Cómo definir la Vocación | Monasterio Cisterciense Sta. Mª de Las Escalonias
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10 Julio, 2009
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Cómo definir la Vocación

LA VOCACIÓN

Todos tenemos una vocación, todos llamados por Dios a compartir Su vida y Su reino; cada uno es llamado a un lugar especial en el Reino. Si encontramos ese lugar seremos felices, Si no lo encontramos, nunca podremos ser completamente felices. Para cada uno de nosotros sólo hay una cosa necesaria: cumplir nuestro destino según la voluntad de Dios, ser lo que Dios quiere que seamos.

No debemos imaginarnos que sólo se descubre este destino mediante un juego al escondite con la Divina Providencia.

Nuestro destino es obra de dos voluntades, no de una sola. No es un hado inmutable, impuesto a nosotros sin elección nuestra por una divinidad sin

Corazón.

Nuestra vocación no es una lotería sobrenatural sino la interacción de dos voluntades, y, por consiguiente, de dos interacciones de dos amores. Es desesperado tratar de resolver el problema de la vocación fuera del contenido de la amistad y del amor. La Providencia más que un extraño benevolente, Él es nuestro Padre. Y aun el vocablo Padre es una metáfora demasiado vaga para poder contener todas las profundidades del misterio: porque Él nos ama más de lo que nos amamos nosotros mismos, como si nosotros fuéramos Él. Nos ama además con nuestra voluntad, con nuestras decisiones. ¿Cómo podremos entender el misterio de nuestra unión con Dios, que está más próximo a nosotros de lo que cada uno está a sí mismo? Es esa misma proximidad la que hace más difícil para nosotros pensar en Él. Aquel que está infinitamente por encima de nosotros, que es infinitamente distinto de nosotros fuéramos Él. Su amor está actuando para sacar bienes de todas nuestras equivocaciones y para vencer nuestros pecados.

Al hacer planes sobre el curso de nuestra vida, hemos de recordar la importancia y la dignidad de nuestra libertad. El hombre que teme decidir su futuro por un acto bueno de su libre albedrío, no entiende el amor de Dios. Porque la libertad es un don que Dios nos ha dado para poder amarnos más perfectamente, y ser amado por nosotros más perfectamente, y ser amado por nosotros más perfectamente en reciprocidad.

La perfección del amor es proporcional a su libertad. Su libertad es proporcional a su pureza. Obramos más libremente cuando obramos con pureza en correspondencia al amor de Dios. Pero el amor más puro a Dios no es servil, ni ciego, ni limitado por el temor. La caridad pura es plenamente cauta del poder de su libertad, perfectamente confiada en el amor de Dios. El alma que ama a Dios se atreve a elegir libremente, sabiendo que su elección será aceptable para el amor.

Al mismo tiempo el amor es prudente. Está iluminado por una discreción clarividente. Preparado para la libertad, sabe evitar el egoísmo que frustra la acción. Ve los obstáculos y los evita o los vence. Es agudamente sensitivo a las más leves señales de la voluntad de Dios y del placer bueno en las circunstancias de su vida; y su libertad esta condicionada por el conocimiento de todas estas cosas. Por consiguiente, al escoger lo que agrada a Dios, toma en cuenta hasta las más leves indicaciones, ellas raras veces bastan para darnos certidumbre absoluta de que Dios quiere una cosa con exclusión de todas las demás. El que nos ama quiere significar por ese amor que nos quedará espacio para la libertad, de manera que podamos atrevernos a elegir por nosotros mismos, sin otra certidumbre que la de que Su amor se complacerá con nuestra intención de complacerle.

Todo hombre tiene la vocación de ser alguien; pero debe entender claramente que para cumplir esta vocación él puede ser sólo una persona: él y nada más.

Empero, hemos dicho que el Bautismo nos da un carácter sacramental, que define nuestra vocación de una manera especial, puesto que nos dice que hemos de ser lo que somos, pero en Cristo. Hemos de realizar nuestra identidad en Él, con quien ya estamos sacramentalmente identificados por el agua y por el Espíritu Santo.

Si somos llamados al lugar en que Dios quiere hacernos el mayor bien, ello significa que somos llamados a donde mejor podamos dejarnos a nosotros mismos y encontrarle a Él. La misericordia de Dios demanda ser conocida, reconocida, reconocida y puesta aparte de todo lo demás, y alabada y adorada con alegría. Cada vocación es, pues, al mismo tiempo, vocación al sacrificio y vocación al goce. ES una llamada al conocimiento de Dios, al reconocimiento de Dios como Padre nuestro, al goce de comprender Su misericordia. Nuestra vocación individual es nuestra oportunidad para encontrar ese lugar único en que podremos con mayor perfección recibir los beneficios de la misericordia divina, conocer el amor de Dios a nosotros y responder a ese amor con todo nuestro ser.

Esto no quiere decir que nuestra vocación individual escoja para nosotros una situación en que Dios se vuelva visible para los ojos de nuestra humana naturaleza y accesible para los sentimientos de nuestro corazón de carne. Por el contrario: si somos llamados a donde le habremos de encontrar, tenemos que ir a donde la carne y la sangre le perderán, porque la carne y la sangre no pueden poseer el Reino de Dios (I Corintios 15:50). Dios a veces se da a Sí mismo para nosotros, en donde parece que nos es quitado.

Si yo soy llamado a la vida solitaria, eso no quiere decir necesariamente que sufriré con más agudeza en la soledad que en cualquier otro sitio, sino que sufriré más efectivamente  Y por lo demás, encontraré ahí más alegría porque conoceré a Dios en mi sacrificio. Para lograr esto, no debo estar muy preocupado de mí mismo ni de mi sacrificio.

Ahí seré más libre para alabarle, aun cuando mi alabanza pueda ser baja e inarticulada, indigna y pobre. Será más libre, más mía, más de Cristo. Será la alabanza que Él busca de mí.

Señor nos hiciste para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que no descanse en ti (San Agustín S IV)

Existe algo en las profundidades de nuestro ser que tiene hambre de plenitud y de fidelidad. Como somos hemos para la vida eterna, estamos hechos para obras que compendien todas las fuerzas y capacidades de nuestro ser y las ofrenden simultáneamente y para siempre a Dios. El instinto espiritual ciego que nos dice oscuramente que nuestras vidas tienen una importancia y una fidelidad especiales, y que nos urge a indagar nuestra vocación, persigue, al hacerlo así, llevarnos a una decisión que dedique nuestras vidas irrevocablemente a su fin. El hombre que pierde el sentido de su destino personal y que renuncia a toda esperanza de tener alguna clase de vocación en la vida, ha perdido toda esperanza de felicidad o ha recibido alguna vocación misteriosa que sólo Dios puede entender.

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