (cf. Ex 34,7), su gloria (cf. Ex 34,29ss).

      David y Salomón, Samuel y Elías, los jueces, los sabios, los profetas y todo el pueblo de los justos, de los santos, de los anawin, viven en oración.

      Desde Abraham a Juan Bautista, se puede decir que la historia de la salvación es una cadena ininterrumpida de oración. Nosotros somos los brotes nuevos de esta raíz impregnada de oración:

“Al olivo, que son los judíos, se le cortaron algunas de las ramas, y en su lugar se le injertó el olivo silvestre, que eres tú. Así llegaste a tener parte en la misma raíz y en la savia del olivo. Pero no te gloríes, despreciando las ramas naturales. Si lo haces, recuerda que no eres tú quien sostiene la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti” (Rom 11, 17-18)

En Jesús

      La vida de Jesús es como una incesante contemplación. Enteramente orientado hacia el Padre, en la comunión perfecta del Espíritu, todo él es ofrenda permanente, escucha amorosa y atenta, himno interior de adoración, de amor, de acción de gracias e intercesión continua por todos los hombres.

      Por la oración, Jesús está tan unificado y tan unido a Dios, que puede decir que él está en el Padre y el Padre en él:

 

“Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo; al menos, dejaos convencer por las obras mismas” (Jn 14,11).

      Siempre y en todo lugar, Jesús ora:

      – en el templo (cf. Lc 2,41; Mt 21,13; Jn 2,16)

      – en el monte (cf. Mt 14,23; Lc 6,12; 9,28; Mc 3,13)

      – en el desierto (cf. Mc 1,45; Lc 5,19; Mt 14,13)

      – o en cualquier parte

      – en lo imprevisto de la jornada y del camino (cf. Lc 11,1)

      – lo mismo durante el día (cf. Jn 17,1)

      – que durante la noche (cf. Lc 6,12)

      – solo (cf. Mt 26,36)

      – o con sus discípulos (cf. Lc 9,18; 3,21)

      – del pesebre a la cruz (cf. Lc 23,46; Jn 19,28)

      Jesús vive en oración. En él la contemplación está verdaderamente injertada en lo nuclear de la vida. Pues bien, nosotros mismos vivimos y oramos siguiendo los pasos de Cristo:

“Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro…” (Mt 6,9-13).

En la Iglesia de los creyentes

      La iglesia se construye en la oración y nos reúne a todos para la oración.

      La Iglesia hace de la oración un deber para nosotros, hasta el punto que nos pide que oremos constantemente:

“Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias a Dios en toda circunstancia, porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5,16-17).

      No hay un sólo día, una sola hora, ni un sólo instante, desde hace dos mil años, en que la Iglesia de Cristo -a semejanza de todas las religiones del mundo- deje que se apague el fuego de la oración.

      En la sombra de las catedrales, de las iglesias, de las basílicas, de las capillas, de los oratorios, de los monasterios, de las ermitas y, sobre todo, de los corazones, millares de llamas abrasan, como unazarza ardiente de dimensiones cósmicas, la superficie de la tierra.

En nuestras vidas

      Lo esencial es amar. Pero no se puede amar sin beber con la fuente del Amor mismo por el camino de la oración.

      De este modo, la oración ilumina nuestras vidas, alimenta nuestro ser, fortalece nuestra fe, reaviva nuestra esperanza, nos estimula a la caridad.

      Cuando oramos llegamos a ser lo que realmente somos, en lo más profundo de nosotros mismos, abriéndonos a Dios y dándonos a los hombres.

      Descubrimos maravillados que la oración habita en el corazón de Dios mismo y que Dios quiere habitar en nuestro corazón.

      Así pues, nuestro corazón está totalmente habitado por la oración:

“Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8,15)

      Basta con dejarla aflorar.

      Nuestra oración se une a la oración del universo creado por el Padre; a la oración de la historia de la salvación que nos conduce hasta el Hijo. Y a la oración de la Iglesia de los creyentes, impulsada por el Espíritu.

      Podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad:

“Se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre con espíritu y verdad, pues, de hecho, el Padre busca hombres que lo adoren así. Dios es espíritu y, los que lo adoran, han de dar culto con espíritu y verdad” (Jn 4,23-24).

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